La casa estaba en silencio.
No un silencio pacífico, sino ese que queda después de una tragedia, cuando nadie se atreve a moverse por miedo a romper lo poco que aún se sostiene. Francesco había convertido aquel lugar en una fortaleza discreta: hombres vigilando desde lejos, armas ocultas, puertas reforzadas. Todo para protegerla.
Todo para no perderla otra vez.
Anabel descansaba en la habitación principal, recostada de lado, una mano sobre el vientre. Había logrado dormir apenas un par de horas