Mundo ficciónIniciar sesiónAleksei Reznikov fue criado para heredar un imperio mafioso… y para odiar a la familia Falkenheim. Pero cuando su padre lo obliga a casarse para asegurar el linaje a sus veintiséis años, la boda sufre un giro inesperado: la familia enemiga envía a otra mujer en lugar de la prometida original. Esa mujer es Annelise Falkenheim, la hija oculta del rival de tan solo veinte años. Una joven fría, elegante… y peligrosa de formas que nadie sospecha. Porque Annelise no es lo que aparenta: bajo su mirada dócil se esconde una mente letal, astuta y perfectamente entrenada para sobrevivir… y destruir. Para Aleksei, ella es una amenaza. Para su padre, una pieza estratégica. Pero para su destino… es el error más irresistible de su vida. Porque amar al enemigo no está permitido. Desearla es traición. Y elegirla… puede costarles la corona, la guerra… o la vida. En un mundo donde el poder se hereda con sangre, hay sentimientos que jamás debieron existir… y una mujer cuya verdadera naturaleza puede cambiarlo todo.
Leer másYakutsk, Rusia
Matrimonio. Heredero. Linaje.
El anuncio no fue una decisión.
Fue un veredicto.
La sala principal de la mansión Reznikov respiraba como un animal antiguo. Los candelabros arrojaban una luz dorada que no calentaba en lo absoluto y a pesar de que las personas estaban acostumbradas a las bajas temperaturas, aquel era el peor invierno de todos. El mármol negro parecía absorber las pisadas… y las paredes guardaban secretos que nadie se atrevía a pronunciar. Los hombres del consejo permanecían inmóviles, rígidos, como piezas olvidadas en un mausoleo, mientras Mikhail Reznikov se alzaba lentamente desde la cabecera de la mesa.
No necesitó alzar la voz.
El silencio ya le pertenecía. Llevaba muchísimos años siendo líder de la organización criminal más temida de todo Rusia como para interrumpirlo.
—La guerra está en camino—dijo con una calma exasperante—. Y antes de que nuestros enemigos intenten borrar nuestro nombre… aseguraré nuestro linaje.
Nadie respiró.
Sus ojos, afilados, grises y crueles, y muy viejos como la violencia, se clavaron en su primogénito y el único de sus hijos.
Aleksei.
Un joven de veintiséis años que desde que nació, fue entrenado para matar, criado para heredar y condenado a obedecer y a ser el heredero de la organización, y ahora tenía que continuar con el legado familiar.
—Te casarás—dictó Mikhail—. No por amor. No por deseo. Por permanencia. Un heredero debe nacer bajo nuestro apellido antes de que el primer disparo atraviese la noche.
Las palabras cayeron como tierra sobre una tumba.
Aleksei apretó la mandíbula. En la familia Reznikov, el futuro no era una promesa… era una maldita cadena. Y ahora, esa cadena tenía un nombre: matrimonio.
Frío.
Calculado.
Irrevocable.
Los ojos grises de Aleksei, que eran menos gélidos que los de su padre, no pudieron evitar desviarse hacia sus pies ante aquella asquerosa orden. ¿Casarse? ¿Con quién? Ni siquiera tenía novia y ningún interés romántico, y tampoco es que tuviera mucho tiempo para conocer mujeres que no fueran parte de los prostíbulos de los que su padre era dueño en Yakutsk.
Se sintió asqueado y humillado.
A su padre parecía ser que no le había bastado con traerlo al mundo y obligarlo a ser su sucesor en actos ilícitos, sino que también ahora quería meterse en su vida amorosa y no es que creyera en el amor, ya que él fue concebido bajo los mismos términos por el padre de su padre y jamás conoció a su madre.
—He sellado un acuerdo —continuó el patriarca—. Una unión que detendrá cuchillos, que confundirá enemigos… y que mantendrá vivo nuestro imperio.
Aleksei no preguntó quién sería la novia, aunque ganas no le faltaron. Él sabía que su padre ya había elegido a una pobre infeliz de familiar miserable para secuestrarla o comprarla a cambio de casarla con él y obligarla a darle un nieto. De solo imaginar el momento en el que tendría que acostarse con una completa desconocida sintió repugnancia.
Y lamentablemente, ahí, las preguntas eran una forma de debilidad.
Y la debilidad… no sobrevivía, según su padre.
Mikhail inhaló despacio.
La sentencia final cayó, limpia y mortal.
—La boda será inmediata.
—¿En cuánto tiempo, padre?
—En dos semanas.
—¿Al menos podré conocer a la chica antes de firmar el contrato? —moderó su voz para no alzarla, mientras apretaba los puños dentro de sus bolsillos.
—Tú solo concéntrate en dejarle embarazada el día de la maldita noche de bodas y punto. Cuando nazca mi nieto, nos desharemos de ella y ya. Volverás a ser libre—. Replicó su padre, restándole importancia.
A Aleksei le importaba bien poco el destino de esa mujer, pero le asqueaba muchísimo tener que follarla. Él era muy selectivo incluso para tener sexo con las prostitutas.
Pero la decisión ya estaba tomada.
Si desobedecía a Mikhail, lo castigaría a golpes, tal como hacía cuando era niño.
Su padre no lo amaba, simplemente lo miraba como un trofeo para presumir y eso lo comprendió desde los diez años y comenzó a entrenar duro para defenderse y asesinar a sangre fría a cualquiera.
—¿Puedo elegir yo mismo a la chica? No quiero tener que recurrir a pastillas para cogerla en la noche de bodas si no me parece atractiva—. Objetó Aleksei.
Su padre rio con ironía.
—Te aseguro que elegiré a una mujer perfecta para ti, que no tendrás que ingerir viagra para meterte en sus bragas, hijo. Confía en mí—, le aseguró y miró al resto del consejo, que habían olvidado como respirar—. Ahora lárguense todos y vayan en búsqueda de la esposa de mi hijo.
El aire tembló en cuanto terminó de dar la orden.
El destino quedó escrito para la familia Reznikov.
No habría opción.
No habría voz.
No habría escapatoria.
Solo linaje.
Solo guerra.
Solo sangre.
Aleksei cerró los puños sin saber…que la mujer destinada a llevar su apellido no pertenecía a su mundo, que venía del enemigo, y que su llegada no traería la paz que su padre buscaba… sino el principio de una tragedia que ya llevaba décadas respirando bajo sus pies.
Rügen, Alemania
La residencia Falkenheim no era un hogar.
Era un templo de hielo.
Era un sitio que mayormente estaba silencioso, pero cada rincón parecía susurrar su miserable destino.
Para Annelise, ese hogar nunca había sido un refugio. Había sido una jaula adornada con lujo, retratos de antepasados que murmuraban juicios, pasillos interminables que olían a madera vieja y secretos guardados con veneno.
Su padre, Erich Falkenheim, se movía como un comandante sobre un tablero invisible, evaluando cada movimiento antes de anunciarlo. Y ella sabía que esa era la hora de la sentencia.
Esa noche, extrañamente llamó solamente a Annelise a la sala de juntas, sin nadie más de por medio y fue curioso porque siempre estaba presente el consejero de su padre y a veces su hermana menor, Saskia, se inmiscuía para escuchar la conversación y pese a tener dieciséis años, había heredado el interés por el trabajo familiar.
—Llegó el momento —dijo, su voz firme, cortante—. Los Reznikov creen que pueden manipularnos. Creen que sus reglas los protegen.
Una pausa. Su mirada oscura, gélida y calculadora, se posó en ella.
—Me llegó información que planean casar al primogénito de Mikhail con una mujer para que el linaje de los Reznikov no se pierda, teniendo en cuenta que ese imbécil solo tiene un hijo y no le conviene que sea asesinado porque ahí acabaría su asquerosa descendencia.
—¿Y qué tiene que ver eso conmigo? Yo no conozco a los Reznikov, lo único que sé es que lo odias—. Replicó ella, de malhumor.
—Tú irás en lugar de la prometida original. Nadie debe sospechar quién eres realmente.
—¿Qué? ¿De qué estás hablando? —titubeó, con los ojos entornados.
Su padre se pasó una mano por el cabello, fastidiado.
—A veces me habría gustado que Saskia hubiese nacido primero porque ella me obedece sin protestar porque sabe que todo lo que yo digo es un hecho—. Bramó, encolerizado.
Ella cerró los ojos por un instante para tomar aire y enfrentarse a la mirada iracunda de su padre.
—Si tan solo pensaras un poco en mí antes de darme órdenes, padre, todo sería diferente.
—¿Qué tengo que discutir contigo, Annelise? —espetó su progenitor, cada vez más enfadado y ella sabía que estaba a nada de cruzar el límite.
—Quieres que me case con un completo desconocido como si fuera de lo más normal.
—Entiende que, si no intervenimos en eso, los Reznikov van a venir por nosotros sin miedo porque ya tendrán a un maldito engendro que protege su linaje para continuar liderando parte del continente.
—¿Y qué se supone que yo haga cuando me case con ese imbécil? De ninguna manera me voy a acostar con él.
—Pues lo harás. Le vas a entregar tu maldita virginidad a ese ruso hijo de puta y le vas a dar un hijo, y cuando te cerciores de que estás embarazada, iremos por ti.
Los ojos caramelo de la fémina se entornaron, sin darle crédito a las palabras de su padre. ¿Acaso había enloquecido?
Annelise tragó saliva, pero su rostro no mostró nada porque aprendió a camuflar muy bien sus emociones en cuestión de segundos.
—De acuerdo, si hago eso que me pides, ¿prometes que no vas a meter a Saskia en algo similar? Porque ella apenas tiene dieciséis años.
—Es la primera vez que me desafías, Anne—, susurró su padre, suavizando la voz, pero eso era mala señal—. Siempre me has obedecido, pero desde que cumpliste veinte años te has revelado y ya estoy cansado, en verdad. Esto lo hago para protegernos como familia. No quiero que esos rusos intenten buscarnos pelea.
Annelise asintió, dándose cuenta de que su padre tenía razón. Llevaba una vida en enemistad con los Reznikov y no entendía por qué y tampoco quería saberlo.
—De acuerdo, padre. Haré lo que me pides.
Entonces Erich Falkenheim sonrió, demostrando que los años en su rostro no habían pasado en vano y ella sintió un poco de compasión por ese hombre.
Y si tenía que entregarse a un ruso a cambio del bienestar de su hermana, lo haría.
Por fuera, era obediencia perfecta; por dentro, una tormenta. Porque ya no estaba nerviosa. Estaba lista para destruir, puesto que para eso fue criada.
Su infancia había sido un aprendizaje brutal: secretos, traiciones, golpes, y noches donde la única certeza era que quien se mostrara débil no sobrevivía. Cada lágrima que derramó la habían forjado en hielo; cada pérdida, en cuchilla y aparentaba muy bien enfrente de todos, menos con ella misma por las noches.
Se permitió un pensamiento prohibido:
"¿Y si muero en esta guerra antes de cumplir con mi misión?"
Pero no habría lamento. No habría arrepentimiento. Sólo cálculo.
Su reflejo en el vidrio de la ventana mostraba una joven hermosa y dócil. Cabello café dorado, ojos caramelo que parecían demasiado tranquilos para alguien entrenado en la destrucción. Nadie podría adivinar la verdad: que cada gesto, cada palabra y cada sonrisa eran armas en sí mismas.
—Recuerda —su padre dijo, acercándose con pasos medidos—: esta no es una boda como tal. Es una operación. Una misión. Y en esa casa, nadie debe conocer tu fuerza ni tu astucia, a menos que sea necesario. Te eduqué y entrené como la primogénita de Erich Falkenheim y confío en ti.
Annelise asintió.
—Lo sé, padre—. Su voz sonó apenas, pero firme.
Un juramento de silencio, un pacto con la sangre y el deber. Porque no habría compasión, ni amor, ni elección.
Sólo supervivencia.
Y mientras contemplaba las sombras de la residencia, comprendió que esta partida no tendría reglas.
Que cruzar las puertas de los Reznikov sería adentrarse en un mundo que no perdonaría errores… y que, si su corazón temblaba, tendría que matar a Aleksei Reznikov antes de que la traicionara.
Porque Annelise Falkenheim no era una víctima.
Era tragedia hecha persona.
Era belleza mortal.
Era la amenaza que nadie esperaba… y el dolor que nadie podría detener.
Aleksei se puso cómodo en la cama sin dejar de mirarla y ella se mantuvo un rato más sentada, esperando que el dolor de sus piernas aminorara para ponerse el pijama, pero era imposible, ya que a pesar de que la hinchazón había bajado, las erupciones continuaban y le dolía. Las rosas eran hermosas, pero no podía amarlas del todo porque cuando se estresaba, esas flores llegaban a ser letales para ella.—Cuando hayas terminado de hacer tu drama, apagas la luz porque no puedo dormir si no está oscuro—le oyó decir a él.Annelise apretó los puños, aguantando las ganas de darle una patada en los testículos para que sintiera un poco del dolor que ella estaba sintiendo en sus piernas.—Si así es como me tratas cuando ni siquiera estoy embarazada, no quiero imaginarme cuando de verdad lo esté—le espetó, molesta—. Y no dudo que vayas a querer patearme.La cama se movió bruscamente cuando él se sentó.—En el instante que me digan que estás embarazada, voy a comenzar a cuidar de mi hijo y eso te i
Había sido demasiado bueno para ser verdad.La fémina se llevó el pañuelo a la nariz, negándose a volver a pensar en cosas positivas de esa gente porque todo era mentira.—¡Muchas felicidades, querida nuera!Mikhail Reznikov apareció junto a ella, dándole una suave palmada en el hombro, mientras sostenía una copa con champaña.—Espero muy pronto me conviertas en abuelo—, dijo, sonriendo. A su lado estaban dos de sus mejores hombres bebiendo con él. Pero ella sabía que no era un simple comentario, sino más bien una orden.—Por supuesto, señor Reznikov—se vio obligada a sonreírle.—Ya está lista la mejor recámara nupcial para ustedes—le guiñó el ojo—. Para que comiencen a buscar a mi nieto esta misma noche.Annelise se tensó, pero supo mantener la calma.—Tienes unos rasgos muy hermosos—continuó diciendo Mikhail y se aventuró a agarrarla de la barbilla para observar bien su rostro—. Tus ojos son color caramelo, tu piel tan suave y con finas pecas en la nariz, el cabello de un color casi
Annelise ya no pudo siquiera terminar de comer. La comida le resultó amarga, no porque no estuviera deliciosa, sino por la maldita amenaza de Aleksei.Él no tenía ni la menor idea de quién era ella en realidad y aun así, se atrevió a desafiarla.Ella no quería imaginarse lo que ocurriría si él se enterase de la verdad.Y Annelise lo que necesitaba era tener nuevamente su arma bajo su dominio.Una hora más tarde, varios sirvientes irrumpieron en el dormitorio con el rostro frívolo e inexpresivo.—Tiene que darse un baño para después ponerse su vestido de boda—le dijo una mujer con el rostro curtido de arrugas. Sostenía utensilios de baño en las manos y detrás de ella, había más criados con lo necesario para vestirla.—¿Y el vestido? —preguntó Annelise.—Después de su baño—gruñó la mujer.—Bien, en ese caso, gracias. Yo puedo bañarme sola.—Por órdenes del joven Reznikov, la ayudaremos en todo.A regañadientes, dejó que entre tres mujeres la “ayudaran” a asearse, pero sintió más como al
Después de ese momento cardiaco, Aleksei abandonó la estancia, dejándola con el corazón latiéndole desenfrenadamente. No llevaban ni veinticuatro horas de conocerse y ya quería regresar a casa y abortar la misión.No quería nada de él. No quería darle un hijo. No quería robarle a su engendro.Corrió hasta el dormitorio y colocó varios muebles para atrancar la puerta. Se sentó a los pies de esa estúpida cama y abrazó sus rodillas, meciéndose para calmar su ansiedad.No quería tener relaciones sexuales con ese sujeto. Le aterraba la idea de que la tocara con sus manos promiscuas, y ni siquiera importaba que fuese atractivo.Le generaba repulsión.Y tal como el pervertido de Aleksei había dicho, envió a un sirviente a buscarla para llevarla al comedor.Annelise, escoltada por ese hombre, recordó enseguida la atrocidad que habían hecho en la cocina con ese par de ladrones y se le revolvió el estómago. ¿Cómo era posible que de verdad pudieran entregarse al canibalismo? Y no podía estar equ
Esa mansión era enorme y no sabía dónde estaba Aleksei, pero recordaba por donde estaba la cocina y comenzó a buscarlo a partir de ahí.A ella no le asustaban los cadáveres y mucho menos verlos con las cabezas destrozadas, porque su padre acostumbraba a hacer lo mismo en casa, pero la escena que presenció la dejó totalmente fría.Los Falkenheim se caracterizaban por ser sanguinarios a la hora de rendir cuentas, incluso con ladrones o idiotas que querían pasarse de listos, pero jamás habrían hecho algo como aquello…Antes de saber lo que estaba pasando, percibió el olor dulce y metálico de la sangre, acompañado de sonidos viscosos muy extraños.Los hombres de Mikhail se hallaban destazando a los cadáveres que ella misma les arrebató la vida y no para deshacerse de ellos como era lo más normal, sino más bien los estaban colocando en cubetas y otros se hallaban pesando la carne, mientras que dos más, mientras platicaban, molían la carne como si fuera de res o cerdo, de manera sospechosa
Mikhail Reznikov chasqueó los dedos para que sus hombres limpiaran el desastre y aprovechó a agarrar a Aleksei del brazo con brusquedad para hablar en un rincón con él, lo más lejos posible de su prometida.—¿Cómo sabías que tenía un arma? —le siseó, escéptico.El rostro de Aleksei se ensombreció y forcejeó para liberarse de su agarre.—¿Por qué piensas que yo lo sé? Fuiste tú quien la eligió para ser mi esposa—le respondió con recelo—. No tengo la menor idea de cómo logró ingresar con esa pistola.El viejo gánster se frotó el puente de la nariz con las yemas de sus dedos, intentando no perder el control.—Tú deberías saber a quién elegiste para la madre de mi hijo—. Vaciló Aleksei y se encogió de hombros—, después de todo, no me dejaste elección a mí y cualquier sorpresa que esa chica nos dé, será por tu culpa.El chico se abrió paso fuera de la cocina, llevándose a Annelise de la muñeca para evitar más confrontaciones.Cuando estuvieron lo suficientemente lejos de ahí, ella se zafó
Último capítulo