La puerta se cerró tras el último hombre que abandonó la sala. El eco del golpe resonó como un disparo final, sellando el destino de lo que ocurriría después. Anabel y Leonardo quedaron solos, rodeados por el silencio pesado del lugar donde se había decidido la vida y la muerte de muchos.
Anabel aún sentía el temblor en las manos. No sabía si era por el peligro que había enfrentado… o por él.
Leonardo permanecía inmóvil, observándola como si intentara leerla más allá de su postura firme, más allá del título que ahora llevaba sobre los hombros. No la miraba como jefa. La miraba como mujer. Y eso la desarmaba.
—No deberías haber hecho eso —dijo ella al fin, rompiendo el silencio—. Enfrentarte a Vincenzo… por mí.
—Lo volvería a hacer —respondió sin dudar—. Incluso sabiendo las consecuencias.
Esa palabra quedó suspendida entre ellos.
Anabel se acercó lentamente a la mesa de reuniones, apoyándose en ella como si necesitara algo sólido para no caer. El poder que había reclamado hacía minuto