La puerta se cerró tras el último hombre que abandonó la sala. El eco del golpe resonó como un disparo final, sellando el destino de lo que ocurriría después. Anabel y Leonardo quedaron solos, rodeados por el silencio pesado del lugar donde se había decidido la vida y la muerte de muchos.
Anabel aún sentía el temblor en las manos. No sabía si era por el peligro que había enfrentado… o por él.
Leonardo permanecía inmóvil, observándola como si intentara leerla más allá de su postura firme, más al