La mansión estaba vacía.
Vincenzo avanzó por los pasillos a oscuras con el arma en alto, el eco de sus pasos devolviéndole una burla cruel. Salones impecables. Cuadros intactos. Ningún cuerpo. Ninguna voz. Ningún rastro de vida.
—¡Revisado todo! —ordenó, conteniendo la furia—. ¡No quiero un solo rincón sin ver!
Sus hombres se dispersaron. Subieron escaleras. Abrieron puertas. Encendieron luces que revelaron solo ausencia.
Nada.
La rabia le subió a la garganta como veneno.
—Nos dejaron solos… —m