La noche cayó como una sentencia.
Vincenzo permanecía solo en la sala principal, iluminado apenas por una lámpara baja que proyectaba sombras torcidas sobre las paredes. Todo estaba en silencio, pero dentro de él el ruido era ensordecedor. No había llanto. No había alivio. El dolor ya había mutado.
Ahora era otra cosa.
Rabia concentrada.
Odio metódico.
Venganza pensada con calma quirúrgica.
Sobre la mesa, los expedientes del clan Corneole estaban abiertos como cuerpos en una autopsia. Fotos.