La guerra entre hombres comenzaba, por fin, a agotarse.
Las sirenas invadieron el hospital como un eco de realidad. Luces azules y rojas atravesaron los ventanales rotos. Botas corriendo. Voces firmes. Órdenes claras.
—¡Suelten las armas!
—¡Al suelo!
Vincenzo no opuso resistencia.
Cuando los policías lo levantaron del piso, esposándolo con brusquedad, no luchó. No gritó. No miró a Francesco.
Solo buscó el techo una vez más.
Vacío.
Al pasar junto a la puerta de la habitación, sus ojos se cruzaro