El pasillo estaba cubierto de humo.
El olor a pólvora se mezclaba con el del desinfectante, creando una atmósfera irrespirable. Los disparos comenzaron a espaciarse. No porque hubiera terminado la batalla… sino porque ya casi no quedaban hombres en pie.
Francesco salió de la habitación de Anabel con el arma firme, el pulso tenso.
Al doblar la esquina lo vio.
Vincenzo.
De pie entre cuerpos caídos. Sangre en la camisa. El rostro desencajado, pero los ojos… fríos. Determinados.
Se miraron en silen