Mundo de ficçãoIniciar sessãoEl día de mi boda debía ser el más feliz de mi vida. Al menos, eso decía el guion. Nuestras familias lo habían decidido todo por nosotros: Günter, el heredero perfecto, y yo, Olivia, la prometida ideal. Nos conocíamos desde niños, desde antes de entender qué significaba estar unidos para siempre. Pero nada en aquella ceremonia fue real. Ni su mirada. Ni su beso. Ni su “sí”. Günter tenía el rostro de un dios y el corazón en otra parte. En otra mujer. Y yo... yo tenía un vestido blanco, una sonrisa ensayada y el alma desgarrada en silencio.
Ler maisEl día de nuestra boda fue, el día que había soñado toda mi vida.Sin embargo, hoy todo era diferente. Hoy no había lugar para los fantasmas del pasado: ni la rigidez de aquel primer altar, ni la tristeza silenciosa que me ahogaba el corazón. Esta vez, caminé hacia él con la certeza de que mi mano encontraría su calor; con la seguridad de que su mirada, gris, se posaría en mí con amor genuino.Me vestí en la suite de la casa de mi padre, rodeada por Alana, y mi madre. Alana llegó temprano, con una sonrisa radiante y una caja pequeña en las manos. Dentro había unos pendientes de perlas, regalo de Alana para recordarme que, en medio de los protocolos y las expectativas, siempre debía ser yo misma.—Para que brilles, Oli —susurró mientras me los colocaba—. Hoy es tu día, y nadie más puede apagarte.Sentí un nudo de gratitud y emoción en la garganta. Alana había sido testigo de cada avance y retroceso, de cada terapia y de cada paso hacia la reconciliación con Günter. Ella sabía todo de n
Algo en mí había cambiado. No de golpe, no como quien enciende una luz. Era más bien como si hubiese estado abriendo lentamente una ventana, dejando entrar el aire sin darme cuenta.Desde que le dije que sí, que quería ser su novia, no sentí que mi vida girara alrededor de Günter. Y esa fue, quizás, la señal más clara de que esta vez lo estábamos haciendo bien.No me convertí en una extensión de él. No vivía pendiente del teléfono, ni estructuraba mis días según sus horarios. Seguía trabajando en mis proyectos personales. Empecé clases de fotografía los jueves por la tarde. Volví a escribir en mi diario con constancia. Llamaba a mis padres, leía antes de dormir, cocinaba para mí aunque no viniera nadie a cenar.Günter estaba presente. A veces con flores, a veces con silencio. Con besos en la frente y café en mano. Con conversaciones largas sobre nuestros miedos, y otras veces, con solo mirarnos desde el otro lado del sofá, sabiendo que el amor también es espacio.No necesitaba probarm
La sala de terapia estaba en penumbra, como si la luz suave fuera una invitación al desarme. Lara nos esperaba sentada, con su libreta cerrada en el regazo. Günter llegó puntual, como siempre. Se quitó el abrigo en silencio y me saludó con un leve roce en la espalda. Llevábamos un mes asistiendo a estas sesiones, pero algo en su postura ese día era distinto. Más tenso. Más contenido.—Hoy me gustaría que habláramos de lo que no se dijeron cuando Olivia se fue a Boston —dijo Lara, sin rodeos—. No de lo que pasó alrededor. Solo… de lo que se callaron. De lo que dolió.Günter no dijo nada de inmediato. Miraba al suelo, los dedos entrelazados, los hombros rígidos. Yo tampoco hablé. El silencio de esa tarde no era un refugio, era un campo minado.—Me sentí reemplazado —dijo él, de pronto—. No por Cassian. Por tu decisión de irte sin mí. Por la forma en que lo hiciste. Como si no valiera ni siquiera una despedida clara.Me obligué a sostener su mirada. Lo había escuchado antes, pero no así.
Solo me quedé con Günter esa noche, fue como una despedida para ese tiempo que vivimos en la cabaña.La mañana siguiente, Günter me llevó a mi apartamento.El departamento se sentía más grande que antes. No porque algo hubiera cambiado en los metros cuadrados, sino porque ahora me costaba menos respirar. Había dejado mi maleta al lado del sofá, sin abrir, y me serví un té. Günter me había acompañado hasta la puerta, pero no pasó. Se quedó en el pasillo, como si ese umbral representara algo más que una entrada. Como si supiera que necesitábamos nuestro espacio.—¿Me vas a llamar si necesitas algo? —preguntó.—¿Me vas a contestar si lo hago? —repliqué, con una sonrisa cansada.Él asintió, esa media sonrisa torcida que solo aparece cuando está nervioso.—Entonces estamos bien —dije.No hubo beso de despedida. Solo una mirada larga. De esas que guardan más promesas que cualquier palabra.Cerré la puerta con cuidado. No por miedo. Por respeto. A lo que habíamos vivido. A lo que apenas empe
Último capítulo