Günter estaba frente a mí. A menos de un paso.
Podía olerlo. Sentir el temblor apenas contenido en su respiración.
—No quiero perderte otra vez —dijo, con la voz quebrada.
Y entonces, me besó.
No fue un beso lento, ni dulce, ni calculado. Fue un beso con hambre, con rabia, con años de silencios acumulados. Su boca me buscó como si fuera su única certeza. Y yo… yo lo dejé. No por debilidad, sino porque también lo necesitaba.
Nos habíamos pasado la vida construyendo muros. Esa noche los derrumbam