Günter intentó mantener la compostura. Lo vi tragar saliva. Lo vi fingir que no le importaba, que estaba allí solo por educación, por cortesía. Pero su rostro —ese ceño fruncido, esa mandíbula apretada, esa mirada fija en mí y Cassian— lo delataba más de lo que habría querido.
Paula hablaba. Movía las manos, intentaba suavizar el ambiente. Incluso pidió una botella de vino. Pero él no la escuchaba. No una sola palabra.
Yo, en cambio, estaba sentada frente a Cassian, compartiendo la cena que, ha