Nos quedamos en el sofá. No juntos. Pero cerca.
Él se quedó dormido con la cabeza ligeramente inclinada hacia un lado, como si hubiera estado escuchando hasta el último segundo. Yo me quedé despierta un poco más, observando cómo el silencio ya no me pesaba.
El reloj marcaba las dos de la madrugada cuando me levanté y apagué la vela.
Le puse una manta encima, sin tocarlo apenas. Después me fui al dormitorio. No cerré la puerta.
Esa noche no soñé. O quizá sí, pero no lo recuerdo. Y eso también fu