La sala de terapia estaba en penumbra, como si la luz suave fuera una invitación al desarme. Lara nos esperaba sentada, con su libreta cerrada en el regazo. Günter llegó puntual, como siempre. Se quitó el abrigo en silencio y me saludó con un leve roce en la espalda. Llevábamos un mes asistiendo a estas sesiones, pero algo en su postura ese día era distinto. Más tenso. Más contenido.
—Hoy me gustaría que habláramos de lo que no se dijeron cuando Olivia se fue a Boston —dijo Lara, sin rodeos—. N