Solo me quedé con Günter esa noche, fue como una despedida para ese tiempo que vivimos en la cabaña.
La mañana siguiente, Günter me llevó a mi apartamento.
El departamento se sentía más grande que antes. No porque algo hubiera cambiado en los metros cuadrados, sino porque ahora me costaba menos respirar. Había dejado mi maleta al lado del sofá, sin abrir, y me serví un té. Günter me había acompañado hasta la puerta, pero no pasó. Se quedó en el pasillo, como si ese umbral representara algo más