Dormí poco.
No porque no pudiera. Sino porque mi cuerpo aún no había entendido que el peligro ya no estaba.
La costumbre es un enemigo silencioso. Te hace dudar incluso cuando has elegido con firmeza. Me desperté antes de que sonara el despertador. Me quedé mirando el techo, escuchando los ruidos pequeños de la casa. Un grifo que goteaba, una persiana que se movía con el viento, el crujido leve de la madera bajo los pasos de nadie.
No sabía si Günter seguía allí. No salí a comprobarlo.
Desayuné