La casa volvió a llenarse de silencio tras la tormenta.
Me quedé ahí, apoyada contra la puerta cerrada, sintiendo cómo todo mi cuerpo temblaba. El llanto venía en oleadas. No eran lágrimas suaves. Eran brutales. Gritos que no salían. Golpes invisibles al pecho. Una especie de desgarro que nacía desde lo más hondo y no pedía permiso para doler.
Pasó un rato, no sé cuánto, hasta que me obligué a moverme. Me arrastré hasta el sofá, no por comodidad, sino porque mis piernas ya no sostenían tanta ve