Mundo ficciónIniciar sesiónCinco años después de perderlo todo, Elara Quinn solo vive por su hijo y por el imperio que construyó desde las cenizas. Pero su mundo se detiene cuando Caelan Vance, el hombre que una vez juró amarla y luego la olvidó por completo, reaparece frente a ella: sin memoria, sin culpa, y con la misma mirada que la hizo caer años atrás. Ahora, Caelan no recuerda quién fue ella, pero algo en su interior lo empuja hacia Elara y hacia el niño que no debería existir. Mientras el pasado amenaza con resurgir, aparece Dorian Maxwell, un magnate tan enigmático como peligroso, dispuesto a protegerla… o a poseerla. Su poder la deslumbra, su calma la desarma. Pero acercarse a él significa adentrarse en un mundo donde el amor tiene precio y los secretos matan. Entre dos hombres marcados por la oscuridad, Elara deberá decidir si seguir huyendo del pasado o enfrentarlo, aunque eso signifique perderlo todo una vez más.
Leer másLa música suena demasiado elegante para la tensión que hay en el aire, lo noto apenas bajo del auto.Las luces del lugar iluminan la entrada principal, el mármol, las copas, la gente perfectamente arreglada moviéndose como si esta noche fuera normal.No lo es, nada de esto lo es, y todos lo saben.Siento las miradas antes de avanzar siquiera un paso.Caelan cierra la puerta detrás de mí y el sonido parece más fuerte de lo que debería. Cuando lo miro, él ya me está observando, no dice nada, pero noto el cambio inmediato en su postura cuando se coloca a mi lado.Más cerca, naturalmente cerca, como si hubiera decidido dejar de medir la distancia entre nosotros.Mi pecho se tensa.—Todavía puedes arrepentirte —dice.Su tono es tranquilo, pero no frío.Lo miro: traje oscuro, expresión contenida, ojos cansados.Sigue roto.Tal vez yo también.—No voy a hacerlo.Algo cambia apenas en su mandíbula: no sonrisa, no alivio completo. Solo… algo más suave.Entonces caminamos y ahí empieza todo. La
La imagen no se me sale de la cabeza: Caelan golpeando la pared, su voz rompiéndose, esa pregunta que no tenía respuesta.¿Qué soy?Parpadeo.Sigo viendo lo mismo.Estoy de pie frente al espejo, pero no me reconozco del todo. Me veo… funcional, arreglada, lista, pero por dentro todo está fuera de lugar.No debería afectarme así, no debería, y aun así lo haceMi teléfono vibra.Lo miro.Recordatorio.Cumpleaños de Noah, esta noche.Exhalo.Ahí está el límite.No mañana, no después, no cuando tenga ganas de entender lo que siento.Hoy.Decidir.Mi mandíbula se tensa. No puedo seguir en medio, no después de lo de anoche, no después de verlo así.Me giro, camino, agarro la chaqueta. Salgo antes de poder pensar demasiado.Porque si pienso, no elijo, y hoy tengo que elegir.Dorian no me hace esperar, nunca lo hace.El lugar es exactamente lo que esperaba: limpio, silencioso, controlado. Sin ruido innecesario, sin variables fuera de lugar.Él está de pie cuando entro: impecable, siempre impe
La puerta se abre de golpe: no es elegante, no es calculado. Es violento.Caelan entra como si algo lo estuviera persiguiendo, pero no hay nadie detrás de él. Solo aire, solo vacío, solo ese ruido seco de madera golpeando la pared que retumba en toda la habitación.Y él está respirando mal, demasiado rápido. Lo miro y noto que algo está mal.No… algo está roto.—¿Qué pasó? —pregunto, pero ya sé que no voy a recibir una respuesta normal.Porque Caelan no responde, camina un paso, otro. Se detiene, se pasa la mano por el cabello. Se ríe, una risa corta, extraña.—¿Sabes qué es lo peor? —dice, sin mirarme.Su voz no tiene forma, no tiene control, no es él, no así.—Caelan…—¡No! —explota.Y el sonido me corta en seco: no grita, revienta. La palabra sale desgarrada, como si le doliera físicamente decirla.Me quedo quieta, no me acerco, porque lo que tengo enfrente no es el hombre que conozco.Es algo más crudo, más real.—No hables todavía —dice, señalándome sin verme realmente—. No… no d
—Quiero la verdad, ahora.No toco la puerta, entro directo.Margaret levanta la vista desde su escritorio. No se sobresalta, no pierde la compostura. Eso ya me irrita antes de que diga una sola palabra.—Elara —dice, con ese tono medido que siempre usa—. No esperaba…—No me importa lo que esperabas.La corto sin darle espacio. Camino hasta quedar frente a ella. No me siento, no me relajo, no negocio.—Vas a responder —añado—. Y no voy a repetir la pregunta.Margaret deja la pluma a un lado con cuidado, demasiado cuidado, cada gesto calculado.—¿Qué pregunta?La miro fijo.—¿Qué hiciste conmigo?Silencio.No parpadea más de lo normal, no se delata fácil, pero algo en la forma en que se queda quieta un segundo de más me confirma que di en el punto.—No sé a qué te refieres —responde.—No mientas.Mi voz baja, pero corta.—Tengo vacíos —continúo—. Tengo reacciones que no coinciden con lo que recuerdo, y tengo evidencia de que algo pasó que no está en mi cabeza.Margaret inclina apenas la





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