Instintos.
El día comenzó como tantos otros, con la falsa ilusión de normalidad. Noah parecía tranquilo mientras desayunaba, aunque yo ya sabía que esa tranquilidad era solo la calma antes de la tormenta.
Sus ojos, aún brillantes, estaban cargados de una tensión silenciosa que no se dejaba ver a simple vista, pero que yo percibía en cada pequeño movimiento: cómo revisaba su mochila tres veces, cómo sus manos se aferraban al borde de la mesa, cómo su respiración se aceleraba por segundos antes de calmarse.