Mundo ficciónIniciar sesiónPolos opuestos. Un error. Una noche que lo cambia todo. Derek y Naomi no son compatibles. Sus personalidades, estatus y vidas sociales están en extremos opuestos. Pero, sin quererlo, sin sentir nada, se encuentran destinados a compartir un momento íntimo y comprometedor. Ahora, enfrentan la consecuencia. Su error no solo los unirá, sino que los obligará a encarar una vida que nunca pidieron.
Leer másBienvenidos.
* Obligados A Un Matrimonio* En la agencia de bienes raíces Torres Inversiones, los ejecutivos y gerentes de las diferentes sucursales estaban reunidos en la sala de juntas. Todos esperaban al nuevo presidente de la empresa, y la tensión se podía sentir en el aire. El señor Víctor Torres miró su reloj y respiró hondo, disgustado. La irresponsabilidad que mostraba su hijo era inaceptable, especialmente en una posición tan importante. Derek Torres había sido elegido presidente de la agencia y sus sucursales hacía solo unos días. A pesar de su reciente nombramiento, ya había dejado claro que él tenía el poder y que los demás debían obedecer sus órdenes sin cuestionamientos. El joven llegó al edificio sin prisa y subió al ascensor. Sabía que lo estaban esperando desde hacía más de una hora, pero eso no le importaba. Dentro del ascensor, coincidió con el joven encargado del mantenimiento, quien llevaba utensilios de limpieza y de mantenimiento. Derek lo miró con desdén y negó con la cabeza; se negó a compartir el espacio con él. Le ordenó salir y tomar las escaleras, que era "por donde debía ir", según él. — Lo siento, señor — se disculpó el joven. Derek entró a la sala de reuniones y todas las miradas se posaron en él. Su aspecto y sus gafas oscuras dejaban en evidencia que había estado de fiesta la noche anterior. Se acercó a la silla presidencial, se acomodó e ignoró las miradas de reproche. — Buen día, perdón por el retraso — expresó con un toque de sarcasmo. Todos, incluido su padre, estaban visiblemente molestos por su actitud. Sin embargo, conocían el carácter de Derek y nadie se atrevió a cuestionar sus acciones. La reunión comenzó y, con el tiempo, la conversación se tornó acalorada. Albín Torres no estaba de acuerdo con las decisiones de Derek y se oponía rotundamente a sus nuevas órdenes. El joven había despedido a varios gerentes de finanzas y a otros empleados que llevaban años en la empresa. — Albín, tienes que entender que ahora yo soy el presidente — dijo Derek con una actitud desafiante, pero relajada —. No puedes estar cuestionando mis decisiones cada vez que te plazca. — Mi hijo tiene mejor manejo de liderazgo que tú — respondió Albín. — Eso no lo pongo en duda, pero por desgracia, yo soy quien da las órdenes aquí. La reunión terminó y todos salieron de la sala. Derek se quedó, revisando unos documentos. Derek Torres tenía treinta años. Como primogénito del matrimonio Torres Silva, nació en cuna de oro y creció rodeado de lujos. Asistió a los mejores colegios y universidades, y sus padres le complacían todos sus caprichos: desde el auto de último modelo hasta una escandalosa fiesta de fin de semana. Era el consentido de la familia, aunque sus padres sentían el mismo aprecio por él y por su hermana. Derek no solo estaba bendecido por su familia y su estatus económico, sino también por una belleza increíble. Era el hombre perfecto: guapo, millonario, con un porte de caballero intimidante. Pero detrás de tantas cualidades, se escondía un hombre sin sentimientos, un arrogante posesivo, un altanero a quien no le importaba destruir a los demás sin pensar en las consecuencias o el daño psicológico que pudiera causar. No obstante, cabe destacar que Derek era un magnate en los negocios. Estudió en el extranjero durante cuatro años y regresó con excelentes enseñanzas. La única debilidad de Derek era su abuela, doña Alba. Ella era el único ser que sabía cómo dominar su carácter fuerte. Debido a su personalidad, Derek atraía muchos enemigos y estaba constantemente envuelto en escándalos. Era un imán para las mujeres, pero ninguna pasaba de un simple rato de compañía. En la misma agencia, en el área de la cafetería, Naomi dialogaba con su hermano mientras disfrutaba de una taza de café. Tenía la costumbre de visitar a la señora que preparaba las suculentas bebidas. — Naomi, ¿puedes llevarle el café al señor Albín? Estoy cansada, necesito unas vacaciones — le pidió la señora. — Voy a dejar de venir a verte, siempre me pones a trabajar — bromeó la chica mientras terminaba el último sorbo de su taza. Naomi tomó la bandeja y se dirigió a entregar el pedido. Derek salió de la sala de juntas y caminó hacia su oficina. Iba distraído, mirando su teléfono, y tropezó con una joven. — ¡Auch! — se quejó la mujer, mientras el café se derramaba sobre ella. Él la observó de arriba abajo; era la primera vez que la veía allí. Ella vestía el uniforme de la cadena de hoteles de sus padres, DerekPat, por lo que era evidente que era su subordinada. Derek maldijo por lo bajo; sus zapatos estaban llenos de café y odiaba las imperfecciones en su vestimenta. — ¡Maldita sea! ¿Acaso eres ciega? — le reprochó, sin prestar atención a las quemaduras de la joven. — Cuida tus palabras. Fue un accidente, y tú eres el responsable — respondió Naomi sin miedo. — ¿Sabes con quién estás hablando? — dijo Derek —. Últimamente, los empleados están olvidando cuál es su lugar. — Y sin esperar respuesta, se fue. Naomi se quedó paralizada, observando cómo el hombre se perdía en el pasillo. Volvió a la cafetería para limpiar su ropa y revisar sus quemaduras. — ¿Qué te pasó? — le preguntó su hermano Tyler cuando la vio llegar. Se acercó muy preocupado y se aseguró de que estuviera bien. — Me tropecé con Derek — respondió —. Es un altanero con ínfulas de grandeza y una arrogancia que sobrepasa su ego. — Tiene su carácter — dijo Tyler —. No quiero que te le acerques. Me pidió subir por las escaleras para no compartir el ascensor conmigo. — ¿Lo ves? Es un idiota, un maleducado. Mejor me voy al hotel. Naomi Ross, una joven de veintidós años, era la menor de tres hermanos. No conoció a su padre y su madre los abandonó cuando ella tenía diez años. Desde entonces, su hermano mayor, Tyler, ha cuidado de ellos. La joven creció compartiendo lo poco que tenía, repitiendo la misma ropa y jugando con los mismos juguetes. El pan no se podía desperdiciar. Tyler, siendo aún un jovencito, era el único que llevaba el sustento a la casa, pagaba el alquiler y proveía los útiles escolares.El caos duró apenas unos minutos, pero en la memoria de todos se sintió eterno.Las enfermeras irrumpieron en la habitación con rapidez quirúrgica, desplazando cuerpos, separando emociones, imponiendo orden donde segundos antes solo había amor, miedo y confesiones a medio decir. Doña Alba fue atendida de inmediato; oxígeno, camilla, indicaciones cortas y firmes. No perdió el conocimiento por completo, pero su cuerpo exigía atención, descanso… silencio.Naomi se quedó inmóvil, con una mano aferrada al respaldo de la silla y la otra protegiendo instintivamente su vientre. Todo lo que había ocurrido —las palabras de Derek, su declaración desnuda, la rodilla en el suelo— quedó suspendido en un limbo extraño, como si la realidad hubiese decidido postergar cualquier respuesta.Derek fue apartado con cuidado, pero sin concesiones. Una enfermera le colocó de nuevo el suero, otra revisó su presión. No opuso resistencia. Ya no tenía fuerzas para eso. Estaba pálido, exhausto, vulnerable de una f
Al llegar al hospital, Naomi y Tyler subieron directamente a la habitación de los señores Torres. Un silencio expectante cayó sobre los familiares, y una ligera preocupación se reflejó en sus rostros, pues temían por el bienestar emocional de la embarazada. —Saludos —dijo Naomi, y caminó directamente hacia los accidentados. Todas las miradas se posaron en ella, pero ninguna con la intensidad de la de Derek, quien abrió los ojos al escuchar su voz. Él estaba sentado en un sillón junto a la cama de su madre: el rostro pálido, el cabello revuelto y el olor a alcohol, aunque atenuado, aún perceptible. Todavía tenía el suero puesto, recibiendo la medicación intravenosa. Él no se movió, pero sentía su corazón acelerado, no por la crisis, sino por su presencia. Ella se dirigió primero a Patricia. —Señora Patricia, me alegro tanto de verla bien —susurró. —Gracias, hija. Gracias por venir. Ya ves… nada de qué preocuparse —respondió Patricia con una sonrisa débil, apreciando el gesto. Lue
El viaje al hospital fue un torbellino desgarrador de luces cegadoras y el rugido furioso del motor. Tyler, con una concentración quirúrgica, manejaba con una precisión que desmentía su estado anterior, impulsado por una descarga de adrenalina que le helaba la sangre. A su lado, Derek era una estatua de yeso, sus ojos clavados en el vacío, su mente atrapada en un ciclo incesante de imágenes perturbadoras.Al llegar a la sala de espera principal, Derek buscó desesperadamente, sus ojos escaneando cada rostro con la ansiedad de ver a un familiar. Vio a su hermana, Dayana, conversando con sus tíos, y corrió hacia ella como si fuera el último faro en medio de una tormenta.— ¡Dayana! — Su voz era un ruego desesperado, una mezcla de esperanza y terror. — ¿Cómo están? ¿Dónde están? ¡Quiero verlos!Se abrazaron con fuerza, uniendo sus mentes en un torrente de angustia compartida. Dayana se aferró a su hermano, sus lágrimas empapando su camisa, el temblor de sus manos revelando el shock que aú
Con el paso de las horas, la inusual ausencia del CEO y sus asistentes comenzó a resonar en la agencia.Freisy estaba visiblemente preocupada. No solo por la agenda de trabajo, aunque perder compromisos con clientes prestigiosos ya era grave, sino porque Derek era excepcionalmente responsable. Faltar así, sin previo aviso, era una señal clara de que algo andaba muy mal. Decidida a averiguar qué sucedía, tomó rumbo al apartamento de Derek.Al llegar, golpeó la puerta con impaciencia. Tyler fue quien abrió. No lo saludó, no hizo falta; su mirada decía más que mil palabras.— ¡Qué horror! Esto apesta a alcohol —expresó Freisy, haciendo un gesto de disgusto mientras pasaba. Avanzó por la sala hasta donde se encontraba su primo, y se sentó a su lado.— ¿Por qué no saludas a Tyler? —preguntó Derek, con voz ligeramente arrastrada.— No estoy obligada a dirigirle la palabra fuera de asuntos laborales. Maik, no puedo creer que le sigas el juego a Derek. Tenemos cientos de compromisos important
Naomi subió las escaleras a paso lento. Al entrar en su habitación, cerró la puerta de golpe y se desplomó sobre la cama. La cena en casa de los Torres había sido un éxito, pero la conversación con Derek la había dejado en un estado de profunda confusión. Una punzante inquietud la carcomía: o aquel hombre era demasiado orgulloso para admitir lo que sentía, o, definitivamente, no sentía nada en absoluto.Estaba completamente perdida en sus pensamientos cuando un golpe firme en la puerta la trajo de vuelta a la realidad.— Naomi, ¿estás bien? — Era Nidia, y su voz sonaba auténticamente preocupada.Naomi se sobresaltó. Puso los ojos en blanco y esbozó una sonrisa incrédula: “¿Qué hacía su madre en la mansión a estas horas?”— Estoy perfecta, gracias.— contestó en voz alta, sin moverse de su sitio.— ¡Abre esa puerta ahora mismo! — exigió Nidia, con un punto de exasperación.Naomi se levantó, abrió la puerta y alzó una ceja interrogante. — ¿Qué quieres?Nidia se coló sin esperar permiso y
Derek percibió una irritación creciente en el tono de Naomi. Por lo que, decidió no abundar en ese tema.— No te dejes llevar por todo lo que dicen. La mayoría de los chismes son falsos.Naomi quería gritarle que moría de celos al pensar que ellos estaban juntos, que odiaba saber que él sentía algo por ella. Pero se contuvo, aunque no del todo.— Dime una cosa, Derek. ¿Te gusta Verónica, o estás enamorado de ella? Todos dicen que es el amor de tu vida. En las redes sociales salen con fotos muy románticas. Apuestan a que son la pareja perfecta.Derek cerró los ojos un instante, la vena en su cuello latiendo. — Naomi… ya te lo dije. No tengo nada con esa mujer. Nada. — Su voz fue un gruñido bajo, casi inaudible, pero cargado de intensidad.— ¡Mientes, Derek Torres! ¡Mientes! — Su voz se elevó en un estallido contenido. Hizo una pausa forzada, pero la necesidad de desahogarse era más fuerte. — Ella se divorció por ti. Lo dijo en una entrevista. ¡Caray, afirmó públicamente que te ama! Y t
Último capítulo