Mundo ficciónIniciar sesiónNora Davies ha tomado la valiente decisión de convertirse en madre a solas y, con la ayuda de su mejor amigo Rupert, acude a una clínica especializada en inseminación artificial. Sin embargo, un error en el proceso hará que sea inseminada con el esperma de un hombre distinto al que eligió: Richard Preece, un magnate millonario determinado a ser padre y que no permitirá que Nora se lleve a su hijo sin luchar por él. Ahora, entre la sorpresa, la lucha por la paternidad y la inesperada conexión que surge entre ellos, ambos se enfrentarán a un destino que nunca imaginaron. “Un error inesperado. Un magnate decidido. Un bebé que cambiará sus vidas para siempre.”
Leer másTodos nos dirigimos hacia la gran sala principal. El ambiente ya estaba festivo. Allí estaban Samuel y Grace, los abuelos de Richard, Edith y Arthur Preece, quienes ya ocupaban uno de los sofás cómodos. También estaban Roger y Sander, los guardaespaldas, aunque en este momento parecían más dos tíos queridos integrándose a la charla que personal de seguridad. Rupert, sin embargo, estaba en una esquina, balanceando una copa de algo que definitivamente tenía un color demasiado ámbar para ser jugo.Noté cómo Lana achicaba los ojos en su dirección desde el otro lado de la sala, su mirada lanzando dardos invisibles. Definitivamente había prohibido las bebidas alcohólicas en la celebración y, por la expresión de Rupert, él sabía perfectamente que estaba rompiendo las reglas.De repente, una oleada de calor me recorrió el cuerpo incluso antes de verlo. Richard apareció desde la cocina con un pequeño pastel rosa entre las manos, redondo y delicado, las velas aún sin encender. Caminaba con esa
Subí las escaleras del viñedo con una sonrisa suave, procurando no hacer ruido. La casa estaba envuelta en ese silencio especial de las mañanas tempranas, aunque desde abajo se colaban voces apagadas y risas contenidas. Lana hablaba con Gladys y Grace mientras terminaban de decorar la sala, afinando los últimos detalles para la celebración. La luz del sol se filtraba por los ventanales del pasillo, bañándolo todo en un resplandor dorado que hacía que el día se sintiera distinto desde el primer momento. Hoy no era un día cualquiera. Hoy Ruby cumplía un año.Avancé directa hacia la habitación, con el corazón latiéndome más rápido de lo normal. Tenía que ser yo la primera en verla. Empujé la puerta con cuidado, esperando encontrarla dormida entre las sábanas, pero al alzar la vista me encontré con una escena que me desarmó por completo.Ruby estaba sentada en medio de la cama, con sus piernecitas rechonchas estiradas hacia adelante, jugando distraída con la esquina de la sábana. Sus gran
El camino de grava crujía bajo las ruedas del coche, un sonido rítmico que marcaba el final de la espera. Cada metro que nos acercaba a la cabaña, a nuestro paraíso aislado, era un latido más en la tensión que se había tejido entre nosotros durante meses. Lo veía al volante, con la mandíbula tensa, y yo sentía en el aire espeso del interior del coche la misma electricidad que me recorría la piel. La espera había terminado. Éramos solo nosotros dos en ese rincón del mundo, y nada, absolutamente nada, podría detener la explosión que estaba a punto de ocurrir cuando nuestros cuerpos volvieran a encontrarse.Richard aparcó el coche y el silencio que siguió fue casi ensordecedor. Se giró hacia mí, y sus ojos, color avellana, brillaban con una intensidad que me atravesó hasta lo más profundo. No era una mirada inquisitiva, ni una pregunta velada; era una afirmación, un fuego contenido que me robó el aliento antes de que pudiera siquiera reaccionar.—¿Lista para esta noche? —murmuró, su voz
Lograr que el vestido negro que me había regalado Lana entrara en mi nuevo cuerpo había sido todo un desafío, sobre todo por las curvas que había ganado con el embarazo. Las mismas que volvían loco a Richard, y aún no había tenido la oportunidad de tocarlasEl juicio contra Frank lo había consumido, y cuando llegaba a casa, a menudo se quedaba dormido antes de que pudiéramos compartir un momento juntos. Yo, agotada por las noches interminables con nuestra bebé, apenas tenía fuerzas para pensar en nosotros. Así habían pasado cuatro largos meses, juntos pero separados.Ahora, sin embargo, todo había cambiado. La sentencia final había llegado. Frank Clark nunca más volvería a disfrutar un solo día de libertad. Las cadenas perpetuas que le habían impuesto eran absolutas, dos por el asesinato de los padres de Richard, sumadas a varias condenas consecutivas por intento de asesinato, robo, falsificación de documentos, suplantación de identidad, amenazas y otros delitos graves que habían marc





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