Maxwell.
El viernes por la noche, mi casa parecía respirar en silencio. Cada sonido se amplificaba: el tic del reloj del pasillo, el crujido de la madera, el rumor suave del viento golpeando las ventanas. Noah dormía profundamente, abrazado a su oso de peluche. Su respiración era el único ritmo que me mantenía anclada a la realidad.
Permanecí junto a la puerta, observándolo con una mezcla de ternura y culpa. Parte de mí se sentía egoísta por aceptar aquella cena; la otra parte solo quería recordar cómo s