Mundo ficciónIniciar sesiónHeredaron un imperio médico. Y un verdugo que ansía su trono. El odio que Valeria Mendoza y Marco Quiroga se profesan en el quirófano es legendario. Ella, la hija privilegiada del reconocido cirujano. Él, un prodigio que escaló desde la nada despreciando su origen de oro. Cuando el testamento los fuerza a compartir la herencia de la clínica, su rivalidad estalla en una atracción prohibida, violenta y tan ardiente como autodestructiva. Pero su herencia es una trampa mortal. La muerte del patriarca no fue accidental: fue un asesinato. Y el asesino, Fernando, su propio tío y director de la clínica, esconde un secreto tan oscuro que está dispuesto a cruzar cualquier línea ética para protegerlo. El sabotaje, el acoso y los intentos de asesinato se convertirán en su nueva realidad. Forzados a una alianza peligrosa, Valeria y Marco deberán aprender a confiar el uno en el otro mientras luchan por sobrevivir. En un mundo donde el honor es tan filoso como un escalpelo, el latido de sus corazones podría ser silenciado para siempre. Un drama médico adictivo con escenas de pasión gráfica, traición familiar y un villano que no dudará en usar el bisturí no para salvar, sino para asesinar.
Leer másCinco años después de crear la beca Dr. Ricardo Mendoza, el tiempo parecía haber encontrado su ritmo perfecto, un compás marcado por las estaciones, las cosechas y el crecimiento imparable de los más pequeños.El jardín de la casa de campo de los Quiroga-Mendoza era una cacofonía perfecta de risas, gritos y ladridos que se mezclaban con el aroma dulzón de la barbacoa y el perfume de los jazmines que trepaban por la pérgola. Un labrador dorado, de nombre Tango, correteaba entre una manada de niños que parecía un equipo de fútbol en formación, su cola golpeando con felicidad las piernas de cualquiera que estuviera a su alcance.Mateo, con sus siete años y una seriedad que emulaba la de su padre, Marco, intentaba con paciencia de pequeño adulto explicar a su hermana menor, Lucía —de cuatro años y medio, con un pelo rebelde que formaba un aura a su alrededor y una sonrisa pícara que prometía travesuras— por qué no debía empujar a Sofía (la menor de los Rojas, de tres años y una valentía e
Tres años después de la llegada de los gemelos, la alarma sonó como un disparo en la quietud de la madrugada. No era el llanto de Luciano o Lucía, Era el tono estridente y urgente de sus teléfonos. Marco se incorporó de un salto. Valeria, a su lado, leyó el mensaje: Politraumatismo grave. Niño 7 años. Herida penetrante torácica por barra de metal con posible trauma craneal asociado. Taponamiento cardíaco inminente. Equipo completo a Q3. YA.El Quirófano era un remolino de actividad controlada. Álvaro y Marianna ya evaluaban al pequeño paciente. Antonio, como anestesiólogo, libraba una batalla contra los signos vitales que se desplomaban. Laura, como instrumentista, tenía las mesas listas con precisión milimétrica.—¡El neurocirujano pediátrico está en otro quirófano con un trauma craneal abierto! —informó una enfermera, con pánico en la voz—. No puede venir.—Marianna —ordenó Marco sin levantar la vista del campo—, necesito que realices una craniectomía descompresiva urgente primero.
Los meses siguientes a la revelación de los gemelos fueron un torbellino de ecografías, preparativos y noches de insomnio compartidas entre Valeria, Marianna y Laura. La "liga de las madres", como las bautizó Álvaro entre sonrisas, se había organizado con la eficiencia de un equipo quirúrgico para turnarse en el cuidado de los niños: el pequeño Mateo, de casi dos años, que ya mostraba una curiosidad incansable; Santiago, con sus fascinantes ojos azules que hechizaban a todos; y Alma, cuya determinación precoz era el vivo reflejo de su madre. Mientras tanto, Valeria, con su vientre ya prominente de cinco meses que anunciaba a los gemelos, supervisaba los planes de la nueva ala de pediatría de la clínica desde su oficina, delegando cirugías pero no el diseño del futuro del lugar.Una tarde particularmente agotadora, Marco la encontró dormida sobre los extensos planos arquitectónicos, una mancha de tinta azul emborronando un margen y otra pequeña en su mejilla. La observó por un largo m
Treinta semanas después de la triple boda, la Clínica Mendoza era un hervidero de actividad normal, pero en el aire flotaba una expectación familiar. Marianna, con un vientre inmenso que parecía desafiar las leyes de la gravedad, caminaba por los pasillos con Álvaro pegado a su lado, una sombra protectora y orgullosa. Las terribles náuseas de los primeros meses eran un recuerdo lejano, reemplazadas por una pesadez dulce y la ansiosa espera.El día llegó con la furia de una tormenta de verano. Las contracciones de Marianna fueron rápidas y intensas, sin dar tregua. En cuestión de horas, estaba en la suite de partos, aferrándose a la mano de Álvaro con una fuerza que le prometía moretones. Valeria y Marco estaban allí, no como médicos, sino como pilares. Valeria, en particular, se había convertido en una roca para su amiga, sus palabras calmadas un bálsamo contra el dolor.—Respira, Marianna. Tú puedes. Eres más fuerte que esto —le susurraba al oído, mientras Álvaro, pálido pero sereno,
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