La puerta de la oficina de Valeria se cerró tras Marco, dejando un silencio cargado con los escombros de veintiocho años de certidumbre derrumbada. Elena, pálida, con el impecable maquillaje surcado por lágrimas secas, miraba al vacío como si el suelo se hubiera abierto bajo sus pies.
Valeria se arrodilló frente a ella, tomándole las manos heladas. —Madre—dijo, su voz un susurro firme—. Lo peor ya pasó. La verdad, por dura que sea, nos ha liberado. —¿Liberado?—la voz de Elena era un hilo quebra