La luna llena era una moneda de plata sobre el cielo de la ciudad cuando el Mercedes negro de Antonio atravesó los portones de la Clínica Mendoza a velocidad peligrosa. Los faros iluminaron la entrada de urgencias como dos ojos desesperados.
—¡Ya viene, ya viene! —gritaba Laura, ahogando un quejido contra el hombro de su esposo, que, pálido como la muerte, casi la arrastraba hacia las puertas automáticas.
El equipo de maternidad, alertado por la llamada frenética de Antonio, ya los esperaba. Y