Mundo ficciónIniciar sesiónBárbara Amestoy tenía un plan claro en su vida: casarse con Fabián Benatti, el hombre que siempre creyó su gran amor. Pero todo se derrumba cuando su padre la obliga a caminar hacia el altar para unirse con Herodes Prat, un hombre frío, calculador y aparentemente incapaz de sentir. Convertida en moneda de cambio para salvar la empresa familiar, Bárbara está convencida de que su matrimonio será el infierno más cruel. Sin embargo, pronto descubrirá que vivir bajo el mismo techo con Herodes no es la peor de sus desgracias… sino la única muralla que la separa del verdadero peligro. Porque detrás de la traición que la arrancó de los brazos de Fabián se esconden secretos capaces de destrozarlo todo, y la verdad, cuando salga a la luz, revelará que el verdadero enemigo no es quien ella siempre pensó. Un matrimonio impuesto. Una traición inesperada. Y una pasión que puede convertirse en su salvación o en su condena.
Leer másCapítulo 1— Un verdadero circo.
Narrador Apretando la falda del vestido de novia entre sus manos mientras sentía el escozor de sus ojos hacerse presente, Bárbara no quería dar un paso más. Si lo hacía, uniría su vida para siempre a un hombre que no amaba, un ser despreciable que la tomaría solo como una moneda de cambio para saldar las deudas familiares. Retrocediendo un paso, dispuesta a no seguir con esa farsa de boda, la espalda de Bárbara impactó con el pecho de su padre, quien venía llegando, y tomándola de los hombros, Joaquín la detuvo. — ¿Qué crees que haces, Baby? ¿A dónde vas? — Pasando la mirada de su hija con ojos llorosos, al sendero rodeado de flores que estaba a punto de recorrer para llegar al altar, el señor Amestoy le impidió escapar, y negando dijo en una súplica— Ni siquiera lo pienses... Herodes te espera al final. Renuente a seguir, a vivir bajo el mismo techo de ese infeliz que se hacía llamar el mejor amigo del hombre que ella amaba, Bárbara negó, dejando un par de lágrimas rodar por sus mejillas, y afianzando el agarre de su vestido, dispuesta a salir de allí a la primera oportunidad, murmuró con un nudo en la garganta. — ¿Solo eso te importa? Que me case con ese infeliz para salvar la empresa, padre. Viendo el dolor marcado en el rostro de su pequeña, el sentimiento de culpa invadió a Joaquín. Aun así, sabiendo que no tenía nada más que hacer, suplicó: — ¡Baby, por Dios! No hagas esto más difícil de lo que ya es. Dando un paso al frente, Amestoy intentó acercarse a Bárbara para consolarla, y retrocediendo un par de pasos más, esta negó de nuevo, furiosa por ser obligada a hacer algo que no quería. — Está bien, padre... Como tú digas. Me casaré con Herodes, pero te aseguro que a ese infeliz ¡Jamás! Escúchame, padre ¡Jamás lo veré como un esposo! Sabiendo que así sería, que su único y verdadero amor siempre sería Fabián, ese hombre ejemplar que prefirió renunciar a ella antes que verla sumergida en la miseria, Joaquín asintió, y extendiendo su mano para guiarla al altar, Bárbara la tomó sin más alternativa. — De verdad, agradezco esto que estás haciendo... Por mí, por la empresa, por tu madre. — Limpiando las lágrimas que rodaron por sus mejillas, sin importarle correr su maquillaje elaborado meticulosamente, Bárbara le dio a su padre una última mirada cargada de desprecio, de dolor, y colocándose al pie de la puerta cuando la marcha nupcial inició, tomó algo de aire por lo que seguía— ¡Vamos, Baby! Tú puedes. Empezando a recorrer el sendero que los llevaría al altar, donde Herodes esperaba vestido con un traje hecho a la medida, Bárbara aferró su mano al ramo que traía entre ellas cuando las ganas de llorar se hicieron presentes, sin embargo, solo elevó su mentón y siguió viendo cómo los presentes se colocaban de pie para observarla. Después de todo, nada lograría con llorar, ya el trato estaba hecho, y ella era el pago de Herodes para salvarlos de no quedar en la calle. Llegando al fin al pie del enorme arco de flores que adornaba el altar, Prat extendió su mano para recibirla, y aclarando su garganta antes de hablar, Joaquín solo dijo tratando de hacer la situación más llevadera. — Herodes te entrego lo más preciado que tengo... A mi princesa. Por favor, cuida de ella— Sonriendo de lado, siendo esto lo que quiso desde un inicio, tener a Bárbara de cualquier modo, Prat tiró de ella para pegarla a su cuerpo, y observándola, sintiéndose victorioso, respondió. — Con mi vida, Joaquín... Con mi vida, la cuidaré. Apretando los labios, conteniendo la repulsión que sentía en ese momento al ver al hombre que creyó amigo de Fabián, como un verdadero buitre, Bárbara solo caminó junto a su futuro esposo hasta llegar ante el sacerdote que auspiciaría la ceremonia, tomando cada uno su lugar. —Eres un descarado— Le susurró Bárbara con rabia— Fabián siempre te consideró su amigo, y aun así obligaste a mi padre a casarme contigo. Herodes, en su mismo punto, sonrió, saboreando la victoria alcanzada, y desviando la mirada a ella, Bárbara se la sostuvo antes de Prat responder — Puede que lo sea... Aun así, esta es una muestra de que siempre consigo lo que quiero— ella contuvo el aire, sabiendo que ya no podía hacer nada— Y por cierto, te ves fatal. Escuchando la respuesta de Herodes, que era una burla a cómo se veía en ese momento, destruida, derrotada como una novia cautiva, Bárbara solo apretó sus dientes deseando golpearlo, y fingiendo sonreír mientras el hombre de Dios se preparaba para iniciar, la novia respondió. — ¡Vete a la m****a, Herodes! Abriendo los ojos un poco escandalizado, pues eso sí lo había escuchado claramente, el sacerdote observó a Bárbara por sus palabras, e interviniendo para no quedar en evidencia de que esa boda no era más que una farsa, Prat agregó. — Está nerviosa... Es eso, padre... Solemos hablarnos de ese modo. Sabiendo que esto era muy común entre los jóvenes de la actualidad, hablar de ese modo sin respeto alguno por las cosas de Dios, el hombre mayor abrió la Biblia antes de iniciar el sermón, y tomando la palabra, dijo en voz alta, captando la atención de todos en el salón. — El día de hoy nos hemos reunido en este lugar para unir en sagrado matrimonio a es... Con la atención de todos los invitados puesta en ellos dos, la ceremonia inició. Y llegando el momento tan esperado, las palabras del hombre de Dios cerraron la alianza que, por más que quisieran, no podrían romper. — Por el poder que me confiere Dios, la iglesia y las sagradas escrituras, puede besar a la novia, señor Prat. Que lo que ha unido nuestro Creador, no lo separe el hombre. Reduciendo la distancia entre los dos, Herodes elevó su mano despacio con una precisión medida para acariciar la mejilla de Barbara, quien se estremeció por su cálido toque. Juntando sus labios con delicadeza, cerró la unión con un beso. El primer contacto fue suave, casi como una caricia, pero en un instante el beso se volvió más profundo, más urgente. Su lengua rozó la de ella, encontrando una respuesta que lo sorprendió. Barbara, que al principio solo recibía el beso, pronto deslizó sus manos por su pecho, agarrando su camisa con fuerza, como si aferrarse a él fuera inevitable. Herodes no pudo evitar un suave gemido contra sus labios, hundiendo los dedos un poco más en su cintura, atrayéndola aún más cerca. Barbara respondió con igual intensidad, olvidándose por completo del motivo de aquel beso. Por un momento, todo lo demás dejó de existir; Fabián, Joaquín, la deuda que había detrás de aquel matrimonio. Escuchando cómo el sacerdote aclaraba su garganta a un lado de ellos, Barbara se separó de Herodes un poco desconcertada por dejarse llevar de ese modo por ese infeliz que la estaba obligando a casarse con ella, y tomando su mano como si nada, Prat le pidió al verla algo pensativa. — Sonríe... Todos nos observan. Empezando los aplausos por la unión, Barbara sonrió un tanto tensa, sintiéndose en un verdadero circo donde el amor no existía, y solo era una presa de un hombre al que despreciaba con todas sus fuerzas.Capítulo 53—NarradorCon la respiración agitada y bajando del auto tan rápido como pudo sin importarle los gritos del chofer que Herodes le había asignado, Bárbara se apresuró a ingresar a la bodega en donde presuntamente le había señalado Fabián que se encontraba. Independientemente de todo lo que le había hecho de venderla a Herodes, sabía que si ella no llegaba a tiempo posiblemente lo encontraría muerto.Pensando que había sido abandonado a su suerte como había sucedido en un par de ocasiones pasadas tras recibir una fuerte golpiza, Bárbara sentía que tenía que auxiliarlo, al menos por una última vez, y abriendo la puerta que se encontraba a medio cerrar una vez en su interior trató de localizarlo.— ¡Fabián! ¡Fabian! ¿Estás aquí?Entrando poco después el chofer, quien antes de seguirla intentó llamar a su jefe para decirle que estaban allí pero que no respondió por asuntos de trabajo, el hombre estudió la bodega, y siendo inmovilizado por la espalda al ser apuntado, este solo sol
Capítulo 52— No me tientesNarradorAbriendo los ojos tras un intenso encuentro que no sólo retumbó en cada espacio de su cuerpo, sino también en cada espacio de su alma, Bárbara desvió la mirada a un lado para observar a su esposo quien descansaba plácidamente.Que si bien estaba siendo un poco crédula al seguir como si nada tras descubrir la verdad, ninguno estaba libre de pecado como para cuestionarla. Elevando su mano con la intención de acariciar su mejilla mientras descansaba, Bárbara mordió ligeramente su labio inferior al recordar todo lo sucedido entre los dos la noche anterior.—Empiezo a gritar ahora... O después que termine de despertar. Me siento acosado.Soltando con voz ronca debido a su letargo, Herodes bromeó, y tomando una de las almohadas, Bárbara la estampó en su rostro para que terminara de despertar.—Es cierto, Baby... Pareces una acosadora mirándome mientras duermo.Rodeando el cuerpo de Bárbara con sus fuertes brazos, Herodes se aferró a ella renuente a que se
Capítulo 51— Amar sin reservasNarradorApenas cruzó la puerta de la habitación, Herodes cerró de un golpe y sin darle tiempo a reaccionar, la tomó de la cintura y la empujó contra la madera, atrapándola entre su cuerpo y la puerta. Bárbara dejó escapar un suspiro ahogado, pero no se apartó. Al contrario, sus dedos se aferraron a su camisa con una necesidad que delataba todo lo que no se había atrevido a decir. Herodes bajó el rostro hasta el de ella, su aliento caliente chocando con sus labios entreabiertos.—Te amo, Bárbara Prat... Te amo con todo mi puto ser— Herodes le sostuvo la mirada mientras la mantenía acorralada entre la pared a sus espaldas, y su cuerpo — Sí, me equivoqué, pero te amo... Tenía miedo de que una vez que supieras la verdad me odiaras, y no me equivoqué.Bárbara pasó saliva sintiendo cómo esa primera palabra la paralizó ¿Herodes la amaba de verdad, tanto como para hacer todo lo que hizo para tenerla?—Salvé a Fabián aquel día porque sabía que si le pasaba algo
Capítulo 50 — Desarmaba entera.Narrador:Regresando a la estancia tras cambiarse de ropa, colocándose algo más ligero, Bárbara encontró un desayuno preparado por Andrea, quien se esforzó en hacer su sopa favorita con sus propias manos.Tomando asiento donde solía hacerlo en el amplio comedor junto a Herodes, Andrea le señaló empezar a comer, y apretando los labios, Bárbara se negó a hacerlo, pues no era ninguna niña.—Mamá, ¿qué más escuchaste de la conversación entre Fabián y mi padre?Pasando su mirada de un lado al otro, asegurándose de encontrarse completamente sola en el comedor, Andrea solo liberó el aire y, pasando las manos por su rostro, dijo todo lo que alcanzó a escuchar.—Herodes, al parecer, le prestó dinero a Fabián para pagar las deudas del juego, y al parecer, el pago eras tú. Ahora, lo antes dicho por Herodes tenía más sentido. No escuché bien lo que seguía, solo sé que Fabián acudió a tu padre para convencerlo de entregarte a Prat, y así no quedar como un cobarde po
Capítulo 49—Lo lamento de verdadNarrador— ¿De verdad no quieres que te lleve al médico?Permaneciendo recargado en la puerta recién cerrada de la habitación, Herodes preguntó sin quitarle la mirada de encima a Bárbara, quien empezaba a despojarse de los aretes que llevaba en ese momento, y negando, ella solo respondió tomando asiento en el borde de la cama.— Ya dije que no... Creo que los dos están exagerando un poco... Fue un estúpido vómito nada más, solo están haciendo un drama por unas náuseas.Dando un paso al frente, Herodes apretó los labios pensando que no era ninguna estupidez preocuparse por la salud de su esposa, y llegando frente a ella se puso en cuclillas a sus pies para tratar de convencerla de ir al médico mientras la ayudaba a despojarse de los zapatos.— No es ninguna estupidez preocuparnos por ti... Sé que aún estás furiosa conmigo por lo sucedido anoche... Pero eso no quita el hecho de que me preocupa lo que pueda pasarte, así sean unas estúpidas náuseas como di
Capítulo 48— Simple malestarNarradorAbriendo los ojos con algo de pesadez tras una noche en donde apenas logro conciliar el sueño, Bárbara tomó asiento sobre la cama. Era la primera vez que dormía fuera de la habitación que compartía con Herodes desde que llegó a ese lugar, por lo que podría ser ese el motivo que le fue imposible descansar.Fregando sus ojos en repetidas ocasiones, Bárbara trató de salir del letargo del sueño, y fracasando pues la pesadez era tal, que prefirió colocarse de pie, tal vez una ducha podría ayudarle.Ingresando al baño, un instante después salió completamente preparada para comer su desayuno antes de ir a trabajar, y bajando por las enormes escaleras, al llegar al amplio comedor, lo encontró preparado impecable, imponente, listo para conquistar el mundo mientras leía las noticias del día.—Buenos días.Saludando más por cumplido que por ganas, Bárbara tomó asiento en la mesa a su lado, como era costumbre, y manteniendo su vista fija en el papel, apenas l
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