El jardín de la mansión Mendoza era un océano de luces tenues y flores blancas. Guirnaldas de seda ondeaban suavemente con la brisa del atardecer, envolviendo el lugar en una atmósfera de ensueño íntimo. No era una celebración multitudinaria, sino la reunión de una familia que había sido forjada en el fuego del dolor y templada por el amor más feroz.
En el centro, bajo un dosel adornado con glicinas, un juez civil —un amigo de la familia— esperaba con una sonrisa tranquila. Daniel, desde la pri