La euforia en el quirófano fue un espejismo de gloria, tan intenso como efímero. Bajo las luces desinfectantes, Marco y Valeria habían sido dioses salvando una vida. Supervisaron personalmente el traslado de Sofía a la UCI con una meticulosidad obsesiva, asegurando cada conexión, cada monitor. La gratitud desbordante de los padres de la niña fue un bálsamo que, por un instante, enmascaró el veneno que corroía sus propias vidas.
En la rueda de prensa, sonrieron con la boca, pero sus ojos permane