Cinco años después de crear la beca Dr. Ricardo Mendoza, el tiempo parecía haber encontrado su ritmo perfecto, un compás marcado por las estaciones, las cosechas y el crecimiento imparable de los más pequeños.
El jardín de la casa de campo de los Quiroga-Mendoza era una cacofonía perfecta de risas, gritos y ladridos que se mezclaban con el aroma dulzón de la barbacoa y el perfume de los jazmines que trepaban por la pérgola. Un labrador dorado, de nombre Tango, correteaba entre una manada de niñ