Corazón Bajo Contrato: 120 Días para Enamorarte

Corazón Bajo Contrato: 120 Días para EnamorarteES

Romance
Última actualización: 2026-03-31
Renata Caglioni  Completo
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10
3 Reseñas
288Capítulos
6.0Kleídos
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Resumen
Índice

Él tiene el anillo, el poder y el contrato. Ella tiene el control de su destino. Tras la muerte de su abuelo, la vida perfecta de Luciana Sterling se hace añicos. Para salvar el legado familiar, es forzada a un matrimonio sin amor con Stefan Vanderbilt, un magnate arrogante que no solo la desprecia, sino que ama a otra mujer. Pero tras una traición pública que deja a Luciana humillada, el patriarca Vanderbilt cambia las reglas del juego: Stefan tiene 120 días para enmendar su error. Debe lograr que Luciana lo acepte voluntariamente y se case por amor, o será desheredado y perderá su imperio para siempre. Ahora, el cazador se convierte en la presa. Stefan intentará conquistarla por ego, pero se encontrará compitiendo contra Ethan, el amor seguro de Luciana. Entre celos incontrolables y una pasión que ninguno esperaba, Stefan aprenderá la lección más dura de su vida: enamorar a su propia esposa será la batalla más difícil que jamás haya librado.

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Capítulo 1

El Precio de un Imperio

Stefan Vanderbilt cerró el contrato con un movimiento seco de muñeca y empujó los papeles hacia el otro lado de la mesa. James Lee, CEO de Chen Industries, intentaba mantener la compostura, pero el sudor en su frente lo delataba.

—El precio es ridículo, Vanderbilt. Estás comprando mi empresa por la mitad de su valor.

—Estoy comprando tus deudas —corrigió Stefan sin levantar la vista de su teléfono—. Hay una diferencia. Firmas ahora o mañana tus acreedores se encargan de ti. Al menos yo te dejo con algo de dignidad.

—Esto es...

—Negocios. —Stefan finalmente lo miró. No había emoción en sus ojos azules, solo una calma entrenada—. Tuviste seis meses para arreglar tus números. Elegiste gastarlo en fiestas y yates. Ahora pagas las consecuencias.

Lee firmó con manos temblorosas. Stefan tomó los documentos, los revisó con rapidez profesional y salió sin despedirse.

En el pasillo, su asistente lo esperaba con una tablet.

—Señor, acaba de llegar la noticia. Eduardo Sterling falleció esta mañana.

Stefan se detuvo. Eduardo Sterling. El viejo que siempre lo había tratado con ese afecto incómodo, como si Stefan fuera parte de su familia.

—¿Funeral?

—Pasado mañana. Su abuelo ya confirmó asistencia.

Stefan asintió y siguió caminando.

* * *

La tierra cayó sobre la caoba pulida con un golpe sordo que quebró algo dentro de Luciana Sterling. Había soportado el funeral entera. La espalda recta, la barbilla en alto, como su abuelo le enseñó. Pero ese sonido le robó el aire y sus piernas cedieron.

Un brazo firme la rodeó antes de que cayera. Ethan Cole, su novio por dos años, estudiante de último año de Derecho.

—Te tengo —susurró contra su oído.

Luciana se aferró a él mientras lloraba. Su mirada barrió a los asistentes con rapidez: cámaras, apellidos, abogados. Identificó a un hombre con lente largo escondido tras un paraguas, a una mujer demasiado bien peinada para estar de duelo y a dos tipos que no miraban la tumba, sino a ella.

—Cabeza abajo —murmuró Ethan, apenas moviendo los labios—. No respondas. Caminamos por la izquierda. Yo te cubro.

Ethan no la apretó más; la sostuvo justo lo necesario. Ese era su talento más peligroso: saber cuánta fuerza usar para que el mundo dejara de tambalear sin hacerla sentir atrapada. Le apartó con dos dedos un mechón húmedo que se había pegado a su mejilla y le acomodó el cuello del abrigo negro, cubriéndola un poco más del viento y de las miradas. Estaba furioso, Luciana lo sintió en la rigidez de su mandíbula y en la tensión que le cruzaba los hombros, pero toda esa rabia estaba sometida a una sola prioridad: ella. Y fue precisamente eso lo que la desarmó. El aire seguía doliendo, la pérdida seguía abierta, pero el cuerpo dejó de caer. Con Ethan, incluso el derrumbe tenía un borde.

Sin esperar, se colocó medio paso delante de Luciana, tapándole el ángulo de las cámaras con su propio cuerpo. Luego volvió hacia ella como si el mundo pudiera apagarse. Le sostuvo la nuca con ternura, y su pulgar atrapó una lágrima antes de que resbalara hasta la comisura de sus labios.

Luciana tragó aire, temblando. Ignoró la punzada extraña en el pecho y se aferró a las últimas palabras de su abuelo: Nunca dejes que te obliguen a ser alguien que no eres. Se lo había prometido.

Al otro lado de la tumba, Stefan Vanderbilt la observaba. No con compasión, sino con cálculo. Sus ojos azul hielo la recorrieron, deteniéndose en el brazo de Ethan alrededor de su cintura. Localizó las cámaras de seguridad y los teléfonos levantados como cuchillas.

No hoy, se ordenó. No aquí.

Cuando sus miradas se cruzaron, Luciana sintió esa atención como un golpe físico. La mandíbula de Stefan se tensó y apartó la vista con brusquedad, como si su mera presencia fuera un error.

Los invitados comenzaron a dispersarse hacia las limusinas negras bajo el cielo gris de fines de septiembre.

—Deberíamos irnos —dijo Ethan—. Te llevo a casa.

Una mano enguantada se posó en su brazo. Richard Vanderbilt, imponente incluso a sus sesenta y ocho años, la miraba con algo que hizo que el estómago de Luciana se contrajera.

—Luciana, mi querida niña. Sé que este es un día terrible, pero hay asuntos de tu abuelo que debemos discutir. Promesas que le hice.

—¿Qué asuntos? —Ethan se puso más rígido. Su voz sonó medida, precisa, como si escogiera cada palabra con el cuidado de un futuro abogado—. Luciana acaba de enterrar a su abuelo.

—Ojalá pudiera esperar, joven Cole, pero le di mi palabra a Eduardo, y un hombre de honor no rompe sus promesas.

El corazón de Luciana latió con fuerza.

—¿Qué promesa?

—Esta noche lo sabrás. En mi casa, siete en punto. La familia estará reunida.

—Iré contigo —insistió Ethan.

—Me temo que esto es un asunto familiar. Cuestiones legales. Solo familia directa.

La mandíbula de Ethan saltó, pero no volvió a discutir delante de todos. Se giró hacia Luciana y le acomodó detrás de la oreja un mechón que el viento le había soltado, como si ese gesto mínimo todavía pudiera protegerla de algo.

—En cuanto salgas, me escribes una sola palabra —murmuró, tan bajo que solo ella pudo oírlo—. La que sea. Si algo se siente mal, me llamas. Llego. No me importa la hora.

Luciana tragó saliva y asintió, apretándole los dedos una vez antes de soltarlos.

—Está bien. Iré sola.

Richard asintió con aprobación y caminó hacia su limusina. Stefan esperaba junto al auto, pero antes de subir miró hacia atrás. Sus ojos encontraron los de Luciana, y en ellos había algo oscuro, marcándola como un objetivo.

* * *

Esa tarde Luciana intentó contactar a Ethan tres veces antes de subir al Bentley. Las llamadas derivaban al buzón, los mensajes quedaban sin respuesta. Su teléfono murió en el tercer intento.

Ethan no apagaba el teléfono en días como ese. El silencio no parecía distancia. Parecía intervención.

La mansión Vanderbilt se alzaba como una fortaleza de piedra. Catherine la recibió en la entrada con un abrazo tenso.

—La familia está reunida. Richard quiere hablar contigo.

El gran salón estaba lleno: tíos, primos, abogados con maletines de cuero y personal de alto rango. Y Sofía Martínez, quien había crecido en esa mansión, sosteniendo una bandeja cerca de la chimenea.

Todos se volvieron a verla. Richard estaba frente a la chimenea. Stefan se recargaba contra la repisa de mármol con una copa de whisky, fingiendo aburrimiento. Cuando sus ojos se encontraron, un brillo de hostilidad pura cruzó su mirada.

—Luciana, siéntate —ordenó Richard.

Ella caminó con piernas temblorosas hacia el sofá.

—Eduardo y yo fuimos hermanos en todo excepto en sangre. Cuando supo que su salud estaba fallando, me hizo prometerle que cuidaría de ti, que no te dejaría sola. Me pidió que te asegurara una familia, que el imperio Sterling estuviera protegido.

El corazón de Luciana comenzó a latir más rápido. Había pensado en mudarse con Ethan después de su graduación.

—Por lo tanto, para cumplir mi promesa y asegurar el futuro de dos imperios, anuncio el compromiso formal entre mi nieto, Stefan Vanderbilt, y Luciana Sterling. La ceremonia de compromiso será en dos semanas. El matrimonio en seis meses.

El mundo se detuvo.

Mi abuelo me vendió.

—¡NO!

El rugido de Stefan hizo vibrar los cristales. Se apartó de la repisa con violencia y el whisky se derramó sobre la alfombra persa.

—¡Esto es una farsa! ¡No voy a ser parte de tu maldito mercado de valores!

—Stefan, cálmate —ordenó Richard.

—¡No me voy a calmar! —Se giró hacia Luciana con veneno—. ¿Cuánto le suplicaste a tu abuelo para que me amarrara a ti? ¿Qué precio le pusiste a mi libertad, Luciana?

—Yo... no sabía nada...

—¡Mientes! —Stefan cruzó hacia ella con pasos furiosos. Se plantó frente a Luciana, inclinándose hasta que ella pudo sentir el frío de su desprecio—. ¿Tan desesperada estás que usaste un funeral para atraparme?

Luciana se quedó helada.

—No sabía nada de esto. Tienes que creerme.

Stefan se rió sin humor.

—Esto no es un "sí". Es una transacción. Y yo no firmo transacciones con mi vida.

—Qué conveniente —susurró una tía lejana lo suficientemente alto para ser oída.

Las lágrimas rodaron por las mejillas de Luciana, no de tristeza sino de humillación pura. Podía sentir las miradas de los primos de Stefan; escuchó una risa ahogada y vio cómo algunos levantaban sus teléfonos discretamente. Toda la alta sociedad sabría mañana que Stefan Vanderbilt la despreciaba.

Un estruendo de cristales interrumpió el momento. Todos se giraron. Sofía estaba paralizada con los ojos fijos en Stefan y la bandeja volcada a sus pies, temblando. Sus ojos reflejaban un pánico silencioso.

—Yo... lo siento, señor —susurró mientras se agachaba a recoger los pedazos.

Los ojos de Stefan volaron hacia ella. En esa mirada había desesperación pura. Un escalofrío recorrió la espalda de Luciana. Había algo más ahí, algo turbio que ella no entendía todavía.

—¡Stefan! —rugió Richard—. ¡Suficiente! Sales de esta casa sin nada: sin tu fideicomiso, sin tu posición, sin tu apellido. Te conviertes en nadie.

El silencio fue absoluto. Stefan miró a Sofía, que recogía vidrios con manos torpes, y luego a su abuelo.

—Está bien. Acepto.

Richard sonrió, satisfecho.

Stefan avanzó hacia Luciana con pasos lentos, casi ceremoniales. Ella quiso retroceder pero el respaldo de la silla la detuvo. Se inclinó, apoyando las manos a cada lado de su cabeza, encerrándola. El calor de su cuerpo la envolvió, tan cerca que podía sentir su respiración.

Luego bajó la voz hasta convertirla en un susurro metálico.

—Prepárate, Sterling. Porque no voy a dejarte ganar esto… ni un solo día.

Se apartó con una sonrisa que no era feliz ni cruel: era promesa.

Mientras todos comenzaban a murmurar felicitaciones, Luciana permaneció inmóvil. Acababa de ser vendida como ganado. El hombre que era ahora su prometido la odiaba.

Pero mientras observaba a Stefan alejarse hacia las ventanas, mientras sentía las miradas evaluándola como mercancía, algo nuevo despertó en su pecho.

No era miedo. Era furia.

Stefan Vanderbilt acababa de declararle la guerra, pero había cometido un error: los Sterling no se quebraban. Y si iba a estar atrapada en ese contrato, se aseguraría de que él también perdiera el aliento.

* * *

Luciana llegó a su mansión, pero no durmió. Pasó la noche mirando el techo mientras las palabras de Stefan resonaban como una sentencia. A las seis de la mañana su teléfono explotó. Cincuenta notificaciones: llamadas de Chloe y Lilly, mensajes de la universidad.

¡FUSIÓN DE TITANES! LA HEREDERA STERLING ATRAPA AL SOLTERO MÁS CODICIADO.

La foto la mostraba pálida y con rastros de lágrimas, pero el ángulo la hacía ver calculadora, fría. El artículo era peor. "Fuentes cercanas revelan que Luciana Sterling habría usado la muerte de su abuelo para forzar la fusión..."

I*******m y TikTok explotaban con la misma narrativa. Los comentarios eran una carnicería: "Interesada", "Qué perra manipuladora", "Pobre Stefan".

El teléfono vibró en su mano. Ethan. El corazón le dio un vuelco.

—¿Ethan?

—¿Estás a salvo? Dime dónde estás. Necesito verte. Ahora. Te espero en la Biblioteca de Columbia.

Colgó antes de que ella pudiera hablar. Su tono no era suave. Era tenso, controlado; el de alguien que intentaba sostenerse sin desmoronarse.

Luciana se quedó mirando la pantalla, el pulso martilleando en sus sienes. Afuera, el sol comenzaba a romper sobre Manhattan. Stefan Vanderbilt creía que iba a destruirla para salvar su orgullo.

Él creía que iba a romperla.

No entendía que ella había aprendido a romper primero.

El teléfono vibró otra vez, pero no era Ethan.

NOTIFICACIÓN DEL BUFETE STERLING & ASOCIADOS

Lectura del testamento de Eduardo Sterling — Mañana, 09:00 AM.

Asistencia obligatoria de la familia.

Beneficiaria citada: Luciana Sterling.

Luciana tragó saliva. No era solo un escándalo. Era una guerra con fecha y hora.

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Juan Estrada
de verdad de verdad he tratado me gustan tus novelas pero de verdad no puedo con tanto drama tanto capítulo de relleno de verdad no puedo
2026-03-09 23:28:15
3
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Carolina Cid
Por favor dime qué Luciana se queda con Ethan ...
2026-01-13 05:59:30
0
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Francisca Araya
Amo esta novela, porfa no dejes de actualizarla.
2026-01-02 12:20:34
0
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