Corazón Bajo Contrato: 120 Días para Enamorarte

Corazón Bajo Contrato: 120 Días para EnamorarteES

Romance
Última actualización: 2026-03-13
Renata Caglioni  Recién actualizado
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Resumen
Índice

Él tiene el anillo, el poder y el contrato. Ella tiene el control de su destino. Tras la muerte de su abuelo, la vida perfecta de Luciana Sterling se hace añicos. Para salvar el legado familiar, es forzada a un matrimonio sin amor con Stefan Vanderbilt, un magnate arrogante que no solo la desprecia, sino que ama a otra mujer. Pero tras una traición pública que deja a Luciana humillada, el patriarca Vanderbilt cambia las reglas del juego: Stefan tiene 120 días para enmendar su error. Debe lograr que Luciana lo acepte voluntariamente y se case por amor, o será desheredado y perderá su imperio para siempre. Ahora, el cazador se convierte en la presa. Stefan intentará conquistarla por ego, pero se encontrará compitiendo contra Ethan, el amor seguro de Luciana. Entre celos incontrolables y una pasión que ninguno esperaba, Stefan aprenderá la lección más dura de su vida: enamorar a su propia esposa será la batalla más difícil que jamás haya librado.

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Capítulo 1

El Precio de un Imperio

Stefan Vanderbilt cerró el contrato con un movimiento seco de muñeca y empujó los papeles hacia el otro lado de la mesa. James Lee, CEO de Chen Industries, intentaba mantener la compostura, pero el sudor en su frente lo delataba.

—El precio es ridículo, Vanderbilt. Estás comprando mi empresa por la mitad de su valor.

—Estoy comprando tus deudas —corrigió Stefan, sin mirar el rostro de Lee—. Firmas ahora o mañana tus acreedores se encargan de ti. Al menos conmigo te queda un margen para salir caminando.

—Esto es…

—Negocios.

Lee firmó con manos temblorosas. Stefan tomó los documentos, los revisó con rapidez profesional y salió sin despedirse.

En el pasillo, su asistente lo esperaba con una tablet.

—Señor, acaba de llegar la noticia. Eduardo Sterling falleció esta mañana.

Stefan se detuvo.

Eduardo Sterling. El viejo que siempre lo había tratado con un afecto incómodo, como si Stefan debiera algo que nunca le explicaron del todo.

—¿Funeral?

—Pasado mañana. Su abuelo ya confirmó asistencia.

Stefan asintió y siguió caminando, pero el ritmo de sus pasos ya no era el mismo.


La tierra cayó sobre la caoba pulida con un golpe sordo. Luciana Sterling había sostenido el funeral entera: espalda recta, barbilla alta, las manos quietas sobre el abrigo negro. Pero ese sonido le robó el aire y las piernas le fallaron.

Un brazo firme la rodeó antes de que cayera. Ethan Cole, su novio desde hacía dos años, estudiante de Derecho.

—Te tengo —susurró, pegado a su oído.

Luciana se aferró a él con una urgencia infantil. Alrededor, el duelo era un escenario: cámaras camufladas, apellidos, abogados, paraguas que no tapaban lluvia sino miradas. Identificó un lente largo escondido, una mujer demasiado impecable para estar destrozada y dos hombres que no miraban la tumba, sino a ella.

—Cabeza abajo —murmuró Ethan, apenas moviendo los labios—. No respondas. Caminamos por la izquierda. Yo te cubro.

Se colocó medio paso delante, cortándole ángulos a las cámaras con su propio cuerpo. Luego volvió hacia ella como si el mundo pudiera bajar el volumen. Le sostuvo la nuca con ternura y le secó una lágrima con el pulgar antes de que llegara a la comisura de los labios.

Luciana tragó aire. La punzada en el pecho —extraña, aguda— la obligó a apretar los dientes. Se aferró a las últimas palabras de su abuelo: Nunca dejes que te obliguen a ser alguien que no eres. Se lo había prometido.

Al otro lado de la tumba, Stefan Vanderbilt la observaba.

No era compasión. Era atención. Precisa. Como si registrara piezas en un tablero: la posición de Ethan, las manos levantadas con teléfonos, las cámaras que ya estaban trabajando aunque aún hubiera tierra fresca.

No hoy, se ordenó. No aquí.

Cuando sus miradas se cruzaron, Luciana sintió la presión en la piel, como si alguien hubiera abierto una puerta a un cuarto helado. Stefan apretó la mandíbula y apartó la vista con brusquedad, como si su presencia le arruinara un cálculo.

Los invitados comenzaron a dispersarse hacia las limusinas negras bajo el cielo gris de fines de septiembre.

—Deberíamos irnos —dijo Ethan—. Te llevo a casa.

Una mano enguantada se posó en el brazo de Luciana. Richard Vanderbilt, imponente incluso a sus sesenta y ocho años, la miraba con una gravedad que le tensó el estómago.

—Luciana, mi querida niña. Sé que este es un día terrible, pero hay asuntos de tu abuelo que debemos discutir. Promesas que le hice.

—¿Qué asuntos? —Ethan se enderezó. Su voz sonó medida, precisa, como si ya estuviera en un tribunal—. Luciana acaba de enterrar a su abuelo.

—Ojalá pudiera esperar, joven Cole, pero le di mi palabra a Eduardo, y un hombre de honor no rompe sus promesas.

El corazón de Luciana golpeó contra las costillas.

—¿Qué promesa?

—Esta noche lo sabrás. En mi casa, siete en punto. La familia estará reunida.

—Iré contigo —insistió Ethan, dando un paso hacia ella.

Richard no elevó la voz. No lo necesitaba.

—Me temo que esto es un asunto familiar. Cuestiones legales. Solo familia directa.

Luciana apretó la mano de Ethan, buscando apoyo. Él sostuvo su mirada un segundo —dolor, rabia— y aflojó apenas el agarre, como si entendiera que pelear allí sería darle un titular al mundo.

—Está bien —dijo Luciana, con la garganta cerrada—. Iré sola.

Richard asintió con aprobación y caminó hacia su limusina. Stefan esperaba junto al auto. Antes de subir miró hacia atrás. Sus ojos encontraron los de Luciana un instante, y ese instante tuvo peso: no promesa, no ternura. Algo más áspero. Como si la señalara sin tocarla.


Esa tarde Luciana intentó contactar a Ethan tres veces antes de subir al Bentley. Las llamadas se fueron al buzón. Los mensajes quedaron en visto… y luego ni eso. Su teléfono murió en el tercer intento, justo cuando la pantalla se apagó y la dejó con su reflejo.

La mansión Vanderbilt se alzaba como una fortaleza de piedra. Catherine la recibió en la entrada con un abrazo tenso.

—La familia está reunida. Richard quiere hablar contigo.

El gran salón estaba lleno: tíos, primos, abogados con maletines de cuero, personal de alto rango. La chimenea encendida olía a leña cara. Y cerca del fuego, Sofía Martínez, que había crecido en esa casa, sostenía una bandeja con una quietud demasiado estudiada.

Todos se volvieron a verla.

Richard estaba frente a la chimenea. Stefan se recargaba contra la repisa de mármol con una copa de whisky, como si estuviera en una fiesta que no le interesaba. Cuando sus ojos se encontraron, no hubo cordialidad. Hubo un destello de rechazo, rápido, animal.

—Luciana, siéntate —ordenó Richard.

Ella caminó hasta el sofá con las piernas tensas, como si cada paso se diera sobre vidrio.

—Eduardo y yo fuimos hermanos en todo excepto en sangre —dijo Richard—. Cuando supo que su salud estaba fallando, me hizo prometerle que cuidaría de ti, que no te dejaría sola. Me pidió que el imperio Sterling estuviera protegido.

Luciana sintió que se quedaba sin espacio dentro del pecho. Había pensado en mudarse con Ethan después de su graduación. Había pensado en elegir.

—Por lo tanto —continuó Richard, sin pausas—, para cumplir mi promesa y asegurar el futuro de dos imperios, anuncio el compromiso formal entre mi nieto, Stefan Vanderbilt, y Luciana Sterling. La ceremonia de compromiso será en dos semanas. El matrimonio en seis meses.

El salón no respiró. Por un segundo, ni siquiera el fuego sonó.

Luciana no encontró palabras. Solo una sensación: un cierre invisible en torno a su vida.

—¡No! —El rugido de Stefan hizo vibrar los cristales.

Se apartó de la repisa con violencia y el whisky se derramó sobre la alfombra persa.

—¡Esto es una farsa! ¡No voy a ser parte de tu maldito mercado de valores!

—Stefan, cálmate —ordenó Richard, con una calma que sonaba a amenaza.

—¡No me voy a calmar! —Se giró hacia Luciana como si ella hubiera escrito la sentencia—. ¿Cuánto le suplicaste a tu abuelo para que me amarrara a ti? ¿Qué precio le pusiste a mi vida, Luciana?

—Yo… no sabía nada…

—Claro que sí —escupió él, acercándose con pasos furiosos.

Se plantó frente a ella y bajó la voz, pero el veneno se sintió igual.

—¿Tan desesperada estás que usaste un funeral para atraparme?

Luciana se quedó helada. Lo miró sin poder entender cómo alguien podía estar tan equivocado y aun así herir con tanta precisión.

—No sabía nada de esto. Tienes que creerme.

Stefan soltó una risa sin humor.

—Esto no es un “sí”. Es una transacción. Y yo no firmo transacciones con mi vida.

—Qué conveniente —murmuró una tía lo suficientemente alto para ser oída.

Luciana sintió las miradas como dedos. Alguien levantó un teléfono con la pantalla hacia abajo, discreto, pero no lo suficiente. La humillación no necesitaba titulares; ya estaba pasando dentro de esas paredes.

Un estruendo de cristal cortó el aire. Todos se giraron. Sofía había dejado caer la bandeja. Los vasos rodaron por la alfombra. Sus ojos estaban fijos en Stefan, pálidos, temblorosos. Parecía pánico… y sin embargo, algo en su quietud era demasiado exacto.

—Yo… lo siento, señor —susurró mientras se agachaba.

Stefan la miró. En esa mirada había una urgencia que no pertenecía a Luciana.

Richard dio un paso al frente.

—¡Stefan! Suficiente.

Su voz se volvió más baja.

—Sales de esta casa sin nada: sin tu fideicomiso, sin tu posición, sin tu apellido. Te conviertes en nadie.

El silencio cayó pesado. Stefan apretó la mandíbula. Miró a su abuelo, luego —una fracción de segundo— a Sofía en el suelo.

—Está bien —dijo al fin—. Acepto.

Richard sonrió, satisfecho.

Stefan se acercó a Luciana con pasos lentos, casi ceremoniales. Ella quiso retroceder, pero el respaldo del sofá la detuvo. Él apoyó las manos a cada lado de su cabeza, encerrándola sin tocarla del todo. Estaba tan cerca que Luciana sintió su respiración, controlada, como si incluso el aire fuera disciplina.

Bajó la voz hasta convertirla en un susurro.

—Prepárate, Sterling. No voy a dejarte ganar esto… ni un solo día.

Se apartó con una sonrisa que no era felicidad ni crueldad: era una promesa de desgaste.

Mientras el salón recuperaba el murmullo y las felicitaciones empezaban a caer como confeti sucio, Luciana permaneció inmóvil.

Acababa de perder el derecho a decidir. El hombre que ahora era su prometido la odiaba.

Y, aun así, bajo la vergüenza y el frío, algo le encendió el pecho. No era miedo.

Era rabia.


Luciana llegó a su mansión, pero no durmió. Pasó la noche mirando el techo, repasando cada palabra como si pudiera encontrar un hueco por donde salir.

A las seis de la mañana su teléfono explotó: cincuenta notificaciones, llamadas de Chloe y Lilly, mensajes de la universidad.

¡FUSIÓN DE TITANES! LA HEREDERA STERLING ATRAPA AL SOLTERO MÁS CODICIADO.

La foto la mostraba pálida, con rastros de lágrimas. El ángulo la volvía otra persona: calculadora, fría.

El artículo era peor. “Fuentes cercanas revelan que Luciana Sterling habría usado la muerte de su abuelo para forzar la fusión…”

I*******m y TikTok repetían la misma narrativa. Los comentarios eran una carnicería: “Interesada”, “Manipuladora”, “Pobre Stefan”.

El teléfono vibró. Ethan.

El corazón le dio un vuelco.

—¿Ethan?

—¿Estás a salvo? Dime dónde estás. Necesito verte. Ahora. Te espero en la Biblioteca de Columbia.

Colgó antes de que ella pudiera hablar. Su tono no era suave. Era tenso, controlado; el de alguien que intenta mantenerse entero a la fuerza.

Luciana se quedó mirando la pantalla, el pulso martilleando en las sienes. Afuera, el sol empezaba a romper sobre Manhattan. Stefan Vanderbilt creía que podía destruirla para salvar su orgullo.

Creía que iba a quebrarla.

No entendía que ella había aprendido a resistir sin permiso.

El teléfono vibró otra vez, pero no era Ethan.

NOTIFICACIÓN DEL BUFETE STERLING & ASOCIADOS

Lectura del testamento de Eduardo Sterling — Mañana, 09:00 AM.

Asistencia obligatoria de la familia.

Beneficiaria citada: Luciana Sterling.

Luciana tragó saliva.

No era solo un escándalo.

Era una guerra con fecha y hora.

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Juan Estrada
de verdad de verdad he tratado me gustan tus novelas pero de verdad no puedo con tanto drama tanto capítulo de relleno de verdad no puedo
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Carolina Cid
Por favor dime qué Luciana se queda con Ethan ...
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Francisca Araya
Amo esta novela, porfa no dejes de actualizarla.
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