Luciana se dejó caer en el asiento del copiloto del Jeep y cerró la puerta de un golpe, como si así pudiera sellar la mansión Vanderbilt afuera. El olor a cuero viejo y al perfume de Ethan le llenó los sentidos, un bálsamo contra el aire viciado que aún sentía pegado a la piel.
Ethan no arrancó de inmediato. La miró con una intensidad que la quemaba; las manos, firmes en el volante.
—¿Estás bien? —preguntó, con la voz ronca.
Luciana tragó saliva. Por dentro seguía oyendo el silencio del despacho