El Mercedes negro de Luciana se detuvo frente a las imponentes puertas de hierro de la mansión Vanderbilt exactamente a las nueve en punto. Jerome le abrió la puerta con una reverencia profesional, y ella salió al aire fresco de la mañana. No temblaba. No dudaba. Proyectaba una confianza gélida, envuelta en su traje sastre negro.
Jackson,, abrió la puerta principal antes de que ella pudiera siquiera tocar el timbre..
—Buenos días, señorita Sterling —dijo con cortesía—. El señor Richard la espe