Luciana despertó lentamente, desorientada por una luz que ya no era de mañana, sino de tarde. Había dormido horas. El brazo de Ethan seguía rodeándole la cintura, pesado y tibio, y por un instante se permitió no abrir los ojos del todo, quedarse en esa tregua mínima donde el mundo todavía no exigía nada.
No duró.
El teléfono vibró sobre la mesa de noche y el hechizo se quebró.
Lo tomó con cuidado para no despertarlo y la pantalla se encendió como una alarma.
Tres cosas importaban. Solo tres.
Tío