Luciana despertó lentamente, desorientada. La luz filtrada por las cortinas ya no era la pálida claridad de la mañana, sino el dorado denso de la tarde. Había dormido horas. El brazo de Ethan rodeaba su cintura, pesado y protector, y su respiración regular contra su nuca le indicaba que él aún descansaba.
Por un momento, se permitió cerrar los ojos de nuevo. El agotamiento acumulado durante semanas finalmente se había aliviado. Sabía que era solo una tregua. Las decisiones difíciles esperaban al