Mundo ficciónIniciar sesiónHace tres años, Paz tomó una decisión que cambiaría su vida para siempre: obligó a su hermana Deborah a rechazar a Terry Eastwood, el hombre que quería, y ella misma se convirtió en su esposa. Ahora, como la mujer del líder del poderoso grupo Costa Azul, Paz vive atrapada en un matrimonio marcado por el desprecio y el odio de su esposo, quien nunca la ha perdonado por sus acciones. La situación se vuelve insostenible cuando Deborah, movida por el rencor, lanza una acusación devastadora, asegurando que Paz intentó matarla. Enfrentada a la ira implacable de Terry, Paz decide que ya ha soportado suficiente y pide el divorcio. Pero él no está dispuesto a liberarla, y en un acto de desesperación, Paz desaparece sin dejar rastro, dejando a Terry consumido por la rabia y la frustración. Cinco años después, el destino los reúne nuevamente. Ahora madre de gemelos, Paz deberá enfrentarse no solo al odio de un hombre peligroso y vengativo, sino también a los oscuros secretos que aún los atan, mientras lucha por proteger todo lo que ama de las sombras de su pasado.
Leer másLos días avanzaron con una rapidez abrumadora, y al fin había llegado el gran día.Gabriel, de pie frente al espejo, acomodó su moño con manos firmes, pero con el corazón latiendo desbocado.Su madre, Paz, se acercó con una sonrisa llena de amor y orgullo. Con ternura, ajustó el botonier en su solapa, asegurándose de que todo estuviera perfecto.—Quiero que sepas que estoy orgullosa de ti —susurró, con los ojos brillantes de emoción—. Reconquistaste el amor de la mujer que te ama, y lo más importante, la has hecho feliz. Vivian te ama con todo su ser.Gabriel sonrió, sintiendo un calor inmenso en el pecho.—Gracias, mamá. Todo lo que soy se lo debo a ti y a papá. Ustedes me enseñaron que, en la vida, nada es más valioso que el amor.Paz lo abrazó con fuerza, sintiendo que su hijo estaba cumpliendo el destino que siempre había soñado para él.Mientras tanto, en otra habitación, Vivian se contemplaba en el espejo con asombro. El vestido caía sobre su silueta como si hubiese sido tejido c
El sol dorado se reflejaba sobre el océano mientras las olas murmuraban dulcemente en la orilla.La brisa cálida acariciaba los rostros de los presentes, trayendo consigo un aire de serenidad y emoción.La familia estaba reunida en la casa de Arly y Ryan, un paraíso junto al mar, para celebrar el bautizo de los gemelos de Mia y Eugenio.La ceremonia era íntima, solo la familia y el sacerdote que oficiaría la bendición.Mia sostenía con ternura a Ángel en sus brazos, mientras Eugenio tenía a Jesús. Los bebés, vestidos de blanco, parecían ángeles caídos del cielo, con sus manitas inquietas y sus ojitos curiosos.A su alrededor, el amor se manifestaba en cada mirada.Mila y Aldo sostenían a su pequeño Terrius con orgullo; Vivian cargaba a la pequeña Ely, con una sonrisa que reflejaba todo su amor maternal, y Arly acunaba a su hija Aimé, cuyo rostro reflejaba la pureza de la infancia.El sacerdote comenzó la ceremonia con palabras solemnes, evocando la importancia del amor, la protección y
Mía entró en la habitación con el corazón latiendo con fuerza. Su respiración era entrecortada, y sus manos temblaban cuando cruzó el umbral. No sabía qué encontraría al otro lado de la puerta, el miedo aún anidaba en su pecho.Pero entonces lo vio.Su hijo descansaba en la cuna, respirando con suavidad, su pequeño pecho subiendo y bajando con tranquilidad. Su piel, antes marcada por el sufrimiento, volvía a estar lozana y suave. Las ampollas que la habían atormentado se habían desvanecido, dejando solo leves cicatrices como testigos de la pesadilla vivida. Sus diminutas manos se movían con calma, su cuerpecito irradiaba paz.Mía se llevó una mano a la boca, conteniendo un sollozo que se abrió paso desde lo más profundo de su alma. Se acercó con pasos temblorosos, y cuando finalmente pudo tocar a su bebé, el llanto la desbordó.—Ay, mi amor… —susurró, acariciando su mejilla con una ternura infinita—. Al fin estás bien… gracias a Dios, estás bien.Las lágrimas rodaron por su rostro, cay
En el aeropuerto.María y su hija Leslie estaban en la sala de espera, observando el anuncio del vuelo.El aire estaba pesado, como si el destino las estuviera acechando, y María no podía dejar de mirar el reloj. Cada segundo que pasaba la llenaba de nerviosismo.No sabía por qué, pero algo en su interior le decía que algo no estaba bien.Una sensación desagradable la envolvía, un presagio de que todo lo que había planeado podría desmoronarse en un instante.De repente, un ruido en la puerta llamó su atención. Volvió la vista y vio a varios hombres vestidos con trajes oscuros, acercándose con determinación.La mirada de María se fijó en ellos con una mezcla de confusión y miedo.—Buenos días, señora María Obregón. —La voz grave de uno de los hombres cortó el aire, y al instante, María palideció. Su cuerpo se tensó, como si el suelo se abriera bajo sus pies.—¿Qué quieren? —Logró articular, pero su voz temblaba. El miedo se apoderaba de ella, y en su interior sentía que algo grave estab
Último capítulo