El Cerco se Cierra

El aire del vestíbulo de la torre Vanderbilt se espesó cuando Stefan cruzó las puertas giratorias. Los empleados no necesitaban verle el rostro para apartarse—su furia emanaba como ondas de calor sobre asfalto en agosto. Una recepcionista dejó caer su café. Nadie se agachó a recogerlo.

El ascensor privado lo tragó en silencio. Cincuenta pisos de soledad vertical. En las puertas de acero pulido, su reflejo le devolvió la imagen de un extraño: traje Brioni arrugado, corbata Hermès torcida, ojos inyectados en sangre rodeados de ojeras tan profundas que parecían moretones.

Toda la noche dando vueltas. Las mismas palabras en loop:

“No perderé ni un día contigo.”

Luego, el portazo del auto: final. Definitivo. Como si él fuera aire.

Las puertas se abrieron a su reino: esquina noreste, Manhattan extendiéndose como imperio conquistado, escritorio de nogal italiano. Su mundo. Su poder.

No sintió nada.

Sintió el impulso de llamar a su abuelo. De decir no puedo.

No lo hizo.

Ese segundo de vacilación lo enfureció más que el rechazo de Luciana.

Stefan arrancó la corbata y la arrojó contra el sofá de cuero. Macallan de treinta años: directo de la botella, sin ceremonia.

Once de la mañana. Le importó una m****a.

El whisky quemó—garganta, pecho, estómago—pero no alcanzó a tocar la humillación clavada como esquirla de vidrio entre las costillas y el orgullo.

¿Quién demonios se creía Luciana Sterling?

En su mundo, el rechazo no existía. Todo tenía precio.

Hasta que Luciana Sterling no lo tuvo.

Buscó la culpa y no la encontró donde se suponía que vivía. Solo había rabia… y algo peor: la humillación de haber querido oírla decir “sí” aunque fuera mentira.

Ciento diecisiete días. Casi cuatro meses para convencer a una mujer que lo odiaba de que lo amara lo suficiente como para casarse con él. Para salvar su herencia. Proteger a su familia de los Blackwell.

“Hago esto porque no tengo opción”, le había dicho a Luciana. Verdad a medias: la peor clase de mentira.

La verdad completa era más fea—la humillación de su rechazo le ardía más que cualquier amenaza de Richard. Más que perder mil millones.

Porque Stefan Vanderbilt no perdía. Nunca.

Presionó el intercomunicador como si quisiera romperlo.

—Elizabeth. Marcus Fox. Mi oficina: cinco minutos.

—Señor, tiene reunión con los ejecutivos de Chen Industries—

—Cancélala. Cancela todo el día.

Silencio del otro lado. Luego:

—Entendido, señor. Una cosa más... ¿debo seguir bloqueando las llamadas de la casa de campo?

Stefan se quedó inmóvil.

Sofía.

Tres días sin hablar con ella. Setenta y dos horas de silencio que pesaban más que todos sus acuerdos corporativos juntos.

—No. Pásamelas si llama—su voz sonó más suave, casi humana—. Pero no interrumpas a menos que sea urgente.

Marcus Fox llegó exactamente cinco minutos después. Ex-CIA, cincuenta años de secretos enterrados en líneas de expresión que no revelaban nada. Cicatriz sobre la ceja izquierda. Traje negro sin corbata. Ojos grises que habían visto demasiado para sorprenderse.

El tipo de hombre que hacía desaparecer problemas sin dejar cenizas.

—Siéntate—Stefan deslizó una carpeta sobre el escritorio—. Necesito que manejes algo: discretamente.

Marcus abrió la carpeta, escaneó el contenido con eficiencia militar.

—Ethan Cole. Estudiante de derecho en Columbia. Novio de Luciana Sterling.

—Ex novio—Stefan saboreó la palabra como veneno dulce—. Técnicamente. Aunque ella todavía lo defiende.

—¿Qué necesita?

—Todo. Historial académico completo desde preparatoria. Expediente financiero: cada préstamo, cada cuenta, cada transacción. Familia, amigos, relaciones pasadas. Cualquier cosa que pueda ser útil.

Marcus tomaba notas en una tablet.

—¿Plazo?

—Cuarenta y ocho horas para un informe preliminar. Completo en una semana.

—Factible—Marcus cerró la carpeta—. ¿Algo más?

Stefan se reclinó, estudiándolo. Eligiendo palabras con precisión de cirujano.

—Vigilancia discreta: dónde va, con quién habla, qué hace. Pero Marcus... nada que pueda rastrearse hasta nosotros. ¿Cristalino?

—Cristalino, señor.

Marcus ya estaba de pie cuando Stefan añadió:

—Una cosa más. Contacta a James Park: dile que profundice en algo de sus días de preparatoria en Ohio. Un incidente borrado de registros oficiales.

Marcus alzó apenas una ceja.

—Todos tienen secretos.

—Exactamente.

Cuando la puerta se cerró, Stefan se quedó mirándola. Algo oscuro y frío se retorció en su estómago. ¿Culpa? Imposible. La culpa era para gente débil.

Marcó a Elizabeth.

—Dos cosas. Primera: activa nuestros contactos en Financial Weekly. El informe sobre el “agujero financiero” de Sterling Maritime—ya sabes cuál.

—Señor, ese informe es especulativo. Las cifras no están confirmadas y—

—No pedí tu opinión, Elizabeth. Publícalo hoy.

—Pero—

—¿Hay algún problema?

El silencio le dio la respuesta que necesitaba.

—Segunda cosa: donación anónima a Columbia, cincuenta mil al fondo de integridad académica. Y cuando lo hagas, sugiere discretamente que deberían actuar con firmeza ante cualquier caso de fraude: especialmente en derecho.

—¿Fraude académico? ¿Hay alguna investigación específica que—

—Todavía no. Pero la habrá. Planta la semilla. No era Ethan lo que quería destruir. Era la forma en que Luciana lo miraba a él.

Colgó y se quedó mirando Manhattan. Desde aquí arriba, la gente parecía hormigas: insignificantes, controlables.

No solo quería acorralar a Luciana—quería que cada salida se convirtiera en cuchilla.

Entonces vendría a él. Porque no tendría otra opción.

Tres horas después, su teléfono vibró. Marcus.

—¿Tienes algo?

—Sí. Ohio. Ethan Cole, diecisiete años: pelea en fiesta de preparatoria. El otro chico, Derek Hartman, terminó con conmoción cerebral y fractura de mandíbula. Tres días hospitalizado.

Stefan apoyó la copa. El cristal golpeó demasiado fuerte.

Defender a una chica. Eso… era lo que él debería haber sido capaz de hacer sin calcularlo.

—¿Cargos criminales?

—Los padres de Cole pagaron veinticinco mil para sellar el caso: sin cargos, registros borrados. Pero conseguí las declaraciones originales.

—¿Y?

—Cole lo golpeó repetidamente después de que cayera. Varios puñetazos con Hartman inconsciente. Los testigos usan palabras como “salvaje”, “descontrolado”, “aterrador”.

—Perfecto. Envíame todo.

—Hay más. El contexto—Marcus hizo una pausa—. Hartman había intentado forzar a una chica en una habitación. Amiga de Cole. Él la defendió: técnicamente legítima defensa, aunque excesiva.

Stefan sintió un retorcimiento seco, desagradable, no en el estómago: más abajo. Como si algo se negara a bajar con el whisky.

El contexto importaba. Hacía que Cole pareciera caballero en lugar de monstruo.

Y Stefan… necesitaba un monstruo.

—Dame solo los hechos violentos: los puñetazos después de la caída, las palabras “salvaje” y “descontrolado”, la hospitalización, el pago para sellar registros.

—¿Y el contexto del abuso?

—Déjalo fuera del informe preliminar… y no me lo repitas.

Marcus guardó silencio. Cuando habló, su voz sonó seca, profesional.

—¿Quiere información… o quiere munición?

Stefan no parpadeó.

—Lo que encuentre. Yo decidiré qué se dispara.

—Entendido.

Stefan colgó. Miró su reflejo en la ventana del restaurante. Por un segundo—brevísimo—no reconoció al hombre que le devolvió la mirada.

Le duró menos que un latido. Pero le bastó para saber que algo se estaba rompiendo.

Al día siguiente, Financial Weekly publicó:

“STERLING MARITIME EN CRISIS: FUENTES INTERNAS REPORTAN AGUJERO FINANCIERO DE $200 MILLONES”

Fuentes anónimas. Contratos perdidos. Clientes insatisfechos. Mala gestión post-Eduardo Sterling.

Nada completamente falso. Nada completamente verdad.

El tipo de artículo que ponía nerviosos a inversionistas—que hacía que bancos llamaran exigiendo explicaciones.

Stefan lo leyó durante el desayuno, saboreando cada palabra como el café que tomaba.

Su teléfono sonó. Richard.

—Vi Financial Weekly. ¿Tuviste algo que ver?

—Quizás.

—Stefan, necesitamos hablar sobre los términos.

—Ya hablamos: ciento veinte días, Luciana acepta, recupero mi herencia.

—Te dije que Luciana tenía que decirme que quiere casarse contigo. No que acepta por obligación—que genuinamente lo desea.

—Es lo mismo—pero la voz de Stefan sonó menos segura.

—No lo es. Y lo sabes—Richard suspiró—. ¿Qué estás haciendo, nieto?

—Lo que me pediste: convencerla.

—No. Estás destruyéndola. Eduardo era como mi hermano—le prometí que cuidaría a Luciana, que protegería su luz. Puedo cerrar los ojos ante ciertas tácticas, pero al final, ella tiene que elegirte libremente.

—¿Y si no puedo?

—Entonces fracasaste—la voz de Richard sonó final—. Y no voy a destruir la empresa de Eduardo para forzarla. Hay límites, Stefan: incluso para nosotros.

—Pero los Blackwell—

—Lo sé. Es verdad. Pero Eduardo me hizo prometer que no dejaría que se apagara su luz—pausa—. Tienes que hacer que te elija porque ve en ti algo que vale la pena amar.

Colgó.

Stefan se quedó solo. El expediente de Ethan. Los artículos. Los planes para Columbia.

De repente, nada parecía suficiente.

Su abuelo pedía lo imposible—que Luciana lo eligiera. Que lo amara.

Él: el hombre que la había humillado públicamente, destruido su reputación, cancelado la beca del hombre que amaba.

Se sirvió otro whisky. Manhattan se extendía bajo la ventana, indiferente.

Su teléfono vibró. Marcus.

“Sterling visitó a Cole anoche. Biblioteca de Columbia. Dos horas. Intentó tomar su mano—él dudó pero después la sostuvo. Al final se abrazaron. Fotos adjuntas.”

Stefan abrió las imágenes.

Luciana sonriendo. Realmente sonriendo—no la sonrisa falsa de eventos corporativos. Esta era genuina. Sus dedos entrelazados con los de Ethan. El abrazo final: ella apoyada contra su pecho.

Como si Stefan no existiera.

Stefan no recordaba la última vez que alguien sonrió así por él.

Marcó a Marcus.

—Activa la siguiente fase. Presión en Columbia: quiero el nombre de Ethan Cole en reuniones del comité de integridad. Que empiecen a hacer preguntas sobre su pasado.

—¿Revelamos Ohio?

Stefan miró las fotos otra vez. Luciana sonriendo.

—No todavía. Primero que se ponga nervioso—que sienta las paredes cerrándose—su voz sonó hueca incluso para él—. Luego revelamos todo.

Colgó.

Se dejó caer en su silla, las fotos todavía brillando en la pantalla.

Ciento dieciséis días.

Para hacer que Luciana ame al hombre que está destruyendo metódicamente su vida.

Stefan cerró los ojos. Por primera vez desde que empezó todo esto, se permitió una pregunta que había estado evitando:

¿Y si ella tiene razón en odiarme?

La apartó de inmediato. Las dudas eran para perdedores.

Y él nunca perdía.

Nunca.

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