Dentro del estudio, el aire se sentía viciado, pesado, como si todo el oxígeno hubiera salido por la puerta junto con Luciana. Stefan permanecía inmóvil, con la mirada clavada en la puerta.
Se había ido. Realmente se había ido.
Y no se había llevado solo la carpeta con las pruebas de su vileza; se había llevado su futuro.
Stefan esperó sentir alivio. Esperó sentir la rabia familiar de perder un negocio o la frustración fría de un cálculo fallido. Pero lo que sintió fue un crujido en el pecho.