Mundo ficciónIniciar sesión❛❛El dolor emocional de ser separado, forzosamente, de alguien a quién amamos❜❜ Alcanzar el éxito le costó más de lo que jamás imaginó. Era su sueño, su propósito, y no pensaba renunciar a él... ni tampoco al amor que, en ese entonces, creía eterno. Pero justo cuando su carrera brillaba con más fuerza, su pareja decidió marcharse. Sin explicaciones claras -o quizás con verdades que ella aún no quería enfrentar-, empacó sus cosas y desapareció, dejando tras de sí un abismo de dolor que ella nunca pensó conocer. Muchos creyeron que ese golpe la quebraría, que su talento se apagaría. Se equivocaron. Transformó su pena en arte. Cada lágrima se convirtió en verso, cada ausencia en melodía. Sus baladas, impregnadas de nostalgia, amor perdido y duelo, la coronaron como la Reina de la Melancolía. Y aunque el vacío persiste, su música lo llena de sentido. O eso es lo que pensaba. Por que después de conocer a Dylan Scott, el rebelde y espontáneo vocalista de Ghost5, su vida tomará otro sentido..
Leer másLa casa de Julián olía igual que siempre. A madera vieja, a café recién hecho, a ese perfume suave que su mamá usaba desde antes de que Dylan tuviera memoria. Las cortinas eran nuevas, pero el reloj seguía colgado en la misma pared, marcando una hora que nunca era exacta. En la cocina, los chicos hablaban en voz baja, como si el volumen pudiera alterar algo que no se veía.Dylan había llegado esa mañana, después de pasar por la casa de sus padres. Su mamá le había preparado pan dulce, aunque era agosto, y su papá le había preguntado si “seguía con eso de la música”. Nada había cambiado. Todo estaba intacto. Incluso el silencio incómodo después de cada abrazo.Ahora estaba en el sillón del living de los Vargas, con Kai a su izquierda, Leo tirado en el suelo con una almohada que parecía haber robado de la habitación de invitados, y Noah en la esquina, escribiendo algo en su libreta como si estuviera resolviendo un misterio que nadie le había pedido.La mamá de Julián les había servido
El camerino era una mezcla de aromas: maquillaje, tela vieja, café tibio y un incienso que alguien había encendido sin preguntar. En una esquina, una planta artificial que nadie regaba seguía fingiendo vida. En otra, un perchero con chaquetas que Nina no pensaba usar. La luz del espejo era cálida, pero no suficiente para esconder el cansancio que se le dibujaba en los ojos.Tercer día de gira. Tercer escenario distinto. Tercera noche sin respuesta.Nina estaba sentada frente al espejo, con el delineador en una mano y el celular en la otra. No lo miraba todo el tiempo. Solo de vez en cuando. Como quien revisa si el mundo sigue girando.Nada nuevo.Los últimos mensajes de Dylan seguían ahí, como postales de un viaje que ya no continuaba:"Kai se quedó dormido en la sala de ensayo con los auriculares puestos. Juraba que estaba componiendo en sueños." "Leo intentó convencer al recepcionista del hotel de que era un chef argentino. No preguntes." "Noah dice que el teclado tiene sentimie
El segundo día de gira había comenzado con lluvia. No una tormenta, sino esa llovizna persistente que empapa sin hacer ruido. El equipo técnico corría de un lado a otro, cubriendo cables, ajustando luces, asegurando que el sonido no se ahogara. Nina observaba desde el borde del escenario, con una taza de café en las manos y el abrigo mal cerrado.La noche anterior había sido intensa. El primer concierto, los gritos, las luces, los aplausos. Todo funcionó. Todo brilló. Pero ella no se sintió del todo presente. Cantó bien. Se movió bien. Sonrió en los momentos justos. Pero había algo que no terminaba de encajar.Hoy era distinto. Por primera vez en semanas, había logrado despegar parte de su mente de la última conversación con Alex. No completamente. Pero lo suficiente como para respirar sin que se le cerrara el pecho.Había estado escribiendo. No con furia. No con tristeza. Con calma. La letra de la canción que había prometido a Dylan empezaba a tomar forma. Frases sueltas, imágenes qu
El primer ensayo con todos juntos no fue perfecto. Fue mágico.La casa de Dylan tenía un garaje que apenas servía para guardar instrumentos prestados, cables enredados y una alfombra que olía a humedad. Pero ahí, entre paredes descascaradas y posters mal pegados, nació algo que no se podía explicar.Julián estaba sentado en el rincón, con la hoja de la canción entre las manos. No hablaba mucho. Solo observaba.Kai llegó primero. Con su batería desmontada en una mochila gigante y una expresión que decía “no esperen que sonría”. Se sentó, ajustó los platillos, y empezó a marcar un ritmo suave, como si estuviera probando el terreno.Leo entró después, con el bajo colgado al hombro y una bolsa de papas fritas en la mano. —¿Esto es un ensayo o una pijamada? —bromeó, mientras se acomodaba en una silla rota.Dylan se rió. Julián no.Noah llegó último. Con un teclado viejo, una libreta llena de frases sueltas, y una mirada que parecía estar en otro planeta. —¿Tienes algo para tocar? —pregu
Fue en tercero cuando todo empezó a cambiar.Ya no era solo tocar por tocar. Ya no bastaba con improvisar en el parque con la guitarra medio desafinada y las letras escritas en servilletas. Había algo que se estaba gestando, como una semilla que empujaba desde adentro.—¿Y si lo hacemos en serio? —preguntó Julián una tarde, mientras Dylan afinaba su guitarra con la lengua afuera, concentrado como si estuviera desactivando una bomba.—¿Hacer qué?—Una banda. De verdad. Con nombre, canciones, presentaciones. Todo.Dylan lo miró. No con sorpresa, sino con esa mezcla de miedo y emoción que aparece cuando alguien dice en voz alta lo que tú venías pensando en silencio.—¿Y si no sale?—¿Y si sí?Ahí empezó todo.Los ensayos se volvieron rituales. Las tardes se llenaron de acordes, discusiones sobre letras, grabaciones caseras con micrófonos prestados. Julián traía ideas raras, profundas, que a veces Dylan no entendía del todo, pero que lo hacían pensar. Dylan traía energía, espontaneidad, e
No era una caja elegante. Era de cartón, reforzada con cinta, decorada con dibujos mal hechos y frases que solo ellos entendían: “Protocolo de emergencia emocional”, “Reglas para no volverse adultos aburridos”, “Cosas que no se pueden decir en voz alta”.La enterraron debajo del árbol grande del parque, ese que tenía raíces como brazos y que, según Dylan, “guardaba secretos sin chismearlos”.Dentro de la caja había cosas que no parecían importantes: una piedra que Julián decía que le daba suerte, una carta que Dylan escribió y nunca se atrevió a entregar, una lista de personas que les caían mal (con dibujos exagerados), y un papel que decía: “Si alguna vez uno de los dos se pierde, el otro lo tiene que encontrar. Sin importar cuánto tarde.”No era un juego. Era un pacto.Ese día, después de cubrir la caja con tierra, se sentaron sobre ella como si fuera un altar. —¿Crees que alguien la va a encontrar algún día? —preguntó Julián. —No. Y si lo hacen, van a pensar que éramos raros. —L
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