Nina se quedó quieta, con el micrófono aún en la mano. La mirada de Dylan era firme, pero no desafiante. No la estaba empujando. La estaba invitando. Y lo peor —o lo mejor— es que tenía razón. Se la había aprendido. La había escuchado más veces de las que quería admitir. En el café. En casa. En el auto. No porque quisiera cantarla, sino porque algo en esa canción la había tocado, aunque no lo dijera y mucho más después de lo que había pasado con Alex.
—¿Y si me equivoco? —susurró ella, sin move