El segundo día de gira había comenzado con lluvia. No una tormenta, sino esa llovizna persistente que empapa sin hacer ruido. El equipo técnico corría de un lado a otro, cubriendo cables, ajustando luces, asegurando que el sonido no se ahogara. Nina observaba desde el borde del escenario, con una taza de café en las manos y el abrigo mal cerrado.
La noche anterior había sido intensa. El primer concierto, los gritos, las luces, los aplausos. Todo funcionó. Todo brilló. Pero ella no se sintió del