Mundo ficciónIniciar sesión¿Puede un alma en cenizas soportar el fuego de un nuevo deseo? Julián Thurne fue el prodigio de su generación, un autor cuya pluma cautivó al mundo antes de que el peso de la fama y una tragedia sangrienta lo redujeran a cenizas. Ahora, es una sombra: un ermitaño de ojos azules gélidos y mirada atormentada que vive oculto en una cabaña al borde de un acantilado, donde el rugido del mar es el único sonido que tolera. Eleonora Vance no ha llegado hasta él sólo por caridad, pero tampoco puede negar que la oscuridad de Julián la atrae de una forma que no puede explicar. Ambiciosa y audaz, sabe que su prestigio en el mundo editorial pende de un hilo; necesita ese éxito sin precedentes que sólo el genio de Thurne puede darle para consolidar su nombre en la cima. Sin embargo, tras la fachada de la mujer de negocios que busca un manuscrito para salvar su carrera, se esconde una fascinación peligrosa por el hombre roto detrás de la leyenda. Lo que comienza como una guerra de voluntades bajo la luz de atardeceres melancólicos, pronto se transforma en algo mucho más peligroso. Entre manuscritos rotos y silencios cargados de una electricidad insoportable, ambos descubrirán que la inspiración no nace de la paz, sino del roce prohibido de la piel y el conflicto de dos almas que se reconocen en el dolor. ¿Logrará Eleonora traspasar los muros de un hombre que ha hecho del odio su refugio? ¿Qué sucederá cuando el deseo se vuelva incontrolable y el roce de sus cuerpos sea lo único que logre acallar los demonios de Julián? ¿Podrá su pasión sobrevivir cuando Eleonora descubra la oscura verdad detrás de la tragedia de la que él huye?
Leer másEl cristal de las oficinas de Aethelgard Press en Canary Wharf era una membrana de silencio absoluto. Tras el grosor de aquel vidrio reforzado, el caos de Londres —el rugido del tráfico, el clamor de las obras, la vida frenética de millones— se reducía a una coreografía muda de luces y sombras.
Eleanor Vance observaba la ciudad desde el piso cuarenta y dos, la cúspide de su imperio de papel y tinta. Sostenía una copa de cristal tallado con un whisky de malta cuya etiqueta era un nombre que solo se pronunciaba en círculos cerrados. A sus treinta y seis años, Eleanor no era solo la mujer más poderosa del mundo editorial; era la arquitecta de la cultura moderna, la jueza de lo que merecía ser leído y el muro de contención contra una mediocridad que amenazaba con inundarlo todo.
Su reflejo en el ventanal le devolvió una imagen de perfección quirúrgica. El vestido de seda azul añil, cortado con la precisión de un escalpelo, se adhería a su cuerpo resaltando una figura que era, a la vez, seda y acero. El escote profundo desafiaba la gravedad, enmarcando sus senos que subían y bajaban con una respiración que, por primera vez en una década, no seguía el ritmo del metrónomo de su disciplina. La abertura de la falda nacía casi en su cadera, revelando unas piernas largas y firmes, y sus ojos grises —del color del Atlántico antes de una tormenta— permanecían fijos en un punto invisible.
—¿Otra biografía de un político cuya única verdad es su codicia? —susurró, y el vaho de sus palabras empañó el cristal—. ¿Otro manual de autoayuda para almas que ya están muertas?
El prestigio de Aethelgard se mantenía intacto, pero la pasión se había vuelto ceniza.
Sobre el escritorio de caoba, un sobre de papel Manila destacaba como una mancha de suciedad en un quirófano. Estaba amarillento, desgarrado en los bordes y carecía de remitente. No contenía un archivo digital ni una propuesta de marketing. Eran hojas arrancadas de un cuaderno, escritas con una caligrafía violenta, una letra que no descansaba sobre los renglones, sino que los perforaba.
Eleanor volvió a leer la primera línea. El frío que recorrió su columna vertebral no fue producto del aire acondicionado, sino del reconocimiento.
"Escribo porque el silencio es un incendio que solo la tinta puede sofocar. Escribo porque ella murió en el espacio que hay entre mis palabras, y ahora cada frase es un mausoleo."
Cerró los ojos y la memoria la golpeó con la fuerza de un naufragio. Ella conocía esa cadencia brutal. Conocía esa forma de desollar la realidad hasta dejar los nervios al aire. Solo había un hombre en el mundo capaz de destilar ese veneno y convertirlo en belleza.
—Julian Thorne —pronunció el nombre, y la palabra supo a hierro y a pecado.
Thorne había sido el prodigio, el incendio que iluminó la década pasada. Su novela, El peso de la luz, no solo vendió millones; cambió la forma en que el mundo entendía el dolor. Pero en la cima, cuando los focos quemaban más, Julian se evaporó.
La tragedia de su esposa fue el detonante de una espiral que nadie pudo detener. Los tabloides alimentaron la hoguera con rumores de una mente fracturada, sugiriendo que la pérdida lo había empujado a un abismo de locura. Otros, con voces más crueles, insinuaban que Julian no había sido un simple testigo de aquella desgracia, sino el arquitecto oculto de su propio infierno.
Finalmente, el silencio se volvió oficial. Se dictó que Julian Thorne había muerto. Y en cierto sentido, era verdad: Julian Thorne, el autor, el artista, el fenómeno literario, había muerto para siempre. Aquella figura pública fue enterrada bajo el peso de su propia leyenda, dejando tras de sí un cadáver hecho de papel y tinta.
Pero para Eleanor, él no era una leyenda ni un fantasma.
—Señorita Vance —la voz de Marcus, su asistente, vibró a través del intercomunicador con la urgencia de los subordinados—. El consejo de administración la espera en la sala de juntas. Los herederos del Duque están listos para la firma del contrato de exclusividad.
Eleanor miró el sobre de Manila. Miró la ciudad. La decisión no fue una elección, fue una ejecución.
—Cancele todo, Marcus.
Hubo un silencio de piedra al otro lado. —¿Disculpe? Señorita, es el contrato del año. Los inversores...
—Le dije que lo cancele todo. —Su voz fue un golpe seco, un diamante cortando el aire.
Hubo un silencio de piedra al otro lado. Eleanor ya estaba cerrando el sobre de Manila cuando Marcus volvió a hablar, esta vez con un matiz de auténtico pánico.
—Señorita Vance, por favor... el Vizconde de Sterling está en la sala de juntas. Ha volado desde Suiza solo para esto. Está... —Marcus tragó saliva, el sonido fue audible a través del sistema—... está extremadamente impaciente. Ha dicho que si usted no cruza esa puerta en sesenta segundos, se llevará los derechos de la biografía de su padre a la competencia.
Eleanor apretó los labios. Sus dedos, que aún acariciaban la textura áspera del sobre de Julian, se tensaron. Miró el reloj de pared, una pieza de diseño minimalista que parecía contar los segundos de su propia relevancia. Durante cinco segundos que parecieron horas, Eleanor Vance vaciló. El abismo de Cornualles la llamaba, pero el imperio que había construido exigía su última libra de carne.
—Dígale al Vizconde que se acomode —dijo finalmente, con una calma gélida que daba más miedo que sus gritos—. Estaré allí en treinta segundos.
Eleanor no llegó a la sala de juntas. Él la interceptó en la antesala. Marcus y los abogados ya estaban dentro de la sala principal, visibles a través de las puertas dobles de cristal esmerilado, como sombras aguardando a su reina.
—Entremos a la sala Max.
Él dio un paso adelante, obligándola a retroceder apenas un milímetro, invadiendo su aire personal con el aroma a tabaco turco y ambición. Max era peligrosamente apuesto; tenía esa belleza afilada de los hombres que saben que su apellido puede borrar cualquier pecado.
Maximilian Sterling era, de forma insultante, el hombre más atractivo que Eleanor había conocido. Su belleza no era armónica, era agresiva: Facciones esculpidas con precisión geométrica, cabello oscuro peinado con una despreocupación estudiada y unos ojos negros tan profundos que parecían obsidiana. A sus treinta y ocho años, Max no solo poseía la fortuna de su linaje; poseía la confianza de quien nunca ha escuchado la palabra "no".
—Llegas tarde, Eleanor —dijo Max. Su voz era un barítono profundo, una caricia aterciopelada que escondía una amenaza—. Y yo odio esperar, a menos que el premio valga la demora.
—¿Qué tienes que decirme, Max? —soltó Eleanor sin detenerse, aunque tuvo que frenar a pocos centímetros de él para no chocar contra su pecho—. Ya está todo listo. Procedamos a la firma. Los herederos y los abogados están perdiendo la paciencia.
Maximilian soltó una risa seca y dio un paso hacia ella, rompiendo el espacio de seguridad profesional.
—Siempre tan clínica, siempre tan fría —susurró él, extendiendo una mano para rozar, casi sin tocarlo, el mechón de cabello que caía sobre el hombro de Eleanor. Ella no retrocedió; hacerlo habría sido admitir una debilidad—. Me pregunto si bajo esa seda azul late un corazón o simplemente un libro de contabilidad. Sabes que no estoy aquí solo por los derechos de la biografía de mi padre. Podría haber enviado a diez abogados para esto.
—Entonces has malgastado tu combustible de aviación, Max —respondió ella, clavando sus ojos grises en los azules de él—. Si buscas algo más, el West End está lleno de actrices que morirían por tu apellido. Si buscas un negocio de doce millones de libras, firma el papel.
Max se inclinó hacia su oído, su aliento rozando su piel.
—Esas actrices no tienen tu fuego, Eleanor. Ni tu desprecio. Eso es lo que me vuelve loco. —Su voz bajó a un registro casi inaudible para los demás—. Firma conmigo y cenemos en París. Mi jet está en pista. Olvida el papel, olvida Londres por una noche. Déjame ver qué hay detrás de esa armadura de editora jefa.
Eleanor sintió una náusea de poder. Maximilian Sterling era el epítome de todo lo que ella estaba empezando a odiar: la creencia de que todo, incluso ella, tenía un precio o un método de seducción.
—Lo único que vas a ver esta noche es mi firma, Max. —Se enderezó, recuperando cada centímetro de su autoridad—. Firma el contrato. Ahora. O juro por la memoria de tu padre que mañana mismo publicaré una nota de prensa cancelando el acuerdo por "falta de integridad del heredero". ¿Quieres probar quién tiene más peso en la prensa de este país?
—Eres magnífica cuando amenazas, Eleanor —dijo él, tomando la pluma—. Pero recuerda esto: el dinero de los Sterling siempre compra lo que desea. Tarde o temprano.
Se adentraron en la sala de juntas. El protocolo fue breve, una formalidad casi gélida bajo las luces LED de la sala; se realizaron las comprobaciones pertinentes y, finalmente, la pluma de Max recorrió el papel con un trazo violento y elegante.
El acuerdo de doce millones estaba sellado.
El nombre de Julian Thurne había congelado el aire, pero Eleanor Vance no era una mujer que se dejara arrastrar por el pánico. En el silencio atronador que siguió a la revelación de Blair Cavendish, una chispa fría y calculadora se encendió en sus ojos. Su cerebro, entrenado en la intriga del mercado editorial, comenzó a girar a una velocidad vertiginosa. No podía derrumbarse; no delante de ellos. No sería la carnada para los titulares, ni el hazmerreír de la ciudad. Esto no era un escándalo; era una oportunidad.Eleanor se recompuso con una gracia asombrosa. Una sonrisa, perfectamente calibrada entre la sorpresa y la satisfacción, apareció en sus labios. Respiró hondo, enderezó los hombros, y su voz, aunque un poco más alta de lo normal, recuperó su gélida claridad habitual.—Oh, damas y caballeros... —comenzó Eleanor, con un tono que denotaba una diversión indulgente, casi como si el joven periodista hubiera estropeado un número de magia cuidadosamente preparado—. ¡Pero qué impacien
El Gran Salón de El Ateneo bullía en el punto álgido de la noche. Entre el murmullo de las copas de cristal y el aroma a orquídeas, la élite de la ciudad observaba con ojos ávidos el estrado. Eleanor, bajo la luz de las arañas de cristal, era la imagen de la perfección absoluta.—Damas y caballeros —la voz de Eleanor se proyectó con una claridad gélida, silenciando el murmullo de las copas de cristal—, llegamos a la pieza central de la noche. Un hallazgo que muchos consideraban un mito urbano de la literatura prohibida.La élite de la ciudad contenía el aliento mientras Eleanor se acercaba a la vitrina central. Con un movimiento lento y coreografiado, retiró el velo de terciopelo.Debajo, protegida por un cristal, descansaba la joya de la corona: "El Códice de las Sombras".Era un volumen de una belleza extraña, encuadernado en un cuero de color azul tan profundo que parecía negro, con incrustaciones de plata que dibujaban un reloj de arena roto en la portada. Se decía que era el diar
La noche de la gala en El Ateneo no era solo un evento; era un despliegue de poder absoluto, una coreografía minuciosamente ensayada donde cada gesto, cada silencio y cada joya cumplía una función política. El aire, denso y cálido, estaba saturado con el aroma embriagador de tres mil orquídeas blancas importadas que decoraban las balaustradas de caoba, mezclándose con los perfumes más caros de la élite financiera y literaria de la ciudad. Camareros de movimientos felinos y guantes de un blanco inmaculado se deslizaban entre los invitados, ofreciendo copas de cristal de Baccarat donde las burbujas del champagne de reserva ascendían como promesas vacías. Los murmullos sobre fusiones editoriales de siete cifras, derechos de autor internacionales y adquisiciones hostiles se entrelazaban con el sonido fluido y constante de un cuarteto de cuerdas. Los músicos, situados sobre una tarima circular de mármol veteado en el corazón del salón, atacaban sus instrumentos con una precisión técnica q
Los días siguientes fueron un torbellino de actividad frenética, un intento desesperado de Eleanor por sepultar sus recuerdos bajo capas de organización y protocolo. La gala benéfica en el Ateneo, el evento social más importante del año, se cernía sobre ella como una tormenta inevitable.Los preparativos eran exhaustivos. Eleanor pasaba las mañanas supervisando el catering de alta cocina, las listas de invitados que incluían a la élite financiera de la ciudad y la disposición de las orquídeas blancas que debían adornar cada rincón. Sin embargo, detrás de sus órdenes precisas y su mirada gélida, su mente seguía prisionera.Cada noche, al regresar a la soledad de su habitación, se encontraba con el mismo fantasma: la caja de madera que se había traído de la Garra del Cuervo.La caja descansaba sobre su mesita de noche, un objeto rústico y fuera de lugar entre sus lujos. Durante una semana, Eleanor había sido incapaz de abrirla. Cada noche, antes de apagar la luz, se quedaba mirándola du
Eleanor dejó la taza vacía sobre la mesa de noche. Sus dedos aún temblaban, un eco residual de la tormenta que ella misma había provocado en su cuerpo bajo el agua. Se desplomó sobre las sábanas de seda, que se sentían como caricias gélidas contra su piel febril. El agotamiento de la enfermedad, sumado al vacío devastador que deja un orgasmo de esa magnitud —aquella pequeña muerte que la había dejado desprovista de defensas—, la arrastró hacia el abismo. Se quedó dormida así, desnuda y desarmada, con las piernas aún entumecidas y el aroma de su propia excitación mezclándose con el vaho que escapaba del baño, creando una fragancia almizclada y femenina que impregnaba el aire.No supo cuánto tiempo pasó. El sueño fue un túnel denso donde las imágenes de Julian —sus manos toscas, su barba rozando su cuello, su embestida implacable— se repetían como una cinta sin fin, quemando su subconsciente.Sin embargo, el silencio de la habitación no era absoluto. La pesada puerta se abrió sin un so
El vapor en el cuarto de baño era tan denso que Eleanor apenas podía ver el techo, pero sus ojos estaban cerrados, huyendo de las paredes de mármol para regresar a la cabaña. El agua caliente quemaba su piel, pero para su mente, ese calor no era el de la tina; era el calor de la piel de Julian contra la suya, una hoguera humana que la había mantenido viva en medio de la tormenta.Se hundió un poco más, permitiendo que el agua le llegara hasta la barbilla. Un escalofrío, que esta vez no tenía nada que ver con la fiebre, recorrió su columna vertebral.Cerró los ojos con fuerza y, de repente, ya no estaba en la metrópoli. Estaba allí, sobre el suelo de madera crujiente, envuelta en el olor a pino, pólvora y deseo. Recordó la aspereza de las manos de Julian, manos que sabían empuñar un hacha pero que, al recorrer sus muslos, tenían la delicadeza de quien toca un tesoro prohibido.Visualizó su cuerpo: esa musculatura tensa. Recordó el peso de él sobre ella, la forma en que su pecho ancho l
Último capítulo