Capítulo 7. Piel con piel.
El estruendo del mar contra los acantilados fue lo único que llenó el vacío cuando el movimiento cesó. Eleanor permaneció sobre la mesa, con la respiración rota y la piel ardiendo en los lugares donde Julian la había tocado. Sus piernas, antes firmes y elegantes, ahora eran de cristal; cuando intentó apoyarlas en el suelo de piedra, le fallaron, obligándola a sostenerse del borde de la mesa para no desplomarse.
Julian no dijo nada. El silencio en él era más violento que cualquier grito.
Con una eficiencia mecánica que heló la sangre de Eleanor, él subió su pantalón, ajustando el cinturón con un movimiento seco. Dejó su torso al descubierto, una anatomía de sombras y cicatrices invisibles bajo la luz agonizante de las velas. Ni siquiera la miró. Caminó hacia la puerta, la abrió de par en par dejando que una ráfaga de lluvia y salitre invadiera la estancia, y salió a la oscuridad de la tormenta.
—¿Julian? —susurró ella, pero su voz se perdió en el aullido del viento.
Se quedó sola. La