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Capítulo 2. Rumbo a la Tormenta.

Eleanor dio media vuelta y regresó a su oficina. Recogió sus efectos personales con movimientos económicos y tomó el sobre de Manila del escritorio; al tacto, el papel parecía emitir un calor residual, una vibración que presionaba contra su costado como una herida que empezaba a latir.

Antes de cruzar el umbral hacia el pasillo, se detuvo ante la mesa de su asistente.

—Marcus, escucha con atención —dijo Eleanor, apoyando una mano sobre la mesa, inclinándose lo justo para que él sintiera el peso de su autoridad—. Necesito que redactes un contrato de adquisición de derechos preferentes. Ahora mismo. Quiero cláusulas de blindaje total, exclusividad mundial y una prima de firma de siete cifras. Deja el nombre del autor en blanco.

Marcus entreabrió los labios, estupefacto. —¿Siete cifras y el nombre en blanco, señorita Vance? Legalmente es...

—Legalmente es mi voluntad —lo cortó ella con un tono que no admitía réplicas—. Asegúrate de que el control editorial recaiga exclusivamente en mi persona. Quiero el documento en mi correo privado antes de que ponga un pie en mi casa. No me falles.

Sin esperar la respuesta de un Marcus que ya empezaba a teclear frenéticamente, Eleanor caminó hacia su ascensor privado. Mientras el cubículo de cristal descendía vertiginosamente hacia el parking, se llevó una mano al oído, activando el manos libres con un toque seco.

—Arthur, saca el Range Rover SV 2025 del depósito. Lo quiero en la entrada de la mansión en diez minutos. Configuración para viaje largo, tanque lleno y neumáticos para terreno costero.

—Entendido, señorita. ¿Necesita escolta o chófer?

—No. Esta vez conduzco yo.

—¿Me permite la pregunta, señorita Vance? —la voz de Arthur bajó un tono, teñida de una lealtad que rozaba la preocupación—. ¿A dónde se dirige? ¿Debo activar el rastreo satelital de emergencia?

Eleanor se detuvo ante el ventanal del pasillo por última vez. Desde allí, Londres ya no le parecía una película muda; le parecía una cárcel de cristal cuyas paredes estaban a punto de estallar.

—A los acantilados de Cornualles, Arthur. Específicamente a un lugar llamado La Garra del Cuervo. Y, Arthur... Necesito confidencialidad absoluta. Ni una palabra a nadie, ¿ha quedado claro?

—Señorita... allí no hay nada más que rocas, niebla y tormentas que devoran la costa. No es lugar para usted.

Eleanor sonrió. Era una sonrisa depredadora, la de alguien que por fin ha encontrado una presa digna.

—Allí es exactamente donde se esconden los tesoros que valen la pena, Arthur. Y yo no voy a dejar que el mar se quede con este. Ten el coche listo. Voy saliendo de la Editorial. Necesito... cambiarme.

Eleanor condujo con una resolución implacable hasta su mansión en Chelsea. Al llegar, los neumáticos chirriaron contra el pavimento frente a la imponente fachada de ladrillo visto y columnas blancas, una estructura que gritaba riqueza y linaje en el corazón de Londres. Apagó el motor, pero sus manos siguieron apretando el volante de cuero, mientras observaba cómo la luz de las farolas victorianas bañaba la entrada de la casa que, ese día, le parecía más un mausoleo que un hogar.

Se deshizo del vestido de seda azul añil con movimientos rápidos, dejándolo caer al suelo como si fuera el disfraz de una mujer que ya no existía. En su lugar, buscó en el fondo de su vestidor ropa que no había usado en años.

Se enfundó unos pantalones de cuero negro reforzados, flexibles y resistentes. Sobre la piel, el tacto gélido de una blusa de lino blanco la hizo estremecer un instante antes de cubrirla con un jersey de cachemira gris carbón de cuello alto, esencial para protegerse del frío atlántico. Finalmente, cambió los tacones de aguja por unas botas de piel, con suelas preparadas para el barro y la roca.

Recogió su cabello en una coleta tensa y, antes de salir, tomó una vieja chaqueta de barbour encerada, ideal para la lluvia incesante del suroeste.

De vuelta en el Range Rover, el sistema de navegación marcaba cinco horas y media de trayecto hacia el oeste. Eleanor conectó su teléfono, pero no puso música. Necesitaba el silencio para procesar la caligrafía de Thorne, que ahora descansaba en el asiento del copiloto como un pasajero fantasma.

Arthur se apoyó en la puerta, con la mano aún firme sobre el cristal, resistiéndose a dejarla partir.

—Señorita, insisto. Déjeme acompañarla, al menos hasta el pueblo más cercano. No me gusta ese camino para usted.

—No, Arthur.Esto debo hacerlo sola —cortó ella, encendiendo el motor. El rugido del vehículo pareció acentuar su decisión.

—¿Y si pasa algo? —insistió él, con la voz cargada de una lealtad que casi dolí

Eleanor lo miró a través del espejo, con una calma que rozaba la frialdad.

—Escúchame bien: si no recibes una llamada mía o si no he regresado en cuarenta y ocho horas, ven a buscarme.

Él asintió con gravedad, comprendiendo que no habría más discusiones.Mientras las luces de neón de Londres se desvanecían por el espejo retrovisor y la autopista M4 empezaba a devorar los kilómetros, Eleanor sintió una libertad aterradora. Estaba dejando atrás un contrato de doce millones, un heredero obsesivo y un imperio editorial por seguir el rastro de un hombre que el mundo daba por muerto.

A medida que el asfalto perfecto cedía el paso a carreteras más estrechas y oscuras, el cielo se tiñó de un gris plomizo. La lluvia comenzó a golpear el parabrisas con violencia. Eleanor apretó el volante, sintiendo la tracción del coche ajustarse al suelo mojado.

Sabía que en algún lugar de esos acantilados, donde la tierra se acaba y solo queda la furia del océano, Julian Thorne la estaba esperando. O, al menos, lo que quedaba de él.

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