El aroma de la carne asada al fuego de leña inundaba la cabaña, pero para Eleanor, el aire seguía teniendo un sabor metálico. Se sentó en el borde de un taburete desgastado, envuelta en la manta gris, observando cómo Julian comía con una parsimonia mecánica. Él no la miraba; su atención estaba fija en las llamas, como si buscara en ellas los restos de una vida que ya no existía.
Eleanor no pudo evitarlo. Su instinto de editora, aquel que la había llevado a la cúspide de Londres, empezó a latir