El aroma de la carne asada al fuego de leña inundaba la cabaña, pero para Eleanor, el aire seguía teniendo un sabor metálico. Se sentó en el borde de un taburete desgastado, envuelta en la manta gris, observando cómo Julian comía con una parsimonia mecánica. Él no la miraba; su atención estaba fija en las llamas, como si buscara en ellas los restos de una vida que ya no existía.
Eleanor no pudo evitarlo. Su instinto de editora, aquel que la había llevado a la cúspide de Londres, empezó a latir bajo su piel.
—Hace diez años —comenzó ella, su voz suave pero cargada de una intención peligrosa—, el mundo se detuvo para leer El peso de la luz. Tenías una prosa que podía incendiar ciudades, Julian. Y ese fuego sigue ahí. La he visto en las hojas que me llegaron.
Julian no respondió. Solo el siseo de la grasa cayendo sobre las brasas rompió el silencio.
—No puedes quedarte aquí, escondido en esta tumba de piedra —continuó ella, dando un paso hacia el abismo—. Tu talento no murió con ella.¿Cr