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Capítulo 3. Colisión de Sombras

Seis horas después, el asfalto de la autopista se había convertido en un camino de tierra que serpenteaba peligrosamente entre acantilados negros y un mar que rugía como una bestia hambrienta. El cielo de Cornualles no era gris; era de un color violeta hematoma, cargado de electricidad.

Eleanor conducía con los nudillos blancos sobre el cuero del volante. El GPS había muerto hacía veinte kilómetros. Había algo en la violencia del paisaje que la llamaba. La adrenalina, una emoción que creía extinta en su vida de cocteles y contratos, golpeaba sus sienes.

Finalmente, al final de un sendero que parecía conducir directo al vacío, apareció la cabaña. Era una estructura de piedra y madera vieja, encorvada bajo el peso de los años y el salitre. No había luces encendidas. Solo el humo gris de una chimenea que se perdía en una niebla densa y espectral que lo devoraba todo.

Eleanor detuvo el coche y bajó. El viento la golpeó con la fuerza de un portazo, soltando algunos mechones de su cabello recogido. Caminó hacia la puerta. Golpeó la madera con fuerza.

—¡Julian! —gritó sobre el trueno—. ¡Julian Thorne, sé que estás ahí!

Nada. Sólo el aullido del viento.

Eleanor no era una mujer que aceptara un "no" por respuesta. Rodeó la casa, buscando una entrada. Por una de las ventanas laterales, vio un resplandor tenue. Se acercó y limpió el vaho del cristal.

Lo que vio la dejó sin aliento.

En el centro de una habitación llena de libros desparramados y velas consumidas, un hombre estaba sentado frente a una mesa de madera bruta. Tenía la espalda ancha y tensa. Su cabello oscuro le caía por los hombros en desorden. Pero lo que más impactó a Eleanor fue su perfil. 

La luz de las velas bañaba una mandíbula afilada y unos rasgos de una rectitud casi arquitectónica. No eran cicatrices lo que marcaba su rostro, sino una seriedad geológica, una profundidad en sus facciones que hablaba de años de aislamiento voluntario.

Tenía el aspecto de un ídolo caído, de un príncipe desterrado que ha abrazado la sombra con una elegancia salvaje. Su belleza era severa, casi intimidante; una mezcla de ángulos duros y una mirada que parecía haber sido forjada en el fuego de una pérdida absoluta. A pesar de la barba de varios días y del cabello oscuro que le caía en desorden sobre la frente, había en él una dignidad férrea, una belleza cruda que no necesitaba adornos ni cuidados para resultar devastadora. Era como un monumento antiguo abandonado a la intemperie: desgastado por el tiempo, sí, pero infinitamente más imponente que cualquier estructura moderna.

Él no estaba escribiendo. Estaba sosteniendo una hoja de papel sobre la llama de una vela, observando con ojos vacíos cómo el fuego consumía sus palabras.

—¡No! —gritó Eleanor, golpeando el cristal con desesperación.

El hombre giró la cabeza. Sus ojos, azules como el hielo profundo de un glaciar, se clavaron en los de ella. No había sorpresa en ellos, solo una hostilidad milenaria.

Julian Thorne se levantó. Era mucho más alto de lo que Eleanor recordaba, y su presencia llenaba la pequeña habitación con una energía pesada, masculina y peligrosa. Se acercó a la ventana con la lentitud de un depredador que no tiene prisa.

Abrió la ventana de golpe, dejando que el viento y el frío invadieran el calor de la cabaña.

—¡Váyase de aquí! —dijo él. Su voz era un barítono áspero, como si no hubiera sido usada en años—. Se ha equivocado de rumbo. ¡Váyase!

Eleanor dio un pequeño salto hacia atrás, pero no huyó. Estaba temblando, y no era solo por el frío que empezaba a calar su abrigo, sino por la intensidad eléctrica de la mirada de aquel hombre.

—¡Julian! —exclamó ella, pronunciando su nombre con una mezcla de autoridad y súplica.

Al escuchar su nombre en los labios de ella, Julian se quedó paralizado. Fue un segundo eterno en el que el tiempo pareció detenerse dentro de la cabaña. Sus ojos azules se abrieron apenas un milímetro más, y el aire se quedó atrapado en su garganta. El shock fue visible en la tensión de su mandíbula; por un instante, la máscara de ermitaño se agrietó.

Eleanor dio un paso más hacia la luz que salía de la ventana, dejando que la claridad de las velas iluminara su rostro perfectamente esculpido.

—¿No me recuerdas? —preguntó ella en un susurro que cortó el silencio de la niebla.

La mención del pasado fue como un latigazo. Julian reaccionó de inmediato, recuperando su expresión de amargura y endureciendo sus facciones hasta convertirlas en piedra. Una sombra de desprecio cruzó sus ojos.

—¿Qué debo recordar, acaso? —escupió él, con una voz cargada de veneno y cansancio—. Tengo demasiados recuerdos que me atormentan cada maldita noche. No quiero uno más. No me importa quién sea usted. ¡Váyase!

Julian atrapó el pestillo de hierro de la ventana con un movimiento brusco, sus dedos se cerraron con fuerza sobre el metal frío, decidido a sellar su santuario antes de que ella pudiera decir una palabra más.

Pero antes de que el pestillo encajara, Eleanor proyectó su cuerpo hacia adelante, interponiendo su mano y su hombro en la abertura con una valentía que rozaba la imprudencia.

—Julian, por favor... —jadeó ella, y esta vez su voz se quebró un poco por la vulnerabilidad—. Déjame pasar. No he conducido por horas para morir de hipotermia en tu umbral. Me estoy congelando.

Él se quedó inmóvil, sosteniendo el peso de la ventana. Podía sentir el calor que emanaba del cuerpo de Eleanor, tan cercano al suyo, y el perfume de jazmín que ahora luchaba contra el olor a humo y salitre. Sus ojos bajaron hacia la mano de ella, pequeña y pálida sobre la madera oscura, y luego subieron hacia sus labios, que empezaban a tornarse azulados por el frío.

La tensión entre ambos era un hilo a punto de romperse.

—Has cruzado medio país para encontrar un fantasma, Eleanor —dijo él, su voz era un murmullo profundo que vibró en el pecho de ella—. Y los fantasmas no tienen nada que ofrecer a los vivos

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