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Tinta y Deseo
Tinta y Deseo
Por: LuMorales
CAPÍTULO 1: El Manuscrito de las Sombras

El cristal de las oficinas de Aethelgard Press en Canary Wharf era una membrana de silencio absoluto. Tras el grosor de aquel vidrio reforzado, el caos de Londres —el rugido del tráfico, el clamor de las obras, la vida frenética de millones— se reducía a una coreografía muda de luces y sombras.

Eleanor Vance observaba la ciudad desde el piso cuarenta y dos, la cúspide de su imperio de papel y tinta. Sostenía una copa de cristal tallado con un whisky de malta cuya etiqueta era un nombre que solo se pronunciaba en círculos cerrados. A sus treinta y seis años, Eleanor no era solo la mujer más poderosa del mundo editorial; era la arquitecta de la cultura moderna, la jueza de lo que merecía ser leído y el muro de contención contra una mediocridad que amenazaba con inundarlo todo.

Su reflejo en el ventanal le devolvió una imagen de perfección quirúrgica. El vestido de seda azul añil, cortado con la precisión de un escalpelo, se adhería a su cuerpo resaltando una figura que era, a la vez, seda y acero. El escote profundo desafiaba la gravedad, enmarcando sus senos que subían y bajaban con una respiración que, por primera vez en una década, no seguía el ritmo del metrónomo de su disciplina. La abertura de la falda nacía casi en su cadera, revelando unas piernas largas y firmes, y sus ojos grises —del color del Atlántico antes de una tormenta— permanecían fijos en un punto invisible.

—¿Otra biografía de un político cuya única verdad es su codicia? —susurró, y el vaho de sus palabras empañó el cristal—. ¿Otro manual de autoayuda para almas que ya están muertas?

El prestigio de Aethelgard se mantenía intacto, pero la pasión se había vuelto ceniza.

Sobre el escritorio de caoba, un sobre de papel Manila destacaba como una mancha de suciedad en un quirófano. Estaba amarillento, desgarrado en los bordes y carecía de remitente. No contenía un archivo digital ni una propuesta de marketing. Eran hojas arrancadas de un cuaderno, escritas con una caligrafía violenta, una letra que no descansaba sobre los renglones, sino que los perforaba.

Eleanor volvió a leer la primera línea. El frío que recorrió su columna vertebral no fue producto del aire acondicionado, sino del reconocimiento.

"Escribo porque el silencio es un incendio que solo la tinta puede sofocar. Escribo porque ella murió en el espacio que hay entre mis palabras, y ahora cada frase es un mausoleo."

Cerró los ojos y la memoria la golpeó con la fuerza de un naufragio. Ella conocía esa cadencia brutal. Conocía esa forma de desollar la realidad hasta dejar los nervios al aire. Solo había un hombre en el mundo capaz de destilar ese veneno y convertirlo en belleza.

—Julian Thorne —pronunció el nombre, y la palabra supo a hierro y a pecado.

Thorne había sido el prodigio, el incendio que iluminó la década pasada. Su novela, El peso de la luz, no solo vendió millones; cambió la forma en que el mundo entendía el dolor. Pero en la cima, cuando los focos quemaban más, Julian se evaporó.

La tragedia de su esposa fue el detonante de una espiral que nadie pudo detener. Los tabloides alimentaron la hoguera con rumores de una mente fracturada, sugiriendo que la pérdida lo había empujado a un abismo de locura. Otros, con voces más crueles, insinuaban que Julian no había sido un simple testigo de aquella desgracia, sino el arquitecto oculto de su propio infierno.

Finalmente, el silencio se volvió oficial. Se dictó que Julian Thorne había muerto. Y en cierto sentido, era verdad: Julian Thorne, el autor, el artista, el fenómeno literario, había muerto para siempre. Aquella figura pública fue enterrada bajo el peso de su propia leyenda, dejando tras de sí un cadáver hecho de papel y tinta.

Pero para Eleanor, él no era una leyenda ni un fantasma. 

—Señorita Vance —la voz de Marcus, su asistente, vibró a través del intercomunicador con la urgencia de los subordinados—. El consejo de administración la espera en la sala de juntas. Los herederos del Duque están listos para la firma del contrato de exclusividad. 

Eleanor miró el sobre de Manila. Miró la ciudad. La decisión no fue una elección, fue una ejecución.

—Cancele todo, Marcus.

Hubo un silencio de piedra al otro lado. —¿Disculpe? Señorita, es el contrato del año. Los inversores...

—Le dije que lo cancele todo. —Su voz fue un golpe seco, un diamante cortando el aire.

Hubo un silencio de piedra al otro lado. Eleanor ya estaba cerrando el sobre de Manila cuando Marcus volvió a hablar, esta vez con un matiz de auténtico pánico.

—Señorita Vance, por favor... el Vizconde de Sterling está en la sala de juntas. Ha volado desde Suiza solo para esto. Está... —Marcus tragó saliva, el sonido fue audible a través del sistema—... está extremadamente impaciente. Ha dicho que si usted no cruza esa puerta en sesenta segundos, se llevará los derechos de la biografía de su padre a la competencia.

Eleanor apretó los labios. Sus dedos, que aún acariciaban la textura áspera del sobre de Julian, se tensaron. Miró el reloj de pared, una pieza de diseño minimalista que parecía contar los segundos de su propia relevancia. Durante cinco segundos que parecieron horas, Eleanor Vance vaciló. El abismo de Cornualles la llamaba, pero el imperio que había construido exigía su última libra de carne.

—Dígale al Vizconde que se acomode —dijo finalmente, con una calma gélida que daba más miedo que sus gritos—. Estaré allí en treinta segundos.

Eleanor no llegó a la sala de juntas. Él la interceptó en la antesala. Marcus y los abogados ya estaban dentro de la sala principal, visibles a través de las puertas dobles de cristal esmerilado, como sombras aguardando a su reina.

—Entremos a la sala Max.

Él dio un paso adelante, obligándola a retroceder apenas un milímetro, invadiendo su aire personal con el aroma a tabaco turco y ambición. Max era peligrosamente apuesto; tenía esa belleza afilada de los hombres que saben que su apellido puede borrar cualquier pecado.

Maximilian Sterling era, de forma insultante, el hombre más atractivo que Eleanor había conocido. Su belleza no era armónica, era agresiva: Facciones esculpidas con precisión geométrica, cabello oscuro peinado con una despreocupación estudiada y unos ojos negros tan profundos que parecían obsidiana. A sus treinta y ocho años, Max no solo poseía la fortuna de su linaje; poseía la confianza de quien nunca ha escuchado la palabra "no".

—Llegas tarde, Eleanor —dijo Max. Su voz era un barítono profundo, una caricia aterciopelada que escondía una amenaza—. Y yo odio esperar, a menos que el premio valga la demora.

—¿Qué tienes que decirme, Max? —soltó Eleanor sin detenerse, aunque tuvo que frenar a pocos centímetros de él para no chocar contra su pecho—. Ya está todo listo. Procedamos a la firma. Los herederos y los abogados están perdiendo la paciencia.

Maximilian soltó una risa seca y dio un paso hacia ella, rompiendo el espacio de seguridad profesional. 

—Siempre tan clínica, siempre tan fría —susurró él, extendiendo una mano para rozar, casi sin tocarlo, el mechón de cabello que caía sobre el hombro de Eleanor. Ella no retrocedió; hacerlo habría sido admitir una debilidad—. Me pregunto si bajo esa seda azul late un corazón o simplemente un libro de contabilidad. Sabes que no estoy aquí solo por los derechos de la biografía de mi padre. Podría haber enviado a diez abogados para esto.

—Entonces has malgastado tu combustible de aviación, Max —respondió ella, clavando sus ojos grises en los azules de él—. Si buscas algo más, el West End está lleno de actrices que morirían por tu apellido. Si buscas un negocio de doce millones de libras, firma el papel.

Max se inclinó hacia su oído, su aliento rozando su piel.

—Esas actrices no tienen tu fuego, Eleanor. Ni tu desprecio. Eso es lo que me vuelve loco. —Su voz bajó a un registro casi inaudible para los demás—. Firma conmigo y cenemos en París. Mi jet está en pista. Olvida el papel, olvida Londres por una noche. Déjame ver qué hay detrás de esa armadura de editora jefa.

Eleanor sintió una náusea de poder. Maximilian Sterling era el epítome de todo lo que ella estaba empezando a odiar: la creencia de que todo, incluso ella, tenía un precio o un método de seducción.

—Lo único que vas a ver esta noche es mi firma, Max. —Se enderezó, recuperando cada centímetro de su autoridad—. Firma el contrato. Ahora. O juro por la memoria de tu padre que mañana mismo publicaré una nota de prensa cancelando el acuerdo por "falta de integridad del heredero". ¿Quieres probar quién tiene más peso en la prensa de este país?

—Eres magnífica cuando amenazas, Eleanor —dijo él, tomando la pluma—. Pero recuerda esto: el dinero de los Sterling siempre compra lo que desea. Tarde o temprano.

Se adentraron en la sala de juntas. El protocolo fue breve, una formalidad casi gélida bajo las luces LED de la sala; se realizaron las comprobaciones pertinentes y, finalmente, la pluma de Max recorrió el papel con un trazo violento y elegante.

El acuerdo de doce millones estaba sellado.

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