Mundo ficciónIniciar sesiónEl silencio en la cabaña solo era roto por el crepitar de la leña y el silbido del viento contra las vigas de madera. Eleanor, envuelta en la manta áspera, dio un paso fuera del círculo de calor de la chimenea. Sus ojos grises, ahora fijos en la nuca de Julian, brillaron con una determinación que ni el frío había podido apagar.
—No he conducido más de seis horas para que me eches como a una vendedora a domicilio, Julian —dijo ella, su voz recuperando la firmeza de las oficinas de Londres—. Vine porque lo que escribiste es... es lo mejor que se ha escrito en este siglo. Y tú lo sabes.
Julian soltó una carcajada amarga, sin girarse, mientras el whisky bajaba por su garganta. —¿De qué demonios hablas, Eleanor? No he escrito ni una maldita lista de la compra en años. Mi talento murió con ella. Ahora vete.
—Mientes —replicó ella, dando un paso más—. Recibí el sobre. El manuscrito de las hojas arrancadas.
Julian se quedó petrificado. El vaso de whisky se detuvo a medio camino de sus labios. Lentamente, como un depredador que escucha una rama romperse, se puso en pie. Su sombra se proyectó, gigante y amenazante, contra las paredes de piedra.
—¿Qué manuscrito? —preguntó él, su voz era un susurro peligroso, cargado de una vibración eléctrica.
Eleanor no retrocedió. Con manos temblorosas, buscó en el bolso de diseñador que había dejado en el suelo y extrajo el sobre de papel Manila, ahora un poco arrugado por la humedad. Sacó el fajo de hojas escritas a mano y se las mostró.
—Este, Julian. El que me enviaste a la oficina.
Julian clavó la vista en las hojas. Sus pupilas se dilataron al reconocer su propia caligrafía, esa letra que parecía sangrar sobre el papel. Su rostro se volvió de una palidez mortal.
—Yo no te he enviado eso —dijo él, su voz subiendo de octava—. ¿Cómo llegó eso a tus manos, Eleanor? ¡¿Qué has hecho?!
—Llegó en un sobre sin remitente... yo pensé que querías que lo viera, que era tu regreso...
—¡Mientes! —rugió él.
Julian cruzó la distancia que los separaba en un parpadeo. Eleanor se echó hacia atrás, pero la pared de piedra la detuvo. Antes de que pudiera reaccionar, Julian la tomó por las muñecas con una fuerza bruta, obligándola a soltar las hojas, que cayeron al suelo como pétalos muertos. Le levantó los brazos por encima de la cabeza, inmovilizándola contra la pared, aprisionando su cuerpo con el suyo.
Sus ojos eran dos hogueras de rabia azul, a escasos centímetros de los de ella. Eleanor podía sentir el calor furioso de su aliento y el temblor de sus manos sobre sus muñecas. La manta de lana resbaló de sus hombros.
—¿Qué haces tú con eso? —le gritó él, estrujándole las muñecas hasta que Eleanor soltó un quejido de dolor—. ¡Dímelo! ¡¿Quién te lo dio?! Esas palabras... esas palabras son mis entrañas, Eleanor. ¡Nadie debería haberlas leído!
—¡Me llegaron a la torre! —exclamó ella, temblando bajo su presión, sintiendo la violencia de su desesperación—. Si no las enviaste tú, entonces, alguien las sacó de aquí, Julian ¡Yo no sabía que...!
—¡Has profanado mi tumba! —Julian la sacudió ligeramente, su rostro contraído por una agonía que rozaba la locura—. Ese cuaderno estaba bajo llave... es mi mausoleo, mi castigo. ¿Quién te envió mis pecados en un sobre de Manila? ¡Habla!
La mirada de fuego de Julian bajó a los labios de Eleanor, que temblaban violentamente. El odio y la necesidad se mezclaron en el aire, volviendo el oxígeno irrespirable. Ella estaba atrapada, físicamente dominada por un hombre que parecía haber vuelto de entre los muertos sólo para destruirla por haber descubierto que aún tenía alma.
—Julian... me estás haciendo daño —susurró ella, con una lágrima de miedo y excitación rodando por su mejilla.
Él la soltó como si sus manos se estuvieran quemando. Retrocedió dos pasos, jadeando, mirando sus propias manos como si fueran las de un extraño. De pronto, se giró con un movimiento violento, dándole la espalda para ocultar su rostro y el temblor de sus hombros, como si no pudiera soportar que ella lo viera en ese estado. Eleanor se desplomó contra la pared, frotándose las muñecas rojas, observando cómo el gran Julian Thorne se desmoronaba frente a sus ojos.
Eleanor, a pesar del miedo que todavía le aceleraba el pulso, dio un paso hacia él. La manta gris yacía olvidada en el suelo. Ella extendió una mano y, con una lentitud que era casi una súplica, posó sus dedos sobre el antebrazo desnudo de él.
—Julian... escúchame —susurró ella.
Él se tensó. Sus músculos, duros como la roca del acantilado, vibraron bajo el contacto de los dedos delicados de Eleanor. Julian bajó la mirada hacia esa mano pequeña y pálida que se atrevía a tocar su ruina. Luego, lentamente, se giró y subió la vista hacia sus ojos.
No hubo palabras. El odio que Julian sentía por haber sido descubierto se transformó, en un instante, en una necesidad salvaje de silenciar el mundo. La corriente eléctrica que los había rozado antes regresó con la fuerza de un rayo.
Julian soltó un gruñido gutural y, antes de que Eleanor pudiera respirar, la atrapó. Su mano grande se cerró sobre la nuca de ella, atrayéndola con una violencia necesitada. No fue un beso suave; fue una colisión. Sus labios se encontraron con una urgencia que sabía a whisky, a lluvia y a años de soledad contenida.
Él la empujó hacia atrás, su cuerpo masivo aplastando la delicadeza de ella contra la pared de piedra. Eleanor soltó un gemido que se perdió en la boca de Julian, mientras sus manos se enredaban en el cabello de él, tirando con la misma desesperación.
—Maldita seas por venir aquí —masculló él contra sus labios, su voz rota—. Maldita seas por recordarme que todavía siento.
Julian bajó sus manos hasta los muslos de ella, levantándola del suelo con una fuerza asombrosa. Eleanor envolvió sus piernas alrededor de su cintura, sintiendo la dureza de sus pantalones de cuero. Él la llevó hasta la mesa rústica, apartando los papeles y los vasos de un manotazo violento. El estruendo del cristal rompiéndose contra el suelo fue el único aplauso para su caída.
Él la depositó sobre la madera fría. Julian tiró con urgencia del jersey de cachemira, deshaciéndose de la prenda gris en un solo movimiento para llegar a lo que había debajo. Solo sentía el fuego de las manos de él desgarrando la tela de su blusa; los botones saltaron, perdiéndose en las sombras, mientras la prenda se abría de par en par.
Bajo el lino, apareció un corpiño de encaje blanco que apenas lograba cumplir su función. Con cada movimiento agitado de ella, con cada respiración jadeante, sus senos grandes y redondos parecían a punto de desbordar las copas de encaje, tensando la fina tela hasta casi escaparse de su encierro. El contraste era una pintura barroca: la piel blanca y perfecta de ella contra las manos curtidas y oscuras de él, que ya buscaban el camino hacia la piel desnuda.
Julian se detuvo un segundo, jadeando, devorándola con la mirada. —Eres demasiado hermosa para este infierno, Eleanor.
El tiempo pareció detenerse en la penumbra de la cabaña, dejando solo el sonido del fuego y el rugido del mar contra las rocas. Julian, con las manos apoyadas a ambos lados de Eleanor , se quedó inmóvil un segundo, hipnotizado. La luz de las brasas bañaba la piel de ella, otorgándole un brillo ambarino que la hacía parecer una deidad de marfil en medio de aquel desorden de libros y polvo.
Él bajó la mirada, y su respiración se volvió un rugido sordo en sus pulmones. El contraste era casi insoportable: aquel juego de encajes apenas ocultaba los bordes de sus senos, que subían y bajaban con una violencia rítmica. Julian sintió una presión poderosa en su entrepierna, un hambre que amenazaba con devorar su juicio.
Lentamente, como si temiera que ella fuera una alucinación que se desvanecería al tacto, Julian extendió sus manos. Antes de poseerla, sus dedos se detuvieron en la fina línea del encaje; con una parsimonia casi dolorosa, deslizó primero un tirante por el hombro de Eleanor y, tras un segundo de contemplación, bajó el otro, dejando que la prenda perdiera su fuerza.
Solo entonces, sus dedos, curtidos por la sal, la madera y los años de exilio, se cerraron alrededor de cada uno de sus pechos. Los sostuvo con una delicadeza sobrecogedora, una veneración que contrastaba brutalmente con su apariencia ruda y sus hombros macizos.
—Son hermosos... —susurró él, con una voz que era un lamento de puro deseo—. Malditamente hermosos.
Sintió la plenitud de su carne, suave y cálida, llenando sus palmas. Entonces, con un movimiento coordinado, deslizó sus pulgares hacia el centro. Comenzó a rozar los pezones de Eleanor, ambos al mismo tiempo, con una fricción circular y constante.
Eleanor soltó un jadeo eléctrico y se arqueó sobre la mesa. Con cada roce de sus yemas ásperas, sentía una descarga de fuego que nacía en su pecho y moría en su vientre. Cerró los ojos, dejando que la cabeza cayera hacia atrás, mientras Julian aumentaba la presión, apretando la base de sus senos y acariciando la piel sensible a su alrededor con una urgencia creciente.
Él se detuvo un instante para mirarla. Al ver el rostro de Eleanor —los labios entreabiertos, las mejillas encendidas y esa expresión de entrega absoluta—, Julian experimentó una oleada de excitación que lo hizo temblar. Verla desarmada bajo su tacto era la droga más potente que jamás había probado.
No pudo resistir más. Julian descendió su rostro, dejando que su barba rala rozara la piel blanca de ella antes de hundir la cara en su escote. Besó el primero, rodeándolo con su lengua, trazando círculos de fuego que hacían que Eleanor se estremeciera. Luego pasó al otro, repitiendo la caricia con una lentitud tortuosa, saboreando el rastro de la lluvia y el calor de su cuerpo.
Eleanor, perdida en un torbellino de sensaciones, llevó sus manos a la cabeza de Julian, hundiendo los dedos en su cabello espeso y tirando de él hacia sus pechos, forzándolo a seguir, a no detenerse nunca. Cuando él, en un arrebato de posesividad, mordió suavemente sus pezones, Eleanor soltó un gemido que fue un grito de guerra en el silencio de la noche, arqueando su espalda hasta que sintió que el mundo entero desaparecía bajo la boca de Julian Thorne.







