Mundo ficciónIniciar sesiónAlma, con apenas 20 años y un montón de sueños por cumplir, llega a la imponente mansión de los Gutiérrez-Cruz buscando un nuevo comienzo. Huyendo de un pasado que la persigue como una sombra, acepta el trabajo de niñera del pequeño Agustín, un niño de ojos tristes que parece haber sido olvidado en una mansión llena de opulencia, donde abunda el dinero, pero falta lo más importante: el amor. En esta silenciosa mansión, el matrimonio por conveniencia de los Gutiérrez-Cruz se desmorona ante la indiferencia y la falta de conexión. Amaro es un hombre de negocios, con una mirada que carece de alma y una coraza impenetrable, mientras que Mónica, su esposa, absorta en sus compromisos sociales y su propia vanidad, ignora las necesidades de su hijo y la creciente desesperación de su esposo. Alma, con su calidez y su genuina preocupación, irrumpe en la vida de los Gutiérrez-Cruz como un rayo de sol en un invierno perpetuo. Rápidamente establece un vínculo especial con Agustín, y su presencia no pasa inadvertida para Amaro. Ella debe evitarlo, él debe ignorarla, pero la inocencia y la vitalidad de Alma, cualidades que contrastan con la frialdad y la superficialidad de su esposa, lo vuelven imposible. Pronto, la línea entre el respeto y la atracción se difuminará, amenazando con desatar una tormenta de consecuencias impredecibles. Atrapados entre el deber y el deseo, Alma y Amaro se enfrentan a una encrucijada. ¿Serán capaces de desafiar las convenciones sociales y luchar por un amor que parece imposible? ¿O sucumbirán a la presión y renunciarán a la felicidad que han encontrado el uno en el otro?
Leer másAlma caminaba por la acera saboreando el aire en la mañana otoñal que todavía conservaba la frescura de la lluvia de la noche anterior. La humedad seguía respirándose en las calles del pueblo Santa Mariana, y el verdor vibrante de las plantas revivía su espíritu, aunque los charcos y el lodo desafiaban su paso.
Un auto negro, conducido por alguien con más prisa que educación, pasó a toda velocidad sobre un charco y la salpicó de lodo. Faltó poco para que le cayera también en la boca. El auto se detuvo en la otra esquina, afuera de una cafetería. Un joven vestido de traje, elegante y altanero, descendió, y mientras esperaba su café, Alma se acercó, llena de indignación. —¿Podría ser un poco más considerado y no conducir como un salvaje en días de lluvia? —le reclamó—. Es una muestra mínima de civilidad, ¿no lo cree? No vive solo en el mundo, hay más gente en la calle con usted. El hombre la miró con desdén, como si midiera su valía. Debía ser una vagabunda, con lodo moteándole el cabello rubio y escurriéndole por la cara. —Tengo prisa y mi tiempo es más valioso que el tuyo; podrías haber esquivado el lodo —repuso con increíble desparpajo. —¡¿Esquivarlo?! Claro, porque adivinar que en este pueblo le dan licencia de conducir a maleducados, faltos de empatía, es mi súper poder. ¡Y mi tiempo también es valioso! —protestó, fustigada ante tanta arrogancia. ¡Esquivarlo! Decía él. Y de seguro quienes se caían debían esquivar el suelo, y los asaltados debían esquivar las balas. El hombre recibió su café como si nada pasara. Con un billete pagó su compra y le tendió otro a Alma. —Tienes razón, he sido muy maleducado. Toma, para que te compres un vestido mejor que el estropajo que llevas —le lanzó el billete y se fue, sonriendo como si su actuar fuera digno de orgullo o humillarla le divirtiera. Lo que ella debía esquivar era a hombres así, convencidos de que todo podían solucionarlo con dinero; de que todos tenían un precio. Inhalando profundamente, Alma se tragó su rabia o llegaría tarde. Pidió permiso para pasar al baño, donde se limpió la cara, el cabello y trató de hacer lo mismo con su ropa. Solo logró que el lodo se embarrara más, así que se rindió. Con una mezcla de frustración y resignación, tomó un taxi hacia la mansión de los Gutiérrez-Cruz, en las afueras, un destino que prometía nuevas oportunidades y mejores días. Recibida por una sirvienta, fue conducida a una sala amplia y magnífica, donde la señora de la casa la entrevistaría. Toda la decoración revelaba, sin tapujos, que eran una familia acomodada, ya fuera por esfuerzo propio o por herencia. Había gente más afortunada que otra y los menos afortunados, como ella, debían trabajar incluso cuando estaban de vacaciones. Se sentó, intentando cubrir con su bolso las manchas de su vestido. Cuando Mónica Gutiérrez-Cruz llegó, Alma quedó impresionada por su belleza. Ya quisiera ella ese vientre plano y esa cintura de avispa tras haber dado a luz hacía apenas tres semanas. Otra muestra más de que no todos eran igual de afortunados en la vida. Hicieron las presentaciones y comenzó la entrevista. —¿Qué experiencia tienes para el puesto de niñera? —Trabajé tres meses cuidando a dos hermanos, de seis y siete años. La familia se mudó de ciudad por asuntos laborales, por eso postulé al anuncio suyo. Estoy estudiando enfermería, voy en mi tercer año, así que sé de cuidados y los niños me gustan mucho. —¿Cuál es tu disponibilidad horaria? —Estoy de vacaciones en la facultad, así que puedo dedicarme al trabajo en horario completo. Quiero ahorrar para cubrir mis gastos del próximo semestre. Los ojos de Mónica, con apenas unos años más que ella, la escudriñaban tal y como el patán del lodo. Alma se removió, incómoda. —No pareces ser del pueblo. ¿Vives aquí? —No, rento una habitación en Villa Blanca, pero tengo bicicleta, así que puedo venir hasta acá, no hay problema. Normalmente me levanto a las cinco de la mañana para llegar a tiempo a las clases. Siempre y cuando no se encontrara con algún arrogante que le pasara el auto por encima porque «si timpi vili mis qui il mii». Patán. Y decían que la gente de pueblo era más amable que la de ciudad. —Entonces te propongo algo mejor: múdate aquí, te ahorrarás la renta y podré tenerte realmente a tiempo completo, por el doble del sueldo ofrecido en el anuncio. ¿Qué te parece? —¡Acepto! —dijo, sin siquiera pensarlo. Esa suma y por un solo niño era una maravilla, sobre todo considerando que la madre debía estar con permiso laboral de postnatal y tendría que cuidar al bebé solo cuando ella necesitara descansar. Incluso podía adelantar contenidos de sus clases en su tiempo libre. Empezaba a sentirse como una persona afortunada. Siguió a Mónica hasta el segundo piso, donde estaba la habitación del bebé. Desde el umbral, se tomó su tiempo para observarla: una cunita de barrotes blancos, un juguete móvil sobre ella, con pequeños animalitos, un mudador al costado, cerca de la ventana, un estante lleno de productos para bebé y muros decorados con nubes y estrellas. Como broche de oro, una mecedora la llamaba desde el rincón. Tanto amor y ternura en la decoración la hicieron sentir en un mundo mágico. —Alma, te presento a mi hijo, Agustín Ignacio. Una habitación bien decorada solo era eso si quien la usaba no estaba a la altura, pero Agustín Ignacio Gutiérrez-Cruz era una belleza, el pequeño rey de aquella mansión. Y la miraba con unos ojitos que parecían aterrados. A punto estaba de ponerse a llorar. De seguro no le gustaban los extraños. —¿Puedo cargarlo? —preguntó Alma, que ya se estaba echando del alcohol para manos que llevaba en el bolso. —Claro, ese será tu trabajo. Con una sonrisa de oreja a oreja, Alma cogió al niño en sus brazos y le olió la cabeza. —¡El aroma a bebé es simplemente perfecto! —exclamó, y se fue a sentar en la mecedora mientras Mónica sonreía. Tenía miedo de decirlo, porque había cosas que se arruinaban cuando dejaban de estar protegidas en la mente, pero intuía que este sería el mejor trabajo del mundo. —Aquí están sus horarios y en el refrigerador de la cocina está su leche —señaló la madre. —¿Usted no lo amamanta? Es tan pequeño todavía. —Pequeño, pero voraz. Tuve mastitis, así que lamentablemente no puedo amamantarlo, pero me extraigo leche; es prácticamente lo mismo. No, una esteril mamadera no tenía la calidez y suavidad del pecho de una madre. A partir de ese encuentro entre ambos surgía el apego, un vínculo que para un bebé era tan importante como respirar. —Mi abogado trabaja en tu contrato, probablemente lo tendrá listo mañana, para que lo firmes. Sonia, la sirvienta, puede darte un recorrido por la propiedad y mostrarte tu cuarto. Ahora los dejaré, para que se conozcan. Alma asintió, sin intenciones de levantarse porque estaba demasiado cómoda. Los dos solos, arrullados por la mecedora y las aves que trinaban en el exterior, no tardaron en dormirse. Alma se había levantado a las cinco de la mañana por la fuerza de la costumbre, se había peleado con varias personas, incluyendo al patán del lodo, pero ahora solo había paz en aquella habitación con sus nubes y estrellas; era como estar en el cielo. El llanto de Agustín la trajo de regreso a la tierra. Se le había pasado la hora y afuera ya oscurecía. Cambió rápido el pañal del niño, que se había ensuciado, y fue por leche a la cocina. Como había dicho Mónica, en el refrigerador halló varios frascos. Vertió un poco en la mamadera y la puso en el calentador de mamaderas que había junto al microondas. Por la puerta trasera, una mujer apareció con unas bolsas. —¿Eres la niñera? En buena hora llegas. Yo soy Sonia, mucho gusto. Sonia debía tener entre cuarenta y cincuenta años, rizos castaños y un ceño que parecía haberse quedado fruncido para siempre. —Me llamo Alma. Mañana empiezo y me mudaré aquí. ¿Sabes dónde está la señora Mónica? Tal vez quiera darle la leche a Agustín. Sonia soltó una pequeña carcajada que Alma no supo interpretar. —Ella salió y no sé a qué hora vuelve. Yo que tú no la esperaría. ¿Vas a cenar aquí? —No, gracias. Alimentaré a Agustín y me iré, antes de que se me haga más tarde. Sentada en la mecedora, Alma se sorprendió de la avidez con la que el bebé se tomaba su leche. —Con calma o te atragantarás, pequeño. ¿Tenías mucha hambre? Lo siento, no volveré a dormirme; hoy fue un día muy largo, de esos donde te cansas sin hacer mucho. La mamadera se vació, hizo botar al niño los eructos y lo acostó en su cuna. Permaneció cerca por si empezaba a llorar, pero él solo cerró los ojos y se durmió. Con un niño tan bien portado, debía dar gusto ser madre. Bajaba las escaleras cuando el estruendo de un portazo la sobresaltó. Venía llegando a quien le faltaba conocer, el hombre de la casa, con un ánimo de los mil demonios y que era, para su desgracia, el arrogante patán del lodo que debía esquivar. Ahí se iba el mejor trabajo del mundo.Amaro bajó del auto y, tras ver que no había nadie alrededor, bajó a Alma y entró con ella a la iglesia. Su resistencia justo en la entrada lo hizo mirarla y hablar por fin. —Ahora mismo vas a retractarte. La mirada atónita de Alma se encontró luego con la del sacerdote, que llegó a averiguar qué ocurría. No solía recibir feligreses a aquellas horas. —Hijos míos, ¿qué los trae a la casa de Dios? ¿Tienen algún problema? —preguntó, notando el pijama de Alma. Fue Amaro quien contestó. —Vinimos a hablar con Dios, como todos. ¿Está en casa? El sarcasmo en su voz era como una corona de espinas para Alma, guardando las proporciones. Y el sacerdote del pueblo estaría en primera fila en la humillación pública que le tenía preparada. —Dios está en todas partes —repuso el sacerdote. —Sí, pero aquí la señal es más fuerte, como si estuviéramos junto a una antena de telefonía, ¿no? —Amaro, por favor —suplicó Alma. Lo único que quería era irse, pero él le tenía la muñeca sujeta c
Luego de tres largos días, Mónica y Amaro regresaron con Agustín a casa. Su habitación había sido limpiada concienzudamente por Alma, quien tomó nota del tratamiento médico para hacerse cargo, pese a las inasistencias de Mónica para hacerlo ella misma.—Alma estudia enfermería, ¿quién mejor que ella para tratarlo? —explicó Amaro para convencer a la mujer, o terminarían en la clínica con Agustín internado por sobredosis.—Está más delgado y pálido —observó Alma, meciendo al niño, que se sentía más liviano y pequeño.—Dicen que no hay lugar como el hogar. Ahora que está aquí, remontará. Yo mismo me siento muy cansado; el estrés de su enfermedad podría dejarme calvo. ¿Qué vas a hacer al respecto?—Yo no sé nada de peluquería —respondió ella, con ese tono inocente que lo hacía dudar de su astucia. O era ingenua o era muy sucia.Amaro se inclinaba por lo segundo porque resultaba ser lo más conveniente.Se deslizó hacia ella con intenciones de aferrarle una nalga. La puerta se abrió y entró
La mañana halló a Alma tendida en el piso, dormida sobre el tapete junto a la cama. En cuanto sus ojos se abrieron, fue por el teléfono. Se talló los ojos antes de leer los mensajes; estaban hinchados por las lágrimas, que al secarse sobre su rostro lo habían dejado tirante. Inhaló profundamente, recordándole a Dios su promesa y la convicción de cumplirla: su amor a cambio de la vida de Agustín. Un sacrificio insignificante a cambio de una vida. Jefe: Los médicos dicen que pasó una buena noche, pero aún no nos dejan verlo. Alma soltó un suspiro y sonrió. La tensión empezó a diluirse y se sintió molida por haber dormido en el suelo. En ese mismo instante, el vientre le rugió, acometido por un hambre brutal. Desayunaba cuando Sonia llegó y se puso al tanto de lo que estaba ocurriendo. Con la casa vacía, no había urgencia en preparar el almuerzo, así que le propuso ir a la iglesia del pueblo. Ellas salían cuando llegó el auto de Amaro, solo con Mónica en el interior. Sonia le expres
El auto de Amaro se fundía en la negrura a toda velocidad por la carretera. Por todos los medios, Mónica había intentado relativizar el estado de Agustín.«Es una pataleta, nada más que eso», dijo. Hasta de malcriado lo trató.Lo cierto es que Alma le tomó la temperatura y la cifra de 38,5°C dejó en claro su gravedad.—¿Cómo sigue? —preguntó Amaro, al volante.—Mal. Su respiración es cada vez más rápida, sibilante y se le hunden las costillas —dijo Alma, sentada junto a él en la parte trasera.—Pero ya no llora, es buena señal —repuso Mónica, en el asiento de copiloto—. Ya verán que no se trata de nada importante.Su llanto era preferible, pensaba Alma, pues era señal de que todavían le quedaban fuerzas. Ahora el único sonido que hacía era el de su respiración. No abría los ojos ni cuando le humedecía el rostro para bajarle la fiebre. Amaro quería ir hasta la clínica en la ciudad, pero Alma le dijo que pasaran al centro médico del pueblo por una atención más rápida. Probablemente el
Último capítulo