Mundo ficciónIniciar sesiónAlma, con apenas 20 años y un montón de sueños por cumplir, llega a la imponente mansión de los Gutiérrez-Cruz buscando un nuevo comienzo. Huyendo de un pasado que la persigue como una sombra, acepta el trabajo de niñera del pequeño Agustín, un niño de ojos tristes que parece haber sido olvidado en una mansión llena de opulencia, donde abunda el dinero, pero falta lo más importante: el amor. En esta silenciosa mansión, el matrimonio por conveniencia de los Gutiérrez-Cruz se desmorona ante la indiferencia y la falta de conexión. Amaro es un hombre de negocios, con una mirada que carece de alma y una coraza impenetrable, mientras que Mónica, su esposa, absorta en sus compromisos sociales y su propia vanidad, ignora las necesidades de su hijo y la creciente desesperación de su esposo. Alma, con su calidez y su genuina preocupación, irrumpe en la vida de los Gutiérrez-Cruz como un rayo de sol en un invierno perpetuo. Rápidamente establece un vínculo especial con Agustín, y su presencia no pasa inadvertida para Amaro. Ella debe evitarlo, él debe ignorarla, pero la inocencia y la vitalidad de Alma, cualidades que contrastan con la frialdad y la superficialidad de su esposa, lo vuelven imposible. Pronto, la línea entre el respeto y la atracción se difuminará, amenazando con desatar una tormenta de consecuencias impredecibles. Atrapados entre el deber y el deseo, Alma y Amaro se enfrentan a una encrucijada. ¿Serán capaces de desafiar las convenciones sociales y luchar por un amor que parece imposible? ¿O sucumbirán a la presión y renunciarán a la felicidad que han encontrado el uno en el otro?
Leer másSolo Enzo y sus hijos desayunaban en el comedor. De su madre no sabía y prefería no saber; su padre obedecía el reposo indicado por el médico y comía en su habitación. Si su esposa llegó por la noche, no la sintió, tampoco cuando se levantó.A Stefano lo había sentido llegar; su borrachera solía ser muy escandalosa. En cuanto a su hermana, de seguro comería en su habitación para que nadie la viera.—¿Por qué debo comer verduras al desayuno? Son para el almuerzo —reclamó Federico.—Si nos dan verduras, podrían darnos papas fritas, que también son para el almuerzo —indicó Tomás.—También podría darles esa sopa de espinaca que prepara Rita, así que no reclamen. Dense prisa, que ya deben irse a la escuela.—¿Y por qué tenemos que ir a la escuela? —cuestionó ahora Federico.—¿O van a la escuela o trabajan? Y son muy pequeños para trabajar; nadie los contrataría.—El tío Stefano no va a la escuela y tampoco trabaja —puntualizó Tomás.—Yo quiero ser como el tío Stefano.—Nadie debe ser como
Marianela llamó a la puerta antes de entrar a la habitación de su esposo. Lo encontró sentado en el sillón junto al librero. —El médico dijo que debías descansar, pero oigo tus pisadas ir de un lado a otro. ¿Será acaso tu conciencia la que no te da paz? Valentino rodó los ojos. Recién la veía y ya estaba cansado de oírla. —No digas estupideces. Estoy aburrido, eso es lo que pasa. No tengo la costumbre de pasarme tanto tiempo en la cama; sabes que apenas duermo. —Yo creo que es tu conciencia negra. Al menos tu enfermedad ha servido para que todos volvamos a estar juntos. Nuestros nietos alegran la casa. —Intenta no estar borracha, para que puedas aprovecharlos. Un día se te pasará la resaca y los niños ya serán grandes, como te pasó con nuestros hijos —señaló, viéndola perder la calma. —¿Qué sabes tú de mi relación con los muchachos? No sabes nada, nunca has sabido nada, pero crees que lo sabes todo. Ni enfermo te vuelves un poco más humano. —Sí, Marianela, soy un robot.
El abrupto fin de la fiesta no impidió que algunos invitados permanecieran en la terraza y disfrutaran de la comida y la bebida. Todo el clan Costa agradeció tener una enfermera en casa que le diera a Valentino los primeros auxilios, salvo Marianela, que estaba demasiado ebria como para darse cuenta de nada. —Al parecer, la carne asada todas las semanas no es tan buena como parecía. Tendré que reducir porciones; el médico me dio una lista con lo que debo y no debo comer. Como si se pudiera vivir de lechuga —comentó Valentino de regreso en casa, luego de casi una semana en el hospital. —Aquí dice que debes evitar el alcohol —leyó Stefano, y Valentino se vio más indignado todavía. —Mira que atreverse a decirle eso Valentino Costa, uno de los empresarios vitivinícolas más importantes del país. Empecé a probar el alcohol a los diez años, con su abuelo; es como agua para mí. —El tratamiento para la angina inestable requiere reducción de grasas saturadas, sal y azúcares, dejar el con
Los invitados seguían llegando a la casona de la familia Costa. Corriendo como si no hubiera un mañana, los gemelos iban de un lado a otro, con Enzo tras ellos. Catalina había entrado a la casa porque en el exterior no tenía señal. Un mesero los esquivó, evitando por poco que se le cayera la bandeja llena de copas que cargaba. Enzo se disculpó con una mueca y buscó por los alrededores a los niños. Los vio ocultarse debajo de una mesa. Para allá iba cuando en su camino se cruzó Venecia, a quien casi tiró al suelo. Alcanzó a afirmarla rodeándola de la cintura. —¿Estás bien? No te vi, discúlpame. Iba tras los niños. —Tranquilo, no fue nada. Debe ser difícil tener niños pequeños, sobre todo si son tan enérgicos. Tomás y Federico salieron de debajo de la mesa y corrieron hacia el arco de globos por el que pasaban los invitados. Casi tiraron a unos ancianos, pero Enzo ya había encontrado una buena razón para ignorarlos. —Ni te imaginas lo que es, y tenían que salirme dobles. ¿Qui





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