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Capítulo 4. Cenizas de Orgullo.

Julian Thorne soltó un suspiro pesado, una mezcla de derrota y furia contenida. Dio un paso atrás y tiró de la pesada puerta de roble, abriéndola de par en par. El chirrido de las bisagras sonó como un lamento en medio del silencio de la niebla.

—Pase de una vez —gruñó, dándole la espalda antes de que ella pudiera siquiera darle las gracias.

Eleanor entró atropelladamente, casi tropezando con el umbral. En cuanto la puerta se cerró tras ella, el cambio de temperatura la golpeó, pero no fue suficiente para detener sus escalofríos. Estaba empapada; la humedad de Cornualles había penetrado las fibras de su abrigo, convirtiéndolo en una armadura de hielo.

—Dios mío... —logró articular, con los dientes castañeando de forma incontrolable.

Dejó caer su bolso de diseñador en el suelo de piedra sin importarle el precio. Instintivamente, empezó a frotarse los brazos con frenesí, moviendo las manos de arriba abajo sobre sus hombros, tratando de generar un ápice de fricción. Encogió el cuello, hundiendo la barbilla en el pecho, mientras daba pequeños saltitos sobre sus pies para recuperar la circulación en los dedos.

Se acercó a la chimenea como si fuera un altar sagrado. Se inclinó sobre las brasas, extendiendo las manos con los dedos abiertos. Sus uñas, pintadas de un rojo perfecto, temblaban violentamente. Inhaló el aire caliente con avidez, soltando un vaho blanquecino, y empezó a frotarse las palmas, llevándoselas después a las mejillas para intentar devolverles el color.

Julian la observaba desde las sombras del rincón, con los brazos cruzados sobre su pecho ancho. Su mirada recorría la figura de Eleanor: el desorden de su cabello, las gotas de agua que resbalaban por su cuello y cómo su ropa cara se pegaba a sus curvas, revelando más de lo que ella hubiese querido.

—Quítese ese abrigo. Solo servirá para que enferme más rápido si lo deja puesto —dijo él, su voz un poco menos áspera, pero igual de distante.

Eleanor lo miró por encima del hombro. El contraste no podía ser mayor: ella, una visión de lujo desmoronado bajo el frio, y él, un hombre que parecía haber crecido de la misma piedra de la cabaña.

—Necesito... necesito algo caliente —logró decir ella, ignorando su orden por un momento, mientras seguía encorvada frente al fuego.

Julian soltó un bufido de impaciencia, pero dio un paso adelante. Sus botas pesadas resonaron en el suelo de piedra hasta que quedó justo detrás de ella. Eleanor sintió su calor antes de que él la tocara; era como estar cerca de un horno encendido.

—He dicho que se lo quite —ordenó él, esta vez con una voz más baja, que le erizó el vello de la nuca.

Sin esperar respuesta, las manos de Julian se posaron sobre los hombros de Eleanor para deslizar el abrigo empapado. Sus dedos eran grandes, toscos y cálidos. Al contacto, Eleanor soltó un gemido ahogado que no fue solo por el alivio del peso. La chaqueta Barbour, rígida por el agua, resbaló por sus brazos hasta amontonarse en el suelo con un chapoteo pesado. Julian se detuvo un segundo, sus manos apretando suavemente el jersey de cachemira.

—Está temblando como una hoja —murmuró él, y por primera vez, la amargura en su voz fue reemplazada por una curiosidad peligrosa.

Él la obligó a girarse. Eleanor quedó atrapada entre el fuego de la chimenea y el cuerpo de Julian. La luz de las llamas bailaba en el rostro de él, resaltando la dureza de su mandíbula y la profundidad azul de sus ojos.

—¿Por qué has venido realmente, Eleanor? —preguntó Julian, dando un paso más, invadiendo su espacio personal hasta que sus pechos rozaron el torso firme de él.

Eleanor sintió que el frío desaparecía, sustituido por un incendio interno. La había recordado. Alzó la vista, encontrando los labios de Julian a escasos centímetros de los suyos. El olor a lluvia, madera y hombre la mareaba.

Julian soltó una maldición entre dientes. Su mano, grande y firme, subió por el cuello de Eleanor hasta enredarse en su cabello, tirando de él ligeramente hacia atrás para exponer su garganta.

La atmósfera en la cabaña se volvió eléctrica, una cuerda tensada a punto de romperse. Julian sintió el pulso de Eleanor latir contra su palma y, por un instante, el vacío de sus últimos años fue devorado por el calor de la mujer que tenía enfrente. Una corriente de deseo puramente animal le recorrió la columna, recordándole que seguía vivo, que seguía siendo un hombre de carne y hueso.

Pero justo cuando su rostro se inclinaba hacia el de ella, Julian reaccionó como si hubiera tocado hierro al rojo vivo.

Se apartó bruscamente, soltando el cabello de Eleanor con una violencia que la hizo tambalear. Sus ojos azules, antes cargados de una lujuria sombría, se transformaron en dos puñales de hielo. La culpa y el odio hacia sí mismo por haber bajado la guardia lo golpearon con más fuerza que la tormenta exterior.

—Maldita sea —gruñó, girándose sobre sus talones.

Cruzó la estancia con zancadas pesadas hacia un viejo baúl de madera reforzada con hierro que descansaba bajo una ventana empañada. Lo abrió de un tirón y extrajo una manta de lana gruesa, áspera y pesada, de color grisáceo. Regresó hacia ella, pero no se acercó. Se la lanzó con un gesto seco, casi con asco.

—Cúbrete —espetó, su voz recuperando toda su aspereza—. Te doy unos minutos para que recuperes el aliento y dejes de tiritar, y después te lárgas de aquí. No me importa si tienes que dormir en tu coche de lujo o si el mar te traga en el camino de vuelta.

Eleanor, aturdida por el cambio repentino y con el corazón martilleándole en las costillas, atrapó la manta al vuelo. La lana picaba contra su piel húmeda, pero se envolvió en ella con avidez, hundiéndose en su peso. El olor de la manta era igual al de él: humo, sal y soledad.

—Julian, escucha... —intentó decir ella, pero su voz sonó rota.

—No quiero escucharte, Eleanor.

Julian le dio la espalda por completo. Caminó hacia un sillón de cuero descolorido y agrietado que estaba frente a una pequeña mesa llena de ceniceros y papeles amarillentos. Se desplomó en él, hundiendo su cuerpo ancho en el asiento. Tomó una botella de cristal oscuro que estaba en el suelo, se sirvió un trago generoso en un vaso sucio y fijó la vista en la penumbra de la habitación, ignorando deliberadamente la presencia de la mujer que, a pocos metros, intentaba desesperadamente recomponer los pedazos de su dignidad.

Eleanor lo observó desde el calor de la chimenea. El hombre que tenía delante era un náufrago en su propio infierno, y ella acababa de darse cuenta de que, para sacar a Julian Thorne de allí, tendría que quemarse con él.

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