Mundo ficciónIniciar sesión—No debiste venir —susurró ella, sin atreverse a mirarlo. Darren no respondió. Cerró la puerta tras de sí, como si con eso clausurara todo lo que dolía. —¿Y dejar que te casaras con ese imbécil sin decir nada? —sus ojos se clavaron en los de ella—. No. No podía. Leiah retrocedió un paso, pero él la siguió, con esa mezcla de rabia y ternura que la hacía temblar. —Todo fue real, ¿verdad? —preguntó él, apenas un murmullo—. Tus besos, tus risas, tus promesas… —Darren, por favor… —¡Dímelo, Leiah! —explotó, desgarrado—. ¿Fui solo una distracción antes de que te pusieran el anillo? Ella se rompió. Las lágrimas brotaron sin permiso. —¡No! ¡Claro que no! —jadeó—. Te amé. Te amo. Pero no puedo… —¿Por qué? ¿Porque ahora resulta que somos hermanos? —escupió con amargura—. ¿Porque nuestros padre decidió arruinarlo todo con sus secretos? Un silencio brutal los envolvió. —Si me lo pidieras… —susurró ella, temblando—. Si me dijeras que huya contigo, lo haría. Él la miró, como si esa confesión lo partiera en dos. —Pero no puedo salvarte —dijo, con la voz rota—. Porque si lo hago… me destruyo.
Leer másLa tarde caía con un resplandor dorado sobre la villa privada en la campiña francesa.A lo lejos, los viñedos se mecían suavemente con el viento de primavera, y los rosales trepaban por los muros de piedra como si la naturaleza entera hubiera decidido bendecir ese día.El aire olía a lavanda y champaña.Leiah, vestida con un vestido marfil de encaje fino y espalda descubierta, avanzaba por el jardín entre los destellos de las luces suspendidas en los árboles.Su sonrisa era leve, casi incrédula, como si no terminara de aceptar que, después de todo lo vivido, por fin llegaba ese instante.Darren la esperaba bajo un arco cubierto de flores blancas.Su traje negro contrastaba con el entorno, pero sus ojos, encendidos de emoción, parecían el punto más luminoso de todo el paisaje.Los invitados —pocos, íntimos— contenían el aliento.Eva y Johan, juntos otra vez, se miraban con complicidad desde la primera fila. Katherine, con su hijo de la mano, sonreía con sinceridad. Había aprendido a de
Leiah despertó entre luces suaves y un murmullo de voces apagadas. El olor a desinfectante y la sensación de vacío en el pecho la hicieron entender que algo había pasado. Tardó unos segundos en recordar… el dolor, la sangre, el miedo, el grito de Darren. Una enfermera la vio abrir los ojos y sonrió con calma. —Sus bebés están estables, madame. Fueron fuertes, igual que usted. Leiah dejó escapar un sollozo, apenas audible. Sus manos buscaron a tientas el borde de la cama, como si necesitara asegurarse de que seguía ahí. —¿Y Alexei? —preguntó con voz débil. La enfermera dudó antes de responder. —Se retiró esta mañana. Dejó todo cubierto y… una carta para usted. El sobre descansaba sobre la mesita junto al ramo de flores blancas. Con manos temblorosas, Leiah lo abrió. > “No puedo quedarme a ocupar un lugar que no me pertenece. Te amé, Leiah, con la misma devoción con la que se ama una causa perdida. Pero este no es mi destino ni el tuyo. Cuida a los niños. No me busques.
La noche era larga, y París parecía respirar con la misma agitación que Leiah.Sentada en el borde de la cama, con una mano sobre el vientre, repasaba cada palabra que Darren había dicho. Intentaba convencerse de que todo seguía igual, que su vida estaba bajo control, que el amor —ese que había querido enterrar— no podía volver a arrastrarla.Pero el temblor en sus manos la traicionaba.No podía dejar de pensar en sus ojos, en el modo en que la había mirado, como si el tiempo no hubiera pasado.Alexei la observaba desde la puerta. Llevaba horas callado, sin atreverse a romper ese silencio que se había vuelto un muro entre ellos.—No vas a dormir, ¿verdad? —preguntó finalmente.Ella negó, sin levantar la vista.—No puedo.Alexei dio un paso dentro de la habitación. Su voz sonó cansada, sin rencor.—Dime algo, Leiah. ¿Ese hombre… Darren… es el padre de los gemelos del que siemprete niegas a hablar?¿ Lo sigues amando?Ella levantó la mirada, sorprendida. En sus ojos no había rabia, solo
El aire de París olía a lluvia. Las hojas húmedas del jardín crujían bajo sus pasos cuando Darren se detuvo a unos metros de ellos. Por un momento creyó estar soñando. Esa mujer, con un abrigo color crema y el cabello recogido, reía con suavidad mientras el hombre a su lado le ayudaba a sentarse en un banco. Pero no era un sueño. Era ella. —Leiah —pronunció, y su voz le salió quebrada. Ella giró, sorprendida. El rostro se le descompuso en una mezcla de incredulidad y miedo. Darren la miraba sin atreverse a moverse. Leiah, con una mano en su vientre y la otra aferrada al brazo del hombre junto a ella, parecía dividida entre la sorpresa y el miedo. —¿Darren? —susurró. Alexei la miró de inmediato, confundido, mientras el nombre resonaba en el aire como un golpe seco. Fue el primero en reaccionar. —¿Quién es él? —preguntó el ruso, con un tono firme, protector. Darren apenas podía apartar la vista del vientre de Leiah, redondo, prominente, casi a término. Su re
Último capítulo