Mundo ficciónIniciar sesión«Prefiero los huesos de tu amiga antes que ahogarme en tu grasa». Esas fueron las palabras que mi esposo, Gael, usó para describirme mientras me traicionaba con mi mejor amiga en mi propia fiesta de cumpleaños, humillada, gorda y con el corazón roto, huí bajo la lluvia buscando desaparecer. Terminé en un bar, empapada y descalza, donde un desconocido de ojos grises no me miró con asco... me miró con hambre. Para él no era una "vaca", para él, mis curvas eran un banquete y él se moría de ganas de devorarme y me dio la noche de pasión más sucia y sagrada de mi vida, haciéndome sentir una diosa. Pero al amanecer, la realidad me golpeó, mi salvador no es un desconocido, su nombre es León Armand, es el multimillonario más temido de la ciudad y es el tío de mi esposo. Ahora, Gael me ha dejado en la calle y sin dinero, mi única salida es aceptar la mano del diablo: León me ofrece protección y la venganza perfecta contra su sobrino. El precio es sencillo: debo fingir ser suya frente al mundo, el problema es que, cuando estamos a solas, fingir es lo último que hacemos. ¿Te atreves a entrar en la boca del lobo?
Leer másLa faja me cortaba la respiración, clavándose en mis costillas como un corsé medieval, pero sonreí, era mi cumpleaños, y en el mundo de los Armand, la sonrisa era parte del uniforme.
Estás encorvada, Nuria —susurró Gael a mi oído, su mano apretando mi cintura con una fuerza que no era cariño, sino advertencia—. Enderézate, ese vestido crema te hace ver… ancha y lo último que necesitamos es que los socios piensen que te has abandonado.
Me enderecé de golpe, sintiendo cómo la sangre se me subía a las mejillas.
Lo siento —murmuré, alisando la tela holgada del vestido que él mismo había elegido para "disimular mis excesos".
Hazlo por mí, cariño. —Gael me dio un beso rápido en la sien, frío y seco, antes de subir al escenario—. Recuerda: nada de pastel.
Lo vi alejarse, tan guapo, tan perfecto en su traje italiano, a mi alrededor el salón de baile de nuestra mansión en Puerto Andraka brillaba con lámparas de cristal y joyas caras, yo me sentía una impostora, una mancha grande y torpe en un lienzo inmaculado.
Irene, mi mejor amiga, apareció a mi lado con una copa de champán, llevaba un vestido rojo sangre, tan ajustado que se le marcaban las costillas.
Feliz cumpleaños, gordita —dijo con esa dulzura venenosa que yo siempre confundía con confianza—. ¿No te asfixias con tanta tela? Deberías haberte puesto el rojo que te dije.
Gael dice que este es más… elegante —respondí, bajando la mirada.
Claro, Gael siempre cuidando que no hagas el ridículo, tienes suerte de que te quiera tanto, a pesar de… bueno, de todo.
Antes de que pudiera responder, la voz de mi marido resonó por los altavoces.
¡Por Nuria! —brindó, alzando su copa hacia mí—. Por la mujer que sostiene mi hogar.
Todos aplaudieron y yo bebí un sorbo de agua, porque el champán tenía "demasiadas calorías", y sentí una lágrima de gratitud. «Él me ama», pensé. «Es duro conmigo porque quiere que sea mejor».
La fiesta siguió, Gael desapareció una hora después, alegando una llamada urgente de inversores, esperé un poco y decidí subir a buscarlo para agradecerle el collar de diamantes que me había enviado esa mañana, quería intentar, por una vez, que me mirara con deseo y no con crítica. Subí la escalinata de mármol, el pasillo estaba en silencio, pero al acercarme a su despacho, escuché risas y gemidos.
La puerta estaba entreabierta, mi corazón se detuvo. «No entres, si entras, te mueres».
Pero entré.
Gael estaba sentado en su escritorio de caoba, Irene estaba sobre él, con el vestido rojo subido hasta la cintura, moviéndose con frenesí, las manos de mi marido apretaban esas caderas huesudas con una pasión que jamás me había demostrado a mí.
Dime que te gusta más —jadeó Irene, echando la cabeza hacia atrás.
Me encantas —gruñó Gael—. Eres ligera, estética y perfecta.
¿Y ella?
¿Nuria? —Gael soltó una risa cruel que me heló la sangre—. Acostarme con ella es como ahogarse en grasa, es una vaca, nena, no veo la hora de conseguir su firma para los terrenos y dejarla en la calle.
El mundo se me cayó encima.
No fue la infidelidad, fue el asco, la forma en que hablaba de mi cuerpo, ese cuerpo que él había jurado amar en el altar, se me escapó un sollozo ahogado.
Gael levantó la vista, sus ojos se encontraron con los míos, no hubo culpa solo fastidio.
Vaya —dijo él, empujando a Irene suavemente para que se bajara—. La espía.
¿Cómo pudiste? —susurré, temblando—. Es mi cumpleaños… es mi mejor amiga.
No hagas un drama, Nuria —dijo Irene, alisándose el vestido sin una pizca de vergüenza—. Gael necesita una mujer que lo represente, no una que tenga que esconder bajo metros de tela, hazte un favor y acepta tu lugar.
¿Mi lugar? —La furia estalló en mi pecho, caliente y violenta—. ¡Mi lugar es esta casa! ¡Son mis terrenos!
Que pronto serán míos —interrumpió Gael, abrochándose el pantalón con calma—. Y si te vas ahora, te aseguro que tu padre se enterará de lo inestable que estás, nadie te creerá, Nuria, eres patética.
Me miró con tal desprecio que sentí ganas de vomitar.
Quédate con él, Irene —escupí, retrocediendo—. Se merecen el uno al otro.
Me di la vuelta y corrí.
¡Si cruzas esa puerta no vuelvas! —gritó Gael.
No me detuve, bajé las escaleras, crucé el salón ignorando los gritos de los invitados y salí a la noche. Llovía a cántaros en Puerto Andraka, el agua empapó mi vestido crema al instante, pegándolo a mi cuerpo, a esas curvas que tanto odiaban, corrí hasta que los tacones se me rompieron, me los quité y seguí descalza, llorando, mezclando mis lágrimas con la lluvia, me sentía sucia, fea y gorda.
Llegué al puerto viejo, guiada por las luces de neón. VELVET, un bar, un lugar donde nadie me conocía y entré temblando, empapada, con el maquillaje corrido y el alma rota, me acerqué a la barra, sintiendo las miradas de burla.
Un whisky doble —pedí con voz rota.
Me bebí el licor como si fuera veneno para matar a la vieja Nuria, me arranqué el anillo de diamantes y lo tiré sobre la madera.
¿Mala noche? —preguntó una voz a mi lado.
Giré la cabeza.
En la penumbra, un hombre me observaba, no podía ver bien su rostro, solo unos ojos grises, tormentosos y profundos pero lo que me impactó no fue su mirada, sino cómo me miraba, no había asco, no había burla, sus ojos recorrieron mi vestido mojado, deteniéndose en mi pecho agitado, en mi cintura, en mis caderas y vi… hambre, un deseo crudo y oscuro que me hizo estremecer.
No tienes idea —respondí, hipnotizada por esa mirada que parecía desnudarme y adorarme al mismo tiempo.
No sabía quién era, no sabía que ese hombre era el dueño de la ciudad, ni que llevaba mi mismo apellido político, solo supe que, por primera vez en mi vida, alguien me miraba como si yo fuera el pecado más delicioso del mundo.
Y yo estaba lista para dejarme devorar.
El sol se hundía en el mar tiñendo el cielo de naranja quemado, era el único momento del día en que los guardias de Konstantin se retiraban al perímetro exterior y dejaban a la pareja respirar.León encontró a Nuria apoyada en la barandilla, mirando las olas con una mano en el vientre, llevaba un vestido sencillo de lino que se movía con la brisa, parecía tranquila, pero León conocía esa tensión en sus hombros, era la tensión de quien se sabe observada.Se acercó por detrás y la rodeó con los brazos, apoyando la barbilla en su hombro.—¿Te escondes? —preguntó él.—Intento recordar cómo sonaba esta casa antes de que se convirtiera en un cuartel general —dijo ella, apoyándose en él—. Mi padre ha traído a un sastre italiano esta tarde, quiere que elija telas para el vestido, ni siquiera me ha preguntado si quiero llevar blanco, marfil o rojo.León la giró suavemente para que lo mirara.—Olvida a tu padre un minuto, olvida la seguridad, los rusos y la fecha en el calendario.Metió la mano
León se sirvió un whisky, eran las diez de la mañana, pero daba igual. En su casa ya no mandaba él, mandaba un ruso con bastón, Alex estaba castigado en su cuarto sin Tablet, Nuria dormitaba en el salón vigilada por dos tipos que parecían armarios empotrados.La puerta del despacho se abrió sin llamar por supuesto, Konstantin entró y cerró con cuidado, caminó hasta el escritorio y se sentó en el sillón de visitas como si fuera el dueño del edificio.—Alex está bien —se adelantó León—. Fue un error darle la Tablet, no volverá a pasar.—El niño es un niño —dijo Konstantin—. La culpa es de los padres que no vigilan, pero eso ya está arreglado, he cortado el internet por lo pronto.—Genial vivimos en una cueva.Konstantin ignoró el comentario, se apoyó en su bastón y miró a León a los ojos.—Tenemos otro asunto, el bebé.León soltó el vaso.—Nuria está bien.—No hablo de salud, hablo de papeles, ese niño lleva mi sangre y no voy a permitir que nazca como nació Alex.—¿Cómo nació Alex? —pr
Nuria miró su taza con ganas de llorar, no había café solo un té de hierbas verde que olía a césped cortado, extendió la mano hacia la cafetera, pero una mano enguantada se la retiró suavemente antes de que pudiera tocarla.—El doctor Hoffman ha sido claro, hija —dijo Konstantin desde la cabecera de la mesa, sin levantar la vista de su periódico—. Nada de cafeína porque altera el ritmo cardíaco del feto.Nuria retiró la mano, frustrada.—Papá es solo una taza, llevo tomando café toda mi vida.—Y ahora llevas una vida dentro. —Konstantin pasó la página—. Bebe el té, es bueno para las náuseas.León entró en el comedor abrochándose los gemelos de la camisa y vio la cara de amargura de su mujer y el té verde, vio a los dos guardias rusos apostados en la puerta del comedor como si fueran parte de la decoración, el ambiente en su propia casa era irrespirable.—Buenos días —dijo León, dándole un beso en la cabeza a Nuria—. ¿Dónde está Alex?—En su cuarto, llorando —respondió Nuria por lo baj
León sintió cómo Nuria se le escurría de las manos, se había puesto pálida de golpe, como si alguien hubiera apagado la luz dentro de ella.—Voy a llamar a un médico —dijo él, buscando el teléfono en la mesita a tientas.—No. —Nuria le agarró la muñeca, tenía la piel fría—. No quiero más gente aquí, ya hay suficientes rusos armados en el jardín.—Nuria, estás temblando. Has pasado por mucho estos días y tu cuerpo te está pasando factura.Ella se sentó en el borde de la cama, respirando hondo para que el mundo dejara de dar vueltas, lo miró y León vio algo en sus ojos que no era miedo, era una mezcla de anticipación y risa nerviosa.—No es estrés, León —susurró. Se llevó una mano al vientre—. Llevo días así, las náuseas por la mañana, el café que me huele fatal… Pensé que eran los nervios del juicio, pero mis cuentas no fallan.León se quedó de piedra y por instinto bajó la vista a la mano de ella, luego a sus ojos. El silencio en la habitación cambió.—¿Estás diciendo que…? —No se atr
Celdas de aislamiento. 03:00 AM.Vólkov se paseaba por la celda, hacía frío y llevaba horas esperando a su abogado.La puerta metálica se abrió con un chirrido.Vólkov se giró esperando ver a alguien con un maletín, pero vio un bastón de ébano golpear el suelo de cemento, Konstantin entró sin escoltas, solo él y su abrigo gris. Vólkov sintió que se le secaba la boca.—Señor… —susurró—. Gracias a Dios, sabía que vendría, todo ha sido un malentendido. Rafael me mintió sobre la chica.—Cállate, Dimitri —dijo Konstantin. Su voz no tenía rabia, solo un cansancio infinito—. Me duele la cabeza de escucharte mentir durante treinta años.Konstantin se sentó en el único taburete de la celda y lo miró como quien mira una foto vieja que ha perdido el color.—Me dijiste que Estefany era feliz y que la niña era hija del imbécil de Rafael, me hiciste enviar dinero para protegerlas y tú permitiste que vivieran un infierno.—Lo hice por usted —lloró Vólkov, cayendo de rodillas—. No quería que sufriera
El sonido de los pasos de Bruno Vane resonó en el pasillo de hormigón, el guardia abrió la celda de León. León estaba sentado en el catre, con la barba de tres días y los ojos hundidos, pero su mirada seguía siendo la de un león enjaulado, no la de un hombre derrotado.—¿Nuria? —fue lo primero que preguntó. No le importaba su fianza, ni su dinero, solo Nuria.—Nuria es la mujer más valiente que he conocido o la más loca —dijo Bruno, sentándose en el único taburete—. Ha salido en todas las cadenas nacionales y ha mostrado el Libro Negro, ha desafiado a Vólkov a cara descubierta.León cerró los ojos, sintiendo una mezcla de orgullo y terror absoluto.—La van a matar, Vólkov no perdona.—Vólkov está ocupado intentando salvar su propio pellejo —dijo Bruno, bajando la voz—. Pero hay algo más, mis fuentes en la inteligencia dicen que ha llegado un avión privado al aeropuerto de Andraka esta mañana con matrícula suiza.—¿Quién?—Nadie lo sabe, pero los registros de vuelo están bloqueados al
Último capítulo