La tarde caía con un resplandor dorado sobre la villa privada en la campiña francesa.
A lo lejos, los viñedos se mecían suavemente con el viento de primavera, y los rosales trepaban por los muros de piedra como si la naturaleza entera hubiera decidido bendecir ese día.
El aire olía a lavanda y champaña.
Leiah, vestida con un vestido marfil de encaje fino y espalda descubierta, avanzaba por el jardín entre los destellos de las luces suspendidas en los árboles.
Su sonrisa era leve, casi incrédula