Mundo ficciónIniciar sesiónEn el corazón helado de Rusia, dos mundos destinados a chocar comienzan a arder. Alexandra Morgan, una brillante mujer de negocios, elegante y estratega, es enviada al mundo del comercio internacional con una misión clara: expandir el imperio Morgan en tierras peligrosas. Pero lo que no esperaba era toparse con el rey indiscutible de los bajos fondos rusos: Mikhail Baranov, un hombre tan letal como irresistible. Dueño de una red de poder que se extiende más allá del negocio legal, Mikhail se rige por su propia ley, y jamás ha permitido que una mujer lo desestabilice. Hasta que Alexandra aparece con su inteligencia afilada y su encanto implacable, arrastrándolo a un juego de deseo, dominio y peligro. Entre reuniones empresariales, besos que arden más que el vodka ruso, y enemigos que observan en las sombras, Alexandra y Mikhail deberán decidir si su alianza será solo de poder… o si están destinados a caer el uno en los brazos del otro, incluso cuando todo a su alrededor grite lo contrario. ¿Puede el amor florecer entre el hielo y el fuego, entre la ambición y la traición?
Leer másEl otoño había llegado con un silencio que hablaba por sí mismo. Las olas golpeaban la costa con suavidad, y el viento traía consigo el aroma de las hojas secas y del café recién hecho que se filtraba desde la cocina de la mansión. La Isla, aquella joya escondida del mundo, seguía siendo tan perfecta como el primer día que Mikhail Baranov la vio con los ojos de un hombre que había dejado atrás el infierno.El mar, ese testigo inmutable de sus decisiones, se extendía ante la ventana de su despacho. Mikhail lo observaba en silencio, con las manos apoyadas sobre el escritorio de madera oscura. Habían pasado seis años desde que había cerrado el capítulo más peligroso y sangriento de su vida. Seis años desde que el nombre Baranov dejó de resonar en los rincones del Inframundo ruso.Ahora, ese mundo se encontraba bajo el dominio de los propios políticos, que jugaban con las sombras como si fueran piezas de ajedrez. El Inframundo se había vuelto un tablero sin alma, sin la antigua sangre que
El sol se filtraba con suavidad a través de los ventanales de la villa frente al mar. La luz del amanecer se reflejaba en los suelos de madera clara, en el perfume tenue de las flores que Alexandra había dispuesto en jarrones, y en el murmullo sereno del mar que rompía a lo lejos. Aquel rincón del mundo, escondido en una isla fuera de los radares y las prisas, era el refugio de la familia Baranov.Emilia daba sus primeros pasos aquella mañana. Entre risas y tambaleos, su diminuto cuerpo avanzaba de los brazos de Mikhail hacia los de Alexandra, envuelta en un vestido blanco con bordes de encaje que resaltaban la suavidad de su piel. Tenía los ojos de su padre: azules, serenos, con ese brillo que parecía contener todas las historias del mundo.—Muy bien, mi pequeña princesa —murmuró Mikhail alzándola en brazos, con una sonrisa que le nacía desde el alma. La giró en el aire, y Emilia soltó una risita cristalina que llenó la casa de una alegría pura, casi sagrada.Alexandra los observaba
La isla estaba sumida en el murmullo de la noche veraniega. El aire cálido traía consigo la fragancia del mar mezclada con el aroma de los jardines que rodeaban la mansión. La luna se alzaba majestuosa sobre el horizonte, reflejando un hilo plateado en la superficie del océano. Mikhail Baranov, vestido con un traje oscuro impecable, se apoyaba en el ventanal de su despacho, con la vista fija en el agua que se mecía bajo la brisa.Habían pasado nueve meses desde que él y Alexandra habían consolidado su vida juntos en la isla. La transformación de Mikhail no era solo física, sino profunda: la muerte y el peligro que los habían perseguido habían quedado atrás, y en su lugar surgía un hombre distinto. Su aura de poder y autoridad seguía intacta, pero ahora acompañada de una serenidad que lo hacía imponente y confiable a la vez.Sus negocios se habían expandido cuidadosamente, siempre bajo su control y su estrategia meticulosa. En España, trabajaba a través de Naven Fort. En Inglaterra, Al
La noche los envolvía con el rumor del mar y la brisa salada que rozaba las cortinas abiertas de la cabaña. Afuera, las olas golpeaban con suavidad la orilla, como si el océano quisiera acompañar el compás lento de sus corazones. La luna, inmensa y plateada, se erguía en lo alto del cielo, derramando su luz sobre el techo de madera y sobre los cuerpos que respiraban el mismo aire, el mismo instante.Mikhail cerró la puerta detrás de ellos.El sonido del pestillo se perdió entre los susurros del mar.Por un momento, ninguno habló. El silencio era casi sagrado.Alexandra permaneció de pie junto a la ventana, observando el reflejo plateado del agua que se extendía hasta perderse en la oscuridad. Su vestido blanco caía como un velo sobre su piel, y el leve temblor de sus manos revelaba que todavía no lograba creerlo: estaba casada con el hombre que durante años había sido su mayor temor, su mayor interrogante… y ahora, su esposo.Mikhail se acercó despacio, sin romper la calma, como si te
El amanecer se alzaba sobre la isla con un resplandor dorado, filtrándose entre las nubes suaves que aún guardaban restos de la lluvia nocturna. El aire olía a sal, a flores frescas y a promesas nuevas. Desde el acantilado, podía verse la iglesia blanca que dominaba el horizonte: una construcción antigua, de piedra clara, con vitrales que atrapaban la luz como si fueran fragmentos de un amanecer eterno. Era el día de la boda de Mikhail Baranov y Alexandra Morgan, el día en que las almas cansadas del pasado finalmente encontrarían descanso.Los invitados iban llegando poco a poco. La familia Morgan estaba completa. Alessandro Morgan, de porte imponente y mirada emocionada, aguardaba junto al arco principal. Vestía un traje gris perla y sostenía entre sus manos un pequeño ramo de flores blancas: las mismas que había llevado su esposa el día de su boda, décadas atrás. Los murmullos llenaban el aire con suavidad, como si nadie quisiera quebrar la serenidad del momento.Dentro del recinto,
3 MESES DESPUÉS La lluvia caía constante sobre la isla, dibujando hilos de plata sobre los cristales amplios de la residencia. El amanecer se asomaba entre nubes densas, filtrando una luz difusa que jugaba con los reflejos del mar y de los tejados, los centros comerciales y los sanatorios que formaban la infraestructura de la isla. Todo parecía inalcanzable, perfecto y apartado del mundo. Solo un selecto número de personas conocía la existencia de aquel refugio, un santuario que funcionaba fuera del radar, lejos de la vigilancia de gobiernos, mafias o inquisiciones internacionales.Mikhail Baranov permanecía de pie junto al ventanal, observando el mar embravecido, sus olas rompiendo contra las rocas con un sonido que parecía lavar los restos del pasado. La lluvia caía en cascada, y su reflejo azul intenso se mezclaba con los tonos grises y verdes del océano, un paisaje que le recordaba la magnitud de la soledad que alguna vez dominó su vida. Pero hoy, aquella soledad tenía sentido. H
Último capítulo